¿Qué se espera de un TEDx en La Habana?

Me ha tomado varios días digerir toda la información de la primera TEDxHabana, donde estuve presente como un espectador más. Sin embargo, por mucho que la rumio, no acabo de pasarla. Y antes de que se ponga demasiado viejo, este texto lo tengo que escribir, sobre todo antes de que se siga volviendo tóxico su contenido, porque mientras más vueltas le doy al asunto, más feo lo encuentro y lo pongo peor.

Para dar al lector la oportunidad de abandonar este artículo a tiempo, prefiero romper el hielo con una frase que resume mi impresión general: la primera TEDxHabana fue, en esencia, un fiasco. No digo una decepción, solo porque no sorprende que en Cuba se logre desvirtuar el propio concepto de estos eventos. A fin de cuentas, se han desvirtuado cosas más importantes y duraderas que las cinco horas de TEDx de este sábado en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional.

Paradójicamente, si se toman todas las intervenciones por separado se puede decir que hubo más aspectos positivos que negativos. Lo diverso de los temas que se hablaron le dio amplitud al encuentro, aunque todavía no encontré allí a cubanos que dijeran algo verdaderamente atrevido. En lo personal, me parecieron interesantes las intervenciones de Yudivián Almeida, X Alfonso o Natalia Bolívar, sin mencionar a otros que también brillaron en su mayor parte.

Sin embargo, varios elementos le quitaron tanto al evento. A medida que pasaban las horas y se caía en la cuenta de que no habría mucho más, se notaba que la pluralidad en los discursos se limitaba a las diferencias que han sido aceptadas por el oficialismo. Nada más. El primer TEDxHabana no consiguió traspasar las fronteras de la censura política.

Ahora, yendo a los detalles, algunas charlas fueron muy pobres o tuvieron frases ciertamente desafortunadas, como cuando los arquitectos Claudia Castillo y Orlando Inclán, en una presentación que no ensayaron lo suficiente, calificaron a los habitantes de La Habana como "una vanguardia elitista" porque se transportan en boteros –esas "increíbles máquinas"–; o que es "un lujo" mirar a los ojos "a quien nos trae la información [paquete]" en vez de bajar las películas por Internet. En pocas palabras: ¡es tan cool ser atrasado!

No digo una decepción, solo porque no sorprende que en Cuba se logre desvirtuar el propio concepto de estos eventos

Según ellos, "todos los cubanos cuando se montan en un botero son conscientes de que están haciendo estadística". Las apagadas risas de burla entre el público detrás de mí –que tuvieron su momento cumbre en aquello de que "nosotros inventamos el vintage"– no cesaron hasta que esos dos habitantes de una Habana que yo no conozco, y que me intriga, dejaron el escenario.

Eugene Jarecki añadió otro tanto de fantasía. En inglés, el documentalista dijo que los cubanos estaban, más que nada, orgullosos de su sistema de salud y de educación, y muy felices de vivir aquí. Claro, a esa hora no cuenta el más de medio millón que ha emigrado en los veinte últimos años solamente a EE UU. El mismo orador dio a entender que no le gustaría ver cómo el "capitalismo salvaje" llega y nos convierte "en un Puerto Rico cualquiera". A medida que mostraba postales de Cuba como esas que les venden a los turistas, Jarecki pretendía darme un tour por mi propio país.

Otro norteamericano sugirió que se hicieran muchos, muchos festivales de cine independiente; que "cada cual tomara una cámara e hiciera una película" y que la proyectara "en su cine" o, sencillamente, "en la pantalla más grande que pudiera conseguir". Este último fue Richard Peña, quien obviamente desconoce que hace muy poco tiempo un decreto gubernamental prohibió en Cuba las salas de vídeo particulares.

Si algo deslució el evento también fue su presentador, supuestamente encargado de hilvanar las conferencias y ponerle dinámica al asunto. Más que eso, Amaury Pérez regaló abrazos y besos a casi todo el que se presentó a dar una charla. Pocos lograron escapar de sus incontenidas expresiones de cariño. Por si ello fuera poco, varios debimos tolerar sus chistes de pésimo gusto.

Con todo lo que ocurrió esa tarde de sábado, me quedé con muchas preguntas pues sus organizadores no dejaron espacio para las dudas que pudieran surgir. Y, sobre todo, porque tanto CuCú Diamantes como Andrés Levin no quisieron decirme nada; la primera, porque querían mantener el asunto con un "perfil bajo", el otro porque se quería hacer unas fotos y, a decir verdad, yo tampoco le hubiera hecho caso a un desconocido que de repente pregunta: "¿Qué hace falta para dar una charla aquí el año que viene?". Novatadas de periodista aficionado.

La reunión sirvió para vender una imagen edulcorada de Cuba, y su miseria como souvenir

La reunión sirvió para vender una imagen edulcorada de Cuba, y su miseria como souvenir; para hacer alguna que otra campaña política y, según Amaury Pérez, para demostrar que "sí se puede" hablar entre cubanos y norteamericanos. Sucede que algunos todavía necesitan demostraciones.

TEDxHabana fue, entre otras cosas, un evento de élite orquestado por farándula, así como una oportunidad para vender cervezas nacionales por el "módico" precio de 2 CUC (un 10% del salario medio mensual). ¡Genial idea de los patrocinadores del evento! Si en la próxima oportunidad estos dan una charla llamada "Timar al sediento", les aplaudiré a reventar.

No deja de tener cierta trascendencia el hecho de un TEDx en La Habana, pese a todo. Una estudiante de arquitectura me dijo que varias conferencias no le habían gustado, pero que era "mágico" ver el enorme cartel con letras rojas y blancas detrás, el logo de la organización en un escenario real y no en una pantalla. Al terminar aquella gala inaugural de TED en Cuba, donde un par de repentistas incluso improvisaron versos para "nuestros cinco héroes prisioneros del imperio", me encontré con un amigo que se autodenomina "consumidor compulsivo de TED Talks" quien confesó, visiblemente molesto: "Esperaba más de un TED en La Habana".

¿Les soy honesto? Yo no esperaba más.

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