“No venimos más a Cuba”

En la Terminal 3 del aeropuerto de La Habana, la cola para el check-in atraviesa todo el gran salón. A solo unos pasos de la entrada al recinto, la fila dobla rodeando una tienda de tabaco y allá, al final, han ido a parar Maricarmen y José, dos valencianos que esta noche regresan a España.

Su estancia en Cuba ha estado marcada por el impacto con un mundo diametralmente opuesto al que conocen. La pareja, de mediana edad, no había salido de la península ibérica a no ser para lugares como Canarias o las Baleares. Nunca al extranjero. Así que en sus pasaportes solo consta este viaje a un país del cual, en Europa, muchos tienen "una visión idílica", según cuenta otro amigo también de Valencia.

Sin embargo, ni Maricarmen ni Jose –él prefiere que le llamen así, y no José– vinieron buscando un paraíso. Lejos de eso, el motivo de su paso por la Isla respondía a un compromiso familiar ineludible. Pero lo que encontraron aquí superó con creces cualquier predisposición surgida de los consejos, previos al viaje, de quienes sí conocen los disgustos inevitables en Cuba.

Disgustos que no iban a dar tregua ni en el capítulo final, pues la noche del regreso en un abarrotado vuelo con destino a Madrid, el aeropuerto José Martí de La Habana no tenía funcionando la máquina para empaquetar el equipaje. "Se nos rompió el equipo", respondió el empleado del aeropuerto que recibió a los valencianos a la entrada y les ayudó con las maletas.

Hubo que resolver con los anillos de los llaveros, para al menos darle un poco más de trabajo a cualquier curioso que quisiera hurgar en las maletas. Los visitantes, como es lógico, quedaron preocupados por sus pertenencias, que transitarían sin ninguna seguridad por una instalación que goza de muy mala fama y donde abundan los trapicheos. De hecho, al entrar a la terminal y ponerse al final de la cola para recoger el boleto de Air Europa, otro empleado del lugar andaba por allí y les propuso "adelantarlos". Por un precio razonable, el hombre les llevaría hasta la línea amarilla, donde un funcionario cómplice les ahorraría la molestia de esperar, fingiendo que ellos eran pasajeros de clase negocio.

A esas alturas ya Maricarmen y Jose no se molestaban en preguntar. Al parecer habían visto más que suficiente y sólo querían irse a casa

Otra cosa que no entendieron los viajeros fueron los 25 CUC de impuesto aeroportuario. Pero a esas alturas ya Maricarmen y Jose no se molestaban en preguntar. Al parecer habían visto más que suficiente y sólo querían irse a casa. Fuera del hotel en Varadero donde pasaron un par de noches, la Cuba real no les había gustado en lo absoluto: visitaron La Habana Vieja y sus calles hediondas, comieron en un restaurante privado donde pidieron una "ropa vieja" hecha de cualquier carne menos de res –lo peor que le pudo pasar al chef de la ocasión fue el hecho que Jose administra una carnicería propia en Valencia–, intentaron ir a la ceremonia del cañonazo y se espantaron con la oscuridad de la carretera de El Morro...

Ahora, pasando el chequeo de aduana y a punto de entrar al avión, a Jose le han hecho sacarse la camisa del pantalón y le han "crucificado" para escanearle. Cuando al fin han superado este último escollo, la pareja saluda desde la distancia y se dirige al salón de espera, donde uno se siente un poco más libre sabiendo que pronto saldrá de Cuba.

"Me han dicho que no vienen más", confiesa luego Javier, hijo de Maricarmen. Para su familia ha sido la primera vez, y, al mismo tiempo, la última. Se espantaron con lo que vieron aquí, y fue más que suficiente. Se trató de un viaje que estuvo lleno de contratiempos y que el mismo Javier resume con una irónica frase: "Quant més sucre, més dolç", que en valenciano significa: "Cuanto más azúcar, más dulce".

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