Una cerveza en ‘Cumbrelandia’

Una cerveza era todo lo que queríamos. No importaba si de lata o de botella, si fría o caliente, si era marca Cristal o si se trataba de ese vinagre aguachento al que ponen la etiqueta de Polar y venden a diez pesos cubanos. Con tal de que dijera cerveza nosotros hasta fingiríamos estar borrachos, o al menos contentos. ¿Era mucho pedir siquiera una cerveza la noche del sábado?

Si ibas a comprarla cerca del aeropuerto, sí. "No podemos vender por la Cumbre [del ALBA]", dijo la tendera de una pequeña cafetería estatal cerca de Rancho Boyeros. El puestecito ubicado en plena avenida se veía atestado de vecinos que van allí a matar el aburrimiento de los sábados, noche para la que siempre faltan los lugares a dónde ir. La cerveza se moría de la risa en los estantes, casi al alcance de la mano, pero no podía venderse por culpa de "la Cumbre".

En la calle montaban guardia todo tipo de policías, desde los motorizados hasta los que se visten de civil. Mientras, los aviones de varios presidentes de países latinoamericanos aterrizaban en el cercano Aeropuerto José Martí de La Habana, según se transmitió luego por la televisión. Solo que a nadie le importaba la solemnidad de los recibimientos y la ciudad se mantenía sobria en contra de su voluntad.

A juzgar por la también reciente celebración de la Cumbre Cuba-CARICOM o por la pasada Cumbre de la CELAC, diríase que este país se está convirtiendo en una especie de Cumbrelandia. Y si bien en otros sitios también se celebran foros del más alto nivel diplomático, cuesta imaginarse un sábado por la noche en cualquier capital del mundo occidental sin una cerveza. ¿Será que nos estamos volviendo religiosos radicales? Eso también cuesta imaginárselo.

No sé si era solo en Boyeros, si se trataba nada más de las calles por donde la pléyade del Socialismo del Siglo XXI pasaría con sus flamantes Mercedes de protocolo. El caso es que no pudimos tomarnos una cerveza esa noche de sábado por obra y gracia de los anfitriones en Cumbrelandia.

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