La misa del pan

Su camisa, alguna vez blanca y elegante, se ha puesto amarillenta con el tiempo. Usa pantalones raídos y zapatos de vestir muy gastados, quizá una o dos tallas más grandes que lo ideal. Contrastando con sus ropas, lleva sobre la cabeza una boina negra con una estrella roja cosida, y colgando del hombro, una pequeñísima cartera estampada con la bandera cubana.

El viejo lee en voz alta el Granma de hoy, al lado de la cola para comprar el pan. Se emociona, mantiene un tono grandilocuente más parecido a una burla que a una declaración, y hace las pausas cuando quiere darle gravedad a una frase. Agrega algunos detalles propios, como noticias de hace décadas y grandes fracasos que han quedado marcados en su engañosa memoria.

Su voz se desvanece al terminar un anuncio oficial. Quedan pocos que se tomen su papel tan en serio. Entre quienes no podían evitar escucharle, algunos sonríen y se miran con cara de complicidad, otros permanecen serios y continúan absortos en sus problemas. La mayoría ni siquiera presta atención al loco. "Pobrecito", dice por lo bajo una mujer.

Luego el viejo, sintiendo que terminó de hacerle un favor a la ciudadanía y tras el pitido del horno, ofrece jabas de nailon a peso para llevar el pan caliente. La cola se moviliza, y hasta los de cara más preocupada se animan un poco. La fantasía acabó y el ritmo de la ciudad apura a todos, incluso a los menos cuerdos.

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