Habla por mí

–Oye socio, ¿tú no puedes hablar por mí en eso de los Derechos Humanos?

–¿Hablar por ti? –pregunto– ¿Cómo que "hablar por ti"?

–Sí, sí... Mira, yo no quiero meterme en problemas ni na' de eso... Yo no estoy en na'.

–¿Anjá...?

–¡Asere, que yo lo que quiero e' irme del país! Y como ustedes van a la embajada... Tú sabe': ¿no puedes tirarme el cabito ese? ¡Yo te "salvo" con algo!

–¿Qué salvarme de qué, compadre? ¡No fastidies! Ya yo te dije una vez que lo que yo soy es periodista independiente, no activista de los derechos humanos.

–Eso mismo –insiste–. ¡Papi, es que ya yo estoy desespera'o...! ¡Aquí lo que hay es que irse!

Desde hace años nos conocemos este carretillero y yo. Él es uno de esos vendedores ambulantes que han proliferado por La Habana. A cada rato conversamos y me cuenta sobre el acoso de la policía, del soborno que tiene que darle a los inspectores para que lo dejen en paz, de las veces que han cargado con él y todas sus verduras. En fin, de los problemas que tiene que enfrentar día tras día este "pequeño empresario" que está "reescribiendo la historia de Cuba", según lo ha calificado recientemente en EE.UU. un movimiento anti embargo.

Pero él desconoce ese título de empresario: se ve a sí mismo resolviendo su vida diaria, nada más, de la misma forma que han venido haciéndolo todos los cubanos durante décadas. Y la máxima aspiración de este "reescribidor de la historia" es irse de su país. Por eso cree que puede acudir a mí pidiendo una ayuda que en realidad no le puedo brindar, y me asocia con "la gente de los derechos humanos".

En definitiva, los medios oficialistas siempre han calificado a individuos como yo de "mercenarios al servicio del imperio" y esa idea ha calado. Sólo que para mi interlocutor, en este caso que yo sea un "mercenario" no es un defecto, sino una característica que él quiere aprovechar para que la embajada (alias Oficina de Refugiados de la Sección de Intereses Norteamericanos) le dé una visa. Por eso me dice que "hable por él": como si yo fuera un relator que presenta informes ante las autoridades norteamericanas, o como si el programa de refugiados funcionara así.

Este vendedor ni siquiera podría recordar cuándo dejaron de importarle las etiquetas oficialistas de "contrarrevolucionario" o "disidente" (de hecho, él también es esto último, porque cada vez se mide menos para despotricar contra los impuestos que le cobran). Esos calificativos forman parte de un discurso que no le ha dado nada que comer, a diferencia de su carretilla "capitalista". Aunque sí le preocupa mucho que le cuelguen el cartel de desafecto porque, como bien me dijo, él "no está en na'".

A fin de cuentas, al carretillero de marras le da igual si yo soy un simple ciudadano que ejerce su derecho natural de expresarse libremente o un agente de la CIA. Él lo que quiere es irse. Él y miles de jóvenes más.

Como su ejemplo no es el único, están también casos como el que cuenta un amigo mío que se identifica con la socialdemocracia. El amigo es un excelente profesor de filosofía, que ha vivido y estudiado mucho y además sabe comunicarse. Pertenece a ese grupo de cubanos que no quieren irse.

Un buen día el profe va dar una conferencia sobre la socialdemocracia a un grupo de activistas en el municipio de La Lisa. Luego de impartir su clase, mi amigo pregunta a la audiencia si alguien necesita una aclaración respecto a lo que se ha dicho durante el encuentro. Ve que un asistente levanta la mano. "Sí, dígame", se interesa el profe, a lo que el alumno responde: "Todo eso de la democracia está muy bien, pero ¿cuándo nos dan la visa?".

Demás está aclarar que mi amigo no se preocupó más por satisfacer las ansias de conocimiento de aquellos activistas de La Lisa.

Sería injusto decir que toda la oposición en Cuba peca de lo mismo, porque es falso. Eso sí, el oficialismo aprovecha el fenómeno: quienes utilizan a la oposición de comodín para emigrar a EE.UU. ofrecen una imagen que el régimen cubano le estampa a todos sus detractores dentro del país. "Fulano hace eso porque lo que quiere es irse".

El problema no sería querer emigrar. Es lícito querer una vida mejor que el país propio no puede ofrecer. Es normal que la gente quiera viajar, probar otras culturas, recorrer el mundo para luego regresar –o no–. El problema está en convertir a la oposición en la justificación para declararse perseguido político, y sobre todo hacerlo sin haber aportado absolutamente nada a una causa por la cual se ha sufrido tanto.

La mentalidad escapista que ocupa una parte importante de la idiosincrasia cubana atenta contra la existencia del individuo como ciudadano. Si en vez de pedírselo a otros, cada quien tuviese la voluntad de hablar por sí mismo, tal vez no habría tantas carencias cívicas en Cuba.

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Miriam Celaya / Víctor Ariel González

Miriam Celaya nació en La Habana el 9 de octubre de 1959. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La ... []

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