La CUJAE, 50 años celebrados en gris

La Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría. (CC / Sergio Alejandro Sánchez Menéndez)
La Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría. (CC / Sergio Alejandro Sánchez Menéndez)

"Profe, los cinco minutos...", solíamos pedir los estudiantes, sobre todo en medio de aquellos turnos cuyo contenido –o profesores– resultaban difíciles de digerir. En la facultad de Ingeniería Civil de la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE) no había timbres ni nada que señalara un receso, ni el principio o fin de lo que fuera. Puestos a ver, en mi universidad no quedaba mucho realmente, salvo su inigualable escala de grises por todas partes.

Acaba de cumplirse nada menos que el 50 aniversario de esa, la escuela de ingenieros más grande del país, y a la sazón mi centro de estudios superiores durante cinco años. Primero como Facultad de Tecnología de la Universidad de La Habana, con el tiempo la institución se volvió independiente, albergando cierta identidad propia pero sin el encanto de la escalinata coronada por el Alma Mater, ni los cines o el Coppelia cerca.

Al proyectar la imagen de mi paso por la Facultad de Ingeniería Civil, lo menos deteriorado que guardo como recuerdo del espacio físico son las paredes de hormigón, adornadas con pintadas furtivas; diagramas o fórmulas anónimos, a lápiz o a tinta. Faltan los cielos rasos, desaparecidos décadas atrás, y las toscas estructuras de los techos asoman desnudas.

Durante mi estancia en la Facultad, los pocos baños que quedaban abiertos al estudiantado jamás dispusieron de agua corriente

Los cristales de las ventanas se han caído, por lo que en invierno, cuando todo el viento del norte golpea los edificios que se alzan dominantes frente al gran basurero de Marianao y su horizonte de detritus, llega un aire muy enriquecido con los olores descompuestos de la ciudad. Entonces a las clases hay que ir bien abrigado y sujetar fuerte las libretas para que no vuelen; y si comienza a llover, la conferencia del más prestigioso doctor se detiene mientras las sillas y mesas de toda la torre –menos en los niveles que permanecen semi abandonados– son arrastradas huyendo del agua, armando un estruendo que, aún después de terminado, permanece chirriando en los oídos.

Los pisos de terrazo, por más que los hayan dejado pulidos en su fabricación, jamás muestran brillo alguno. En los balcones, los esqueletos metálicos de cientos de sillas y las tablas podridas se amontonan y no permiten la estancia, porque a falta de barandas sanas existe el peligro de caer.

Llena de escombros y de abandono para conmemorar también su agónico declive

Durante mi estancia en la Facultad, los pocos baños que quedaban abiertos al estudiantado jamás dispusieron de agua corriente. No hace falta describir en detalle lo que esa carencia implicaba; tan solo mencionar que el estado de los servicios sanitarios era capaz de convertir cualquier urgencia en una pesadilla.

El inventario de destrucción sigue. Sin embargo, la descripción hasta aquí puede no sonar tan terrible como la de cualquiera de quienes debían quedarse en la beca durante toda la semana. Tan felices, a pesar de todo, compartiendo lo poco que tenían. Dicha virtud es más de celebrar que el acto oficial por el 50 aniversario de un conjunto de edificios todos vestidos de gris.

A la CUJAE se llega en ómnibus difícilmente, y de ella se sale peor aún. Queda lejos de todo. La hilera de quioscos para vender comida, improvisados a lo largo de una vieja calle, es lo único con algo de color por aquellos parajes. Muy cerca, el enorme central Martínez Prieto sigue acumulando óxido y olvido en medio del silencio. Es esta una universidad poco inspiradora, cuadrada, rígida, fangosa y oscura. Brutal. Hoy llena de escombros y de abandono para conmemorar también, de forma no declarada, acaso su agónico declive.

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