Casa nueva

Veinte años en un albergue o “domicilio de tránsito” significan haber acumulado demasiados problemas, de modo que ahora lleva el disgusto en el rostro como una especie de máscara, de mohín permanente. El brillo de sus ojos y la gracia que poseían sus facciones se han perdido. Con suerte, a su capacidad de sonreír le queden escasos reflejos musculares. Profundas arrugas surcan su cara y sus manos y el color de su piel se ha empercudido mientras sus cabellos exhiben abundantes canas.

Cuesta distinguir qué emociones, si existen, invaden a esta mujer cuando le entregan un apartamento recién y mal construido en un barrio recóndito al este de La Habana. La vivienda posee tres cuartos, una sala-comedor, cocina y baño, así como una terraza. Todo en espacios mínimos.

Caridad detesta en silencio que la llamen por su nombre porque le recuerda su modo de vida. O de supervivencia. Ha tenido que arreglárselas todo este tiempo gracias a la ayuda, no siempre bien intencionada, de la gente que le rodea y que se ha interesado por su caso. La caridad de otros.

Tenía casi treinta años cuando aún vivía con su hija, su esposo y una retahíla de parientes, algunos cercanos y otros no tanto, en una vieja casona del Vedado construida a principios del siglo XX. Aunque se hubieran puesto de acuerdo, entre todos los inquilinos no reunían el dinero suficiente para reparar un inmueble que se caía a pedazos y, de hecho, estaba declarado como inhabitable según las directivas urbanísticas, desde que Caridad tenía memoria. Se trataba de una edificación apuntalada y agrietada por doquier, donde los pasillos recordaban la superficie irregular de un campo de golf: por allá una pequeña colina, por acá un agujero. Los mosaicos que quedaban parecían caprichosamente salpicados sobre el suelo y bailaban bajo las pisadas.

Las columnas se habían inclinado tanto que se diría reverenciaban al tiempo

Ella abandonó la casa de sus padres, de sus hermanos y de su propia infancia el día que el techo comenzó a ceder definitivamente, cuando las columnas se habían inclinado tanto que se diría reverenciaban al tiempo, cuyo paso consiguió derrotarlas. Salió de allí a la carrera para un local con divisiones de cartón, donde conviviría con otras familias como la suya. Cary –aquél era su nombre antes del derrumbe, cuando se consideraba a sí misma feliz pese a la poca privacidad en casa–, contrario a lo que había imaginado, descubrió que había cosas todavía peores que compartir sus intimidades rutinarias con parientes no deseados: el hacerlo con completos desconocidos.

Era 1994 y no tenía a quien acudir. Todos los que la hubiesen podido apoyar estaban en la misma situación que ella. Su salario como empleada estatal más lo poco que ahorraba de sus ventas de dulces no eran suficientes para rentar ningún lugar (como tampoco había muchos lugares para alquilar entonces). Se dirigió al Gobierno Municipal, al provincial, al Consejo de Estado. “Esta situación será por un par de años, a lo sumo”, le dijo el primer funcionario que la atendió, y el siguiente, y luego el otro.

Por eso, dos décadas y muchos burócratas después, Caridad casi no puede creer que por primera vez en tantos años no deberá temer a que roben sus cosas mientras duerme o no compartirá el mismo sanitario con decenas de personas. Se mantiene escéptica, pues en el mundo de promiscuidad y envidias en el que ha tenido que abrirse paso con los suyos se ha acostumbrado a que todo tenga precio. ¿Qué deberá pagar por la vivienda que llegó luego de tanta espera?

Su hija, que recién cumplió 24 abriles y ya parió dos retoños, no cabe en sí de regocijo. Aunque al apartamento nuevo, en lugar de ponerle piso le han dado un estucado gris y áspero; no hay fregadero y faltan los azulejos de la cocina y el baño; las puertas de los cuartos no tienen cerradura, picaporte, gancho o pestillo; los bombillos cuelgan groseramente de cables que lucen como arrancados del techo; y las paredes están salpicadas de cemento y pintarrajeadas de una cal maloliente, la muchacha cree estar en un palacio. Este es el cumplimiento de un anhelo heredado de sus ancestros, el regreso a ese hogar del que conserva escasas y borrosas imágenes, pues era demasiado pequeña cuando llegó al albergue. Por el camino se murieron sus abuelos, y sus tíos y primos consiguieron irse del país al igual que su padre, de quien no volvió a oír hablar salvo para recibir algún que otro dinero y un puñado de llamadas telefónicas, entrecortadas, en casa de un vecino o de una amistad.

 - “Este es el día más feliz de nuestras vidas. ¿Verdad, mami?”, dice la hija.

Caridad asiente mecánica y lentamente. Ida. La satisfacción desmesurada de su niña –aún le llama así– no la contagia, pero la conmueve, y deja las cosas estar. Sabe que falta mucho para conseguir que este cuchitril parezca, no ya acogedor, sino, al menos, habitable.

Una vida entera dependiendo de un Estado que monopolizó cada sector de la vida nacional

Esa misma tarde están presentes bajo el “edificio-regalo”, donde ahora vivirán Caridad y otros necesitados, una cámara de televisión y un reportero del Noticiero Nacional, repitiendo conocidas frases como “gracias a la Revolución y al socialismo”. Un delegado del gobierno local le entrega un diploma al jefe de la empresa constructora encargada, quien tuvo la mala idea de disminuir los criterios de terminación de la obra para poder afirmar lo más importante a los efectos oficiales: “Se están cumpliendo los planes de la vivienda”, dicen.

Su hija está siendo entrevistada, compartiendo su legítima alegría con miles de televidentes, pagando el precio de la generosidad estatal en forma de propaganda política. Pero Caridad no se percata de lo que ocurre, no lo capta así; por lo que ni la ataja ni intenta denunciar ante los medios lo que una parte importante de su conciencia califica como abuso: veinte años escuchando promesas y ahora esto; una vida entera dependiendo de un Estado que monopolizó cada sector de la vida nacional, vivienda incluida, por tal de controlarlo todo. Al punto que hoy la crisis inmobiliaria en Cuba es uno de los asuntos más espinosos de la realidad.

Caridad prefiere poner todo su esfuerzo en no rememorar la eternidad que ha pasado albergada. Ya no importa que utilicen su imagen o la de su hija: después de todo, razona, podrían volver atrás y estar peor.

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Miriam Celaya / Víctor Ariel González

Miriam Celaya nació en La Habana el 9 de octubre de 1959. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La ... []

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