¿Por qué me he metido en este lío? Diario de una extranjera repatriada 1

A pesar del deterioro del mercado, la actividad y el bullicio se mantenían hasta el cierre en febrero de 2014. (EFE)
Unos 10 millones de personas comen lo mismo a la vez en Cuba, los pocos productos que hay en el agromercado. (EFE)

La mía es como la mayoría de parejas mixtas en las que uno de los dos ha tenido la suerte de nacer en un país democrático ‒sí, un país con prensa libre y sistema político pluripartidista, donde se puede expresar una opinión sin miedo a ser denunciado por sus vecinos o reprimido por la policía. Es útil recordarlo en estos tiempo difíciles, con cierta tendencia, al otro lado del Atlántico, a olvidar o renegar de los logros y ventajas de esta democracia aunque, por supuesto, está lejos de ser perfecta y es siempre un ideal por alcanzar‒.

En estos casos, a veces, el cubano o la cubana, que permanece profundamente unido a su Isla, consigue convencer a su pareja de iniciar la "repatriación", llenos de esperanzas por el cambio tras el famoso apretón de manos con el antes enemigo y potencial invasor.

Viene luego el engorroso asunto de los papeles para formalizar el regreso. "Dame tu PRE (Permiso de Residencia al Exterior) y te devuelvo tu residencia permanente", dice el funcionario al ciudadano cubano. En cuanto a la pareja de nacionalidad extranjera, se puede "arreglar" su estancia en Cuba pero después de mucho papeleo y un buen puñado de billetes.

En cuanto a la pareja de nacionalidad extranjera, se puede "arreglar" su estancia en Cuba pero después de mucho papeleo y un buen puñado de billetes

Ya lo dice el dicho: "quien tiene marido, tiene país". Así pues, aquí estamos, aunque no sin cierta inquietud. ¿Cómo podremos adaptarnos, encontrar una actividad profesional, rehacer los lazos con los amigos perdidos durante dos décadas de vida en Francia? También hay que retomar viejas costumbres: hacer cola durante horas bajo un sol ardiente ("¿quién es el último?"), comer la misma cosa y en el mismo momento que otras 10 millones de personas (en este momento, en el agromercado hay: col, habichuelas y aguacates) y, para mí, ser requerida por todos los rincones de la calle en inglés ("mafrende, mafrende") por culpa de mi piel, demasiado clara, o mi ropa, sin duda demasiado parisina.

Además, hay que subir a pie los ocho pisos del edificio porque la mayoría de los días no funciona el ascensor y, lo peor, tragarse las palabras, pensar menos y mantener la boca cerrada. ¿Cómo llegar a encontrar placer en esta isla cuando se ha pasado ya, desde hace demasiado, el estado de embelesamiento por las playas de arena fina, la salsa o los viejos coches americanos? ¿Cuándo dejará Cuba de ser una postal? De momento, cuando mis amigos me preguntan por qué he hecho esta elección tan absurda, solo puedo responderles: "¡el amor, el amor, claro!". Pero siento, sin admitirlo, que nace en mí una cierta inquietud y me pregunto: ¿por qué he tenido que meterme en semejante lío?

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