Odios cubanos

Balseros. (EFE)
Muchos cubanos prefieren la selva entre Colombia y Panamá o los tiburones del Caribe. (EFE)

Tuve el cuidado de leer el último libro de Roberto A. Solera de Castro Cuba:la República de militares y estudiantes, de Machado a Batista. Apuntes históricos 1933 – 1952 (Alexandría Library Publishing House. Miami), su lectura me procuró una idea más precisa de los odios profundos que, desde la independencia hasta nuestros días, avasallan la vida de la nación cubana, aún y por largo tiempo, en ciernes.

Hoy también subyace en la sociedad cubana un odio enfermizo donde nada es a medias, incluyendo su involución social con los chivatos en casa y los bocazas jadeantes como aquel hombre que, al verse devuelto a Cuba desde México, repetía en una incantación casi religiosa una sola palabra soez ante los hipnotizados pasajeros del avión.

Es que los estragos del castrismo parecen ser la continuidad exponencial de un fondo antropológico disimulado detrás de la americanización de Cuba a todo lo largo de los casi 60 años de República o dicho de otra manera, aquellos lodos habrán traído la presente cloaca. El libro de Solera de Castro anuncia esa conexión intemporal del espíritu destructivo en la Cuba de siempre, el libro detalla la época bestial de aquellos presidentes y tiranuelos, el ambiente gangsteril generalizado, de refriegas y de asesinatos políticos. ¿Cómo olvidar el relato espeluznante de Pablo de la Torriente Brau sobre su paso por la prisión de Isla de Pinos bajo el machadato en los años 30?

Los fusiladores han de matar por tal de seguir mandando y el crimen responde a un interés comercial ligado a la actividad turística, gracias a la cual el régimen obtiene buena parte de sus ingresos

No creo en la demencia colectiva pero lo que sí es una realidad perenne en aquella isla es la negación del otro, una negación que se torna criminal en lo político, ayer Gerardo Machado y Batista y hoy los empresarios disfrazados de generales niegan la expresión legal y libre de la opinión divergente al amparo del aparato de Estado.

El vector común de los odios políticos de antes y de los actuales siempre ha sido el poder y el dinero y es así como Fidel Castro fusila en el año 2003 a tres cubanos con toda la frialdad del mundo sin que se escuche, salvo en contadas excepciones, el murmullo necesario porque todos saben dos cosas: que los fusiladores han de matar por tal de seguir mandando y que el crimen responde a un interés comercial ligado a la actividad turística, gracias a la cual el régimen obtiene buena parte de sus ingresos. Otra vez el dinero y la demostración de la fuerza bruta, bestial, sangrienta.

Mientras tanto, muchos cubanos se siguen marchando lo más lejos posible porque el futuro en la Isla pende cual piltrafa en garfio de carnicería aunque el presidente Obama y su sucesor pinten mil pantomimas circunstanciales, la gente en Cuba siente que la miseria y los odios polimorfos paralizan la vida del país, el odio de los supuestos comunistas que saben que se acabó la fiesta, el odio de los gobernados que no quieren obrar para un poder liberticida, el odio al familiar que no manda dólares desde el extranjero, el odio al perro del vecino que ladra demasiado. En fin, una animosidad profunda por la que muchos cubanos prefieren la selva entre Colombia y Panamá o los tiburones del Caribe.

¡Allá va eso...!

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