Cuando la palabra Revolución ardía, José Mario pasó de la Uneac a la Umap

Fragmento de la portada de la antología 'El grito y otros poemas', de José Mario. (Betania)
Fragmento de la portada de la antología 'El grito y otros poemas', de José Mario. (Betania)

El autor cubano José Mario empezó a brillar en 1960, tras la publicación de El grito, su primer poemario, con tan solo 20 años. Cinco años más tarde, sin embargo, su detención y envío a una Unidad Militar de Ayuda a la Producción (Umap) supuso el fin de su carrera literaria en Cuba.

Ahora, cuando se cumplen 15 años de su fallecimiento en España, Felipe Lázaro, fundador de la editorial Betania, lo recuerda como "uno de los primeros poetas víctimas del castrismo" cuyo ingreso en la Umap "solo vislumbraba la larga lista de escritores cubanos que serían perseguidos y condenados en décadas posteriores".

José Mario entró en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en 1962 y desplegó una intensa actividad en pocos años, llegando a publicar ocho libros y trabajos en revistas literarias, como La Gaceta de Cuba y Unión, o participar en recitales en el club El Gato Tuerto de La Habana.

Se exilió en el verano de 1968 en Praga, desde donde pasó a París antes de acabar en Madrid, donde residió el resto de su vida a excepción de una temporada en Nueva York.

En Madrid fundó Ediciones El Puente y La Gota de Agua, donde edita obras fundamentales para la literatura cubana, pero su mayor proyecto fue la publicación de 50 números de la revista literaria Resumen Literario El Puente, entre 1979 y 1988.

"En esa Habana revolucionaria por la que transitó José Mario: de lujuria y protestas, de creación y persecuciones, el poeta trascendió como uno de los personajes más llamativos del mundillo literario de entonces, hasta transformarse en toda una leyenda de la bohemia poética para las más jóvenes generaciones posteriores", señala Lázaro en su texto de homenaje La palabra revolución ardía.

Aunque falleció en Madrid, solo y abandonado, pasando penurias y con su obra prohibida en su país, José Mario es recordado ahora como uno más de aquellos artistas a los que la Revolución quiso silenciar y marcó como "malos artistas".

Publicamos a continuación una selección de poemas del autor realizada por Felipe Lázaro para la antología poética El grito y otros poemas (Betania, 2000).


Bar

¿Cuál es su nombre, cuál es el nombre de ese sitio? ¿Cómo se llama?

Ni el aullido del agua entre sus ruinas ni la madera podrida de esos restos.

¿Cómo se llama el tiempo –cómo es–, cómo se dice?

Él habla de esos días, madera de esos bosques perdiéndose en el mar:

Discutimos, gritamos, nos fuimos a las manos y el tiempo era quien esperaba.

Ni tú ni yo: el tiempo.

Tan sólo los restos de ese sitio.

El lugar inevitable como otro cualquiera

donde algunos como tú y yo se dicen palabras que luego mueren:

"se fueron a los ojos,

se hundieron, se mataron, se hirieron".

No cabíamos: ni tú en mí ni yo en ti.

Como las historias ridículas:

(Los personajes esos que gesticulan al fondo de alguna película cuya más importante escena está ocurriendo).

Los dos.

Como si no fuéramos, ¿quiénes? Ni más ni menos que los dos.

Los dos grandes consumidores de nosotros dos para el olvido.

¿Y ahora?

¿Cuál es el nombre de este sitio? ¿Cómo se llama?

Fui lealmente mísero perro hambriento, alcé las patas del recuerdo.

Nada de lágrimas, nada de ladridos, nada de escenas.

Se hunde a pesar de nosotros.

Se va por el mar bote remado.

Se hunde en el mar como en nosotros.

Porque el tiempo lo esperaba –digamos– "más de prisa".

Porque él sabía que nosotros éramos el pretexto de su vida.

Y que su nombre alguna vez buscaría detalles en nosotros.

¿Y ahora?

Ya no hay gramolas, ni canciones, ni discos de Vicentino Valdés,

Ni mesas de madera, ni taburetes, ni botellas de ron, ni Coca Cola,

Ni intervalos, ni el viejo camarero que entra cansado y se equivoca

y nos pregunta: ¿Algo más?", ni yo que grito: "¡Quédate, quédate, quédate

/ conmigo!",

Ni un vaso que se rompe. "No nada más; tráigame la cuenta".

El Morro está a lo lejos

los barcos dispuestos a ser ingeridos de otra forma.

De allá a acá para siempre sin un sitio.

Al menos como éste que se hunde sin un nombre;

sin que él sepa el papel que representa:

Como no sabremos, el nuestro nosotros.

Como hemos sido en cuanto a lo que nos tocaba sin saberlo:

("Vivir con las palabras es una cosa: vivir fuera de las palabras es otra.

Vivir con la vida es otro asunto. ¿Cómo vivíamos?

¿Se vive? ¿Es que se vive? ¿Qué es lo que se vive?"):

Una noche parece bastar para toda la vida:

Aquella después de ver La Strada en Bellas Artes.

Te sentaste en el banco frente al palacio presidencial: llorabas.

¿Tú sabes lo que es eso a la una de la madrugada, debajo de esas luces

Donde se oye el rugido del mar sobre las rocas y la luna es tan tremenda?

Pues sí: lloraste.

Saldré a caminarte: La avenida del Puerto.

La iglesia de Paula.

Las llamas de la destilería.

Las luces contra el agua. Los destellos en las piedras.

Los instantes clavados en el cuerpo mientras me siento en el muro del malecón.

Saldré a hundirme con ese sitio.

Rodearé sus maderas y su nombre que no conozco.

La virgen negra que está enfrente.

Santa Bárbara que está a su puerta.

Las voces que suben al embarcadero o bajan a perderse

con la lluvia

o una botella de cerveza

o en otras voces que no sé si son esas u otras

que he oído hace mucho.

El agua que asiste a devorarnos.


Participación

Los ojos salen, buscan el techo de la casa de enfrente.

La antena del televisor. Las ventanas azules.

Como de otra época u otro principio esa misma mirada te recorre.

Hondo a tu cuerpo como si él no fuera otro como lo crees.

Pero eres tú mismo el que lo sabes,

el que te lo has repetido noches y semanas:

"Debe ocurrir, debe ocurrir", que un día me desconozca.

Las cortinas estén descorridas y penetre el sol;

el sol de otra época que no haya sido ésta que te tocó vivir

y de la que sin embargo tú no te arrepientes.

No podrás arrepentirte como de tantos otros sucesos que no fueron por predestinación.

Donde tú andas sin nadie y te has acostumbrado;

a esta ciudad de La Habana y su noche rota de una pedrada dentro de ti.

Esta ciudad a oscuras de tu alma en que creíste y ahora serás desterrado:

Viniste a conocer el odio, el miedo, la hipocresía;

las palabras benditas y las aborrecibles,

para que esta ciudad pueda vivir y tú obtengas el tacto seguro;

el dolor y la angustia por la que ella se hace conocer.

Llegaste en un época donde un mundo empezaba a consumirse

y había cosas esperando junto al fuego:

La palabra Revolución ardía.

Ardían las palabras como los muertos o torturados que viste al pie de cualquier esquina,

donde alguien jugaba al número de su suerte

sobre algún cadáver que todos habíamos provocado.

Surge el horror que pueden tus ojos y el recuerdo

-presa su imagen- indefinible.

Surge tu soledad como una espada o una hoja de papel dispuesta

a ser usada, escrita, o si es posible: rota.


Anti-clímax

Entro en La Habana a un bar que le llaman El Pastores.

Me acompañan dos amigos. El mar crece a lo lejos.

La noche pone su dedo sobre el puerto:

en esto un árbol yacía entre mis párpados

me soné la nariz y apareció un bosque

"carta blanca con ginger" abrimos las tres bocas

me abro la cabeza y un puñal pequeño me atraviesa.

Por la mañana tengo el primer vómito de sangre

de aquel bosque arranqué lágrimas que tuve

mucho tiempo sobre el pecho estaba desnudo y me

miraba otra piel y un diente pequeño nacía de mi frente

tuve un miedo terrible a no ser ya yo mismo.

Por la mañana mi madre me echa en cara todos mis defectos

sólo es que tengo miedo de ser descubierto y castigado

de por vida me desmayo escupes

sobre mis labios en silencio sobre el resto de mis días

hasta que te arrancas caes sobre mí que voy a morir en ti ahora

me doy cuenta que se trata de un día de septiembre

finalmente me arranco los ojos y pongo tu nombre

entre las cuencas vacías.

Por la tarde tengo el segundo vómito de sangre.

A esto se le llama morir por amor a lo Margarita Gautier

si me tomo una cerveza estoy completamente seguro

de que voy a ver a Dios golpeo sobre la barra

te busco en una pareja que baila

porque sé que te he perdido entre tantos

mis dos amigos se matan a arañazos

una piedra suena sobre el bosque como una piedra

y otros me buscan como yo a ti te amo

desde mi pecho crece un buitre

te amo dolor mío todo empieza a morir

te amo amanece.

Mi madre hace la historia de todos los que han muerto en mi familia.

Por la noche tengo el último vómito de sangre

como en aquella historia que recuerdo

no sin algo de susto y vértigo a la vez.

Mi madre habla constantemente de los ojos azules de mi tío

te cuento aquella historia de mi padre irrumpo a llorar

salvajemente una curiosa me mira tú me aprietas las manos

descubres que me quieres o me tienes lástima

estoy asustado de tanta mentira,

pero me he salido con la mía y ya me perteneces

vivos afuera suenan la lluvia y el viento.

Mi madre copia estas palabras mientras vienen a buscarme.


Visto

Me he dado cuenta que ya no amo

No me ha dolido ni un rasguño no me lo noto por ninguna parte

Me busco en los brazos toco el cuerpo y ni una marca

Toda hacia dentro se me vuelca el alma

Me pasa como aquel que no conoce dice y no lo siente

No sé qué soy conmigo dónde he estado si vuelvo o si regreso

Me pesa un sol la vida

Me hieren como a un ciego las palabras

Hay nombres que se clavan en mis dedos: lugares órdenes venganzas

Nadie me escucha y ando corro estoy cayendo y mi enemiga la muerte

/se me acerca

Estoy tan solo que no hace falta que lo diga: basta con mirarme


En mi haber

-Ha habido desde que soy consciente

tantos decididos almuerzos, tanta delicia falsificada,

tanto darme cuenta del engaño de todos nosotros.

Nadie me ha querido: ni un relámpago ni un poco de agua,

ni la goma con que borro mi nombre,

ni los horrores que son tan míos y sólo yo los compadezco,

ni la máquina de escribir ni el automóvil,

ni la luz que sabe su último momento

cuando observa que voy a echarme para vencer el tiempo,

comerlo –destruirlo en mí– para ponerme luego a lamentarme,

a decir: "¿Qué he hecho?" "¿Dónde he estado?" "No lo merezco".

Quisiera entonces espiar en cualquier parte donde se diera un beso,

donde alguien corriera su mano sobre un cuerpo hermoso,

donde alguien proclamase que se ha acabado todo y nos vemos:

sin señas sin subterfugios sin agonías

sin nadie con una mancha de penumbra y sangre entre los labios.

Pero estamos ciegos,

desde el principio estamos ciegos y compadecidos;

por lo que no conocemos y hemos creado con nuestro maldito miedo.

Pido un árbol donde recostar mi cabeza.

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