Vida y destino de la madre de Vasili Grossman

El escritor ruso Vasili Grossman de niño junto a su madre, Ekaterina Savelyevna (www.world-war.ru)
El escritor ruso Vasili Grossman de niño junto a su madre, Ekaterina Savelyevna (www.world-war.ru)

En su libro Curso de literatura rusa, Vladimir Nabokov reunió las anotaciones de las clases que había impartido en varias universidades de Estados Unidos sobre diversos escritores rusos. En la parte dedicada al análisis de la obra de Tolstói llegó a decir que detestaba el entrometimiento en las vidas de los grandes escritores. "Detesto el asomarse a fisgar en esas vidas; detesto la vulgaridad del elemento humano", escribió. A veces es imposible proceder de otro modo cuando es el propio autor el que, por momentos, expone ese elemento humano. El mismo Nabokov tuvo que pasar de puntillas por la vida privada de Tolstói para analizar el personaje de Lyovin en Ana Karenina, que es un retrato de su autor. En su novela Vida y destino, el también escritor ruso Vasili Grossman tuvo la necesidad de plasmar, casi de manera explícita, una parte de su vida privada que le causó enorme sufrimiento: el asesinato de Ekaterina Savelyevna, su madre, a manos del ejército alemán en la masacre de Berdíchev, en Ucrania, donde otros 30.000 judíos también fueron asesinados.

Vida y destino ha sido comparada de manera reiterada con Guerra y paz. Probablemente la creación de la novela de Grossman estuvo muy influenciada por la épica de la novela de Tolstói. A fin de cuentas, Guerra y paz fue la única novela que el escritor tuvo tiempo de leerse en los años que trabajó como corresponsal de guerra para el periódico del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, y la leyó dos veces. En relación a Guerra y paz, Vargas Llosa opinó que al leerla se tiene la sensación de que "la humanidad va dejando atrás, poco a poco, lo peor que ella arrastra". La obra de Vasili Grossman es también una novela humanista, que basa su razón de ser en la convicción de que, pese al horror y la destrucción, las personas pueden elegir entre el bien y el mal, y más importante aún, pueden elegir ser libres. Pero equipararlas es, también, limitar la exclusividad de ambas. Una diferencia destacable entre las dos es que, en Vida y destino, se siente la necesidad del autor de hablar de sí mismo, algo que en Guerra y paz no es tan evidente. Hay, desde luego, una buena razón: Vasili Grossman vivió el horror de la guerra mundial en Rusia, y escribió sobre ello; Tolstói no vivió el tremor que causó la invasión napoleónica de 1812, pero escribió sobre ello.

Grossman siempre se reprochó no haber hecho lo suficiente para salvar a su madre

Grossman siempre se reprochó no haber hecho lo suficiente para salvar a su madre. Cuando comenzó la invasión alemana a la Unión Soviética en 1941, se planteó que ésta se fuera a vivir con él y su esposa en la casa de ambos en Moscú, a fin de alejarla de la guerra en Ucrania. Su esposa se negó y él no hizo nada. Su madre moriría cuatro meses después de iniciada la guerra, pero Grossman no conoció la noticia hasta el final del conflicto. No sería hasta 1959 cuando escribiría Vida y destino. La obra tiene la épica de Tolstói, es cierto, pero también la sutileza y el encanto discreto de la vida cotidiana que se puede esperar de Chéjov. Es una novela de amor, una novela política (con una dura y explícita crítica hacia el estalinismo), una novela bélica, la memoria vívida de una época y una saga familiar. Es, también, un homenaje a la madre a la que siempre amó.

En el capítulo 18 de la novela, Vasili Grossman presenta un personaje que no volverá a aparecer en la trama, la madre del físico teórico de origen judío Viktor Shtrum (la representación en la novela del propio Grossman). Más reseñable es la manera epistolar en que aparece el personaje. Todo el capítulo es en sí una extensa carta de despedida en la que la madre le escribe las últimas palabras a su hijo desde el gueto judío de Kiev, a sabiendas de que será asesinada en pocas semanas. En la vida real Vasili Grossman nunca recibió esa última carta de su madre. Fue él, en cambio, quien en la novela escribió las últimas palabras que su madre nunca pudo decirle.

La epístola, llena de amor, ternura, bondad y una absoluta confianza en las personas incluso en los momentos de adversidad más extrema, es una pieza literaria en sí misma. No contiene una sola palabra de reproche hacia el hijo que no estuvo ahí para salvarla (¿qué madre que quiere verdaderamente a su hijo podría destinarle reproches?), pero aún así está llena del remordimiento de Grossman. "Al principio tuve un miedo espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo", escribe el personaje de la madre. "Yo estuve a salvo y ella no", viene en cambio a decirnos Grossman.

Grossman hace que el lector se plantee que lo difícil no es ver a una madre como a la mujer invencible que uno se imaginaba de niño

El desahogo de Grossman no se ciñó sólo al enmascaramiento -poco discreto en este caso- que propicia la ficción. Tras la muerte del autor en 1964 se encontraron dos cartas, fechadas en 1950 y 1961, dirigidas a la madre asesinada 18 años atrás. "Durante toda la vida he creído que todo lo que había de bueno en mí, todo lo honesto, todo lo bondadoso, mi amor por los otros, todo venía de ti. Todo lo que hay de malo en mí no viene de ti. Pero tú, mamá, me amas, a pesar de todo lo malo que tengo", escribió en una de ellas.

Se ha dicho que el tema cumbre de Vida y destino, el mensaje que quiere transmitir, es la necesidad de que prime la bondad por encima de todo, pese al horror, la tragedia y la maldad. Pero la bondad es solo la acción visible de otro concepto como es el humanismo, o lo que es lo mismo: la necesidad de valorar los atributos humanos y la condición humana en su conjunto, con independencia de las construcciones sociales y culturales. Sólo desde esa visión -que Grossman muestra en personajes que llevan una vida social a veces maliciosa pero capaces de los mayores actos de generosidad inexplicable en momentos de adversidad-, se puede ser verdaderamente bondadoso.

El humanismo que desprende la novela también tiene su representación en el capítulo-epístola. La guerra cambia el orden natural de las cosas, en donde los padres entierran a sus hijos (hay algún capítulo al respecto), y en donde también algunos hijos se pueden ver en la tesitura de hacer de padres de sus padres. "Cuando eras pequeño, solías correr a mí en busca de protección. Ahora, en estos momentos de debilidad, quisiera esconder mi cabeza entre tus rodillas para que tú, inteligente y fuerte, me defendieras, me protegieras", se lee en la carta. Grossman hace que el lector se plantee que lo difícil no es ver a una madre como a la mujer invencible que uno se imaginaba de niño. Lo difícil puede ser ver a una madre sólo como a la persona que es con sus debilidades y fortalezas, tomando distancia de ella, pero a la vez continuar queriéndola como durante la infancia. La relación de Grossman con su madre es sólo una de las muchas maneras en que se despliega el humanismo en Vida y destino; pero aquí se desarrolla en un espacio pequeño, íntimo y familiar, lleno de remordimiento y de búsqueda de redención, y tal vez por eso es el más inmenso de todos.

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