Se acabó el experimento, Cuba despierta

En la televisión nacional, una locutora vestida de negro habla sobre la muerte de Fidel Castro. (14ymedio)
En la televisión nacional, una locutora vestida de negro habla sobre la muerte de Fidel Castro. (14ymedio)

Hoy esta ciudad asusta, solo el rugido de los viejos motores de vehículos se atreven a ser irreverentes. Es como si por doquier hubiera grandes carteles con la frase: "¡Silencio, Fidel ha muerto!"

¿Ah, y eso no había pasado ya? En la última década ya comenzaba a ser solo historia y todos dudaban de que estuviera vivo. Pero no fue hasta esa noche del 25 de noviembre cuando finalmente su hermano y sucesor en el poder, por su propia voluntad, dio la noticia.

En la calle, la gente no viste de negro, pero tampoco de verde, ni de gris. La gente sigue vistiendo de cualquier color, pero no habla, ni en broma evoca lo acontecido. Es como cuando muere el dueño de una mascota. El animal se arrincona y deambula por lugares conocidos. ¿Será que los que aquí viven han sido domesticados?

Hasta en los templos, aunque abiertos el domingo, no sonaron instrumentos musicales. ¡Ah, cuánto diera por escuchar un acorde! ¿Dónde quedó eso de la separación Iglesia Estado? Son nueve días de silencio, nueve días de tortura. ¿Habrá sido su discurso más largo o su último castigo? Quizás así haya sido también por idea suya, como tantas otras que se le atribuyeron en vida.

Toda una isla ha quedado eclipsada ante el pesar de unos y la alegría silenciosa de otros

Ni el que cumpla años podrá festejar por estos días, ni el nacimiento de un hijo o la boda por celebrar. Toda una isla ha quedado eclipsada ante el pesar de unos y la alegría silenciosa de otros. Las sirenas, de ambulancias y bomberos, están mudas, vuelvo y repito, solo la combustión del diésel en los motores se muestra irreverente. ¡Fidel ha muerto! ¡Silencio!

En la televisión, el mito del hombre bueno. Comenzaron, ahora sí, con desmesura, a tratar de contar lindas anécdotas. Adeptos de todas las edades, resueltos a pulir el óxido que corrompió al hombre que se creyó infalible ante la realidad de la vida misma. Ofensor irreverente y elocuente engañador. Su aliento se ha ido para siempre.

Su silueta, de barba y gorra verde olivo, será solo un retrato más colgado en las paredes. A estas alturas, las llamas ya han consumido su cuerpo y otras llamas su alma. El país ya ha sufrido demasiado, y en su afán de resistir al dolo, ha encallado en la roca de la desesperación, por décadas de engaño tras engaño. Lo que él quitó, diciendo que era para el pueblo, ahora lo ripostan nuevos postores que desde otros continentes ven la oportunidad de invertir en el botín robado. Tantas generaciones trituradas en las fauces del poder y la grandeza que cultivó para sí y su élite. Cuántos hijos de todas las edades entregados a la mar tratando de escapar; u otros, cual carne de cañón, víctimas de sus ansias guerreristas en trincheras lejanas.

Como buen torturador de todo el que pensara diferente, quiso convertir los sueños de millones de cubanos en pesadillas; amancilló la fe, o mejor, trató de redirigirla hacia él y su causa. Cerró templos, encarceló, torturó, y desapareció a miles, de los cuales no existe registro humano.

Como buen torturador de todo el que pensara diferente, quiso convertir los sueños de millones de cubanos en pesadillas

Quizás por eso tantos deambulan hoy en la calles, tratando de encontrar el propósito en su diario cargar con bolsas de amargura y desolación, o subsisten vendiendo papeles entintados, que todavía hoy pretenden domesticar al pueblo.

¡Ningún hombre nuevo, ninguna ciudad nueva! ¡Solo una gran mentira que existió en su cabeza!

¡Se acabó su experimento, ya no más tratar de inventar la rueda! ¡Fidel ha muerto! ¡Ahora sí es verdad! ¡Despierta, Cuba, un nuevo amanecer comienza!

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