El congreso de ellos

Las deliberaciones en comisiones del VII Congreso del Partido Comunista están guiadas por los miembros del Buró Político. (Minrex)
Las deliberaciones en comisiones del VII Congreso del Partido Comunista están guiadas por los miembros del Buró Político. (Minrex)

Como decían los curas cultos de antes: Ite, missa est, o sea, idos por ahí a contar lo que dije, que ya esta vaina se acabó.

Cerraron el circo, ese congreso del Partido Comunista en Cuba que fue, como siempre, el cónclave de La Familia y se terminó con sus lemas, con sus disciplinados reptantes que aplauden verificando con el rabillo del ojo si el compañero sentado al lado se atreve a no aplaudir.

Fue una formalidad, una suerte de claustro donde se proclamaron las incantaciones dogmáticas de toda la vida en las que ni ellos mismos creen, porque en Cuba como en todas partes, la realidad huye del artificio. Los allí reunidos (con los ojos en blanco por la pasión) lo saben de sobra, Raúl Castro también, eso no pare más.

El discurso de apertura del subjefe fue una verdadera falta de respeto al pueblo cubano, en especial cuando el general presidente justificó la existencia de un partido único en el espectro político de la Isla, lo dijo con sorna cruel, con esa ironía que tienen los viejos cuando están al borde del abismo. Fue un desenfado burlón que los cubanos no debemos olvidar porque nos permite medir la enorme fragilidad ideológica en que se encuentra el régimen.

Sabemos perfectamente que si, a su edad, el albacea del Ido Mayor se divierte con semejantes gracias, es sencillamente porque el nuevo 'statu quo' con EE UU se lo permite

Sabemos perfectamente que si, a su edad, el albacea del Ido Mayor se divierte con semejantes gracias, es sencillamente porque el nuevo statu quo con EE UU se lo permite. Hoy día, el castrismo es una circunstancia política bajo control americano, un control del cual se desprenden los acuerdos financieros con el Club de París, los intercambios de todo pelo con el enemigo tal y como si La Habana bien valiera todas las perretas seniles y todas las apariencia de otros tiempos.

Es cierto que nadie quiere un conflicto civil en Cuba, lo cual equivaldría (hay que saberlo) a tres veces los horrores de la guerra en Siria dado el espeluznante rosario de odios y rencores acumulados desde enero de 1959. A esa eventualidad, el "aparato" estadounidense preferirá mil veces la gestión liberticida de los actuales fiambres en ascuas.

La única opción viable para que Cuba no deje de existir como entidad nacional parece ser esa lucha heroica de los opositores en la Isla, una lucha pacífica cuyo vector es el convencimiento de la gente de que hay una vida posible sin represión, sin exilios políticos, con salarios decentes y sin miedo. Al final, los cubanos ganarán la batalla, pero largo es el camino hacia la libertad.

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