Hora y media con el Gran Hermano

Por una hora y media recibí una andanada de amenazas en la sede de la Seguridad del Estado de Pinar del Río este miércoles. Como en una escena de George Orwell, cuatro agentes se dedicaron a advertirme de que puedo ser procesado por el delito descrito en la Ley 62 del Código Penal, que refiere a la "intrusión profesional". Mi labor como periodista podría llevarme a la cárcel, aseguran estos celosos cuidadores de los límites ocupacionales de cada cubano.

En una silla anclada al piso y dentro de una habitación pequeña, escuché la manida intimidación de que mis equipos de trabajo serían confiscados la próxima vez que me vean en la calle "reportando algo". Los agentes catalogaron de ilegales los dos proyectos informativos en los que participo, el diario 14ymedio y la revista Convivencia. No desaproveché la oportunidad para sugerirles que permitieran la libertad de prensa y se acababa el problema.

No podía faltar, claro está, el acta de advertencia policial que me negué a firmar. Sin embargo, cuando salí de allí y después de abrazar a mi esposa y a un amigo que me esperaban fuera, me di cuenta de que no tenía ningún resentimiento contra los amenazantes agentes, más bien me inspiraban lástima.

Llegué a la casa, me recosté un momento en un sillón de la sala para reponer fuerzas y desde la cocina mi mujer gritó: "¡Juan, se acabaron los huevos, hay que buscar algo pa' comer esta tarde!". La realidad que la Seguridad del Estado no puede negar, volvía a tocar a mi puerta.

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