‘Paginario disperso’, de Gastón Baquero

Portada de 'Paginario disperso', de Gastón Baquero
La portada de 'Paginario disperso', de Gastón Baquero

Muchos sostienen con ironía que en Cuba para publicar un libro es imprescindible morirse primero. El caso de Gastón Baquero es paradigmático. Ausente y silenciado durante 40 años, poco después de su fallecimiento se editó una atinada selección de su poesía, pero hubo que esperar dos décadas más para que salieran otras obras suyas. Se trata de la voluminosa colección de ensayos Una señal menuda sobre el pecho del astro, de la holguinera Ediciones La Luz, y de Paginario disperso, otro libro singular aparecido bajo el sello de ediciones Unión.

Este último título es una selección que Carlos Espinosa Domínguez ha hecho del vasto periodismo de Gastón Baquero, en especial de algunas de sus páginas de crítica literaria o artística que vieron la luz en la Isla, memorables textos que aún mantienen un significativo grado de actualidad. Entre ellos hay reseñas de libros o panegíricos de destacados autores, pero también reflexiones profundas o muy concretas inspiradas en la naturaleza del pueblo cubano, la vida del estamento literario o la obra de algún creador por la que se sintiera atraído.

Todos estos trabajos, por su densidad, complejidad, amplitud y maestría idiomática, nos asombran a los cubanos de las generaciones acostumbradas al mal periodismo que se hace en ese papel sanitario manchado de tinta que responde al nombre de Granma. ¿Cómo es posible que la prensa de la época anterior al castrismo, supuestamente constreñida por la necesidad de vender en una sociedad inculta y semianalfabeta, publicara algo semejante a estas maravillas que nada tienen que ver con el sensacionalismo que, según nos dicen, imperaba entonces en los medios?

El libro está dividido en cinco secciones. La primera se dedica al mundo de las letras cubanas visto por Gastón Baquero. Aquí se puede leer leer el texto a Enrique José Varona –con quien había publicado dos años antes los Poemas y Saúl sobre la espada– que se alzó con el Premio Justo de Lara de 1944 y le abrió de par en par las puertas del muy competitivo mundo periodístico cubano.

¿Cómo es posible que la prensa anterior al castrismo publicara semejantes maravillas que nada tienen que ver con el sensacionalismo que, según nos dicen, imperaba entonces?

Esa parte de Paginario disperso incluye reflexiones que nos dejan sin aliento, como la desarrollada en Dos temas cubanos: Fotuto y Cucalambé, texto en el que asegura que "el cubano lleva dentro, siempre, un ensueño; espera una cosa superior, perfecta". Nadie ha conseguido decir tanto sobre la esencia de lo cubano como Baquero en esa frase.

Entre otras perlas, esta sección contiene una genial interpretación de nuestro héroe nacional. En el ensayo Martí y lo cubano, el autor detalla la magnitud de la obra martiana confrontada con la brevedad de su vida, de solo 42 años. "Hijo del trópico, sensual, impresionable, construido en fresca arcilla, todo se le grababa, y él lo aprisionaba todo", detalla Baquero, para agregar de inmediato "sus enormes ojos, candentes, llenos de resplandores, se concentraban sobre las cosas, breve, rápidamente, pero le apresaban el alma, le secuestraban el interior. Pudo así, viviendo poco, aprender mucho, y saber más".

La segunda sección del libro se consagra a las letras hispánicas en general. Desde un inicio se aborda a Cervantes y al idioma español en América, con Sancho como esteta en dos esbozos, ensayos casi, que giran alrededor del "libro maravilloso", como prefiere referirse el autor a El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Más adelante, el lector se topará con un artículo que Baquero escribió a la muerte de José Ortega y Gasset para la revista Carteles, de obligatoria lectura para quienes quieran adentrarse en la obra del filósofo mayor de nuestra lengua. El poeta y periodista hace una reflexión sobre la conveniencia de saber retirarse a tiempo del oficio de las letras o del error de escribir demasiado. Unas sentidas notas a la muerte del vasco por antonomasia, Pío Baroja, y por la entrega al andaluz Juan Ramón Jiménez del Nobel de Literatura, completan las maravillas.

La sección tercera es una personalísima interpretación de la vida y obra de los autores que más influyeron al origenista: Keats, Valéry, Rainer Maria Rilke, Knut Hamsun y Paul Claudel. También destaca alguna que otra nota interesada y de ocasión, como aquella dedicada a Gógol, y en que destaca el silencio con que la Unión Soviética recibió el primer centenario de "una inteligencia tan aguda", de "una forma tan viva y sincera de la religiosidad", como si los jerarcas de Moscú tuvieran la premonición de que el alma del místico ya andaba reencarnada por algún rincón de su vasto imperio moteado de campos de concentración. En Solzhenitsyn, claro está.

La cuarta sección reúne críticas y obituarios a Ardévol, Manuel de Falla, Gonzalo Roig, Alicia Alonso, Sindo Garay, Robert Schumann, Cabrera Moreno o Joséphine Baker. En la quinta y última, por su parte, Baquero analiza en cuatro artículos la difícil relación entre escritores en el interior de las repúblicas de las letras, en especial la cubana, y en consecuencia con algunos de los dilemas éticos a los que se debe enfrentar todo el que practica este ingrato oficio.

El autor, entre otros temas, hace una reflexión sobre la conveniencia de saber retirarse a tiempo del oficio de las letras o del error de escribir demasiado

Los trabajos reunidos en este libro proceden casi todos del Diario de la Marina, decano del periodismo nacional y órgano de lo más reaccionario de la sociedad cubana, según los seguidores de los Castro. Sin embargo, a pesar de ese supuesto conservadurismo tuvo en el negro y homosexual Gastón Baquero a su editor jefe y vicedirector.

Libro de cuidada edición, al menos para los pobres estándares cubanos contemporáneos, solo pueden criticársele algunos detalles. No queda claro por qué el compilador incluyó la nota sobre Guy Pérez de Cisneros en la primera sección dedicada a temas literarios, cuando en ella Baquero se refiere por sobre todo a su labor como crítico pictórico.

Tampoco se entiende la foto del Prado habanero en las postrimerías de los años 20 que se ha usado para la portada, con la obra de un periodista que destacó a partir de 1944, y cuyos inicios en la literatura se remontan a 1937. Un lamentable olvido resulta que en la nota de contraportada no se haya señalado que, además de poeta, crítico y periodista, Baquero fue también un notable ensayista. La realidad bibliográfica es que en Cuba muy pocos podrían reclamar ese título con tanta justicia como él.

Por lo demás uno de esos libros importantes que todo aquel que se interese por lo cubano no debe dejar de tener en su biblioteca.

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José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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