Los americanos y el 10 de marzo de 1952

La portada de 'Batista, El Golpe', de José Luís Padrón y Luís Adrián Betancourt.
Fragmento de la portada del libro 'Batista, el golpe', de José Luís Padrón y Luís Adrián Betancourt.

En la madrugada del lunes 10 de marzo de 1952, un golpe de Estado cerró el ciclo democrático abierto en Cuba desde la convocatoria a la Asamblea Constituyente de 1940 y que se había comenzado a gestar con la Protesta de los Trece y el movimiento de reforma universitario capitaneado por Julio Antonio Mella.

A pesar de lo afirmado tantas veces por Fidel Castro y sus epígonos historiográficos menos serios, de ninguna manera puede achacarse la responsabilidad del golpe a los americanos o en específico a sus órganos secretos, la CIA o el FBI. Como reconocen incluso toda una larga serie de historiadores cubanos, publicados en la Isla desde la Revolución de 1959.

Entre ellos, está Newton Briones, que, en su seminovelado General regreso, describe paso a paso el proceso de preparación del golpe. Desde los devaneos ortodoxos de sus promotores encabezados por el capitán García Tuñón, a inspiración de su profesor de la Escuela Superior de Guerra, García Bárcena, hasta su su definitiva vinculación con Fulgencio Batista.

Incluso en el altamente parcializado El Grito del Moncada, Mario Mencía, toda una figura representativa de la historiografía castrista, al no encontrar cómo sustentar la versión más oficial según la cual los americanos inspiraron y hasta dirigieron el cuartelazo, solo atina a echar mano de una supuesta "aprobación por omisión" de la Embassy, al no haber prevenido al presidente Carlos Prío. Según el autor, no solo los miembros de la misión militar norteamericana sabían lo que se cocinaba en Columbia y Kuquine, la conocida finca del Mulato Lindo, sino casi toda La Habana y hasta el país. Si nadie tomó en serio el guiso, se debe a la circunstancia de que por entonces en Cuba casi todos compartieran la misma ciega confianza en la solidez de la democracia. A finales de febrero, ante la advertencia del venezolano Rómulo Gallegos –defenestrado tres años antes– de lo que se tramaba, alguien tan agudo como Raúl Roa respondió con absoluta seguridad que algo así ya no tenía lugar en la Cuba de ese 1952.

A pesar de lo afirmado tantas veces por Fidel Castro y sus epígonos historiográficos menos serios, de ninguna manera puede achacarse la responsabilidad del golpe a los americanos

El último ejemplo es Batista, el golpe, de los historiadores muy próximos a la Seguridad del Estado José Luís Padrón y Luís Adrián Betancourt. La tesis central de este libro es que en esencia no está para nada comprobada la inspiración americana del cuartelazo, y que, por el contrario, todo parece demostrar que el mismo no fue muy bien recibido por la mayoría de las instituciones de EE UU. En esta obra, se parte de admitir que no fueron los estadounidenses los primeros en reconocer al régimen de facto, sino más bien los últimos, al menos en las Américas. Se detalla a seguido, en base a abundante documentación desclasificada del Departamento de Estado de EE UU, el tenso proceso de reconocimiento y la subsiguiente frialdad que por meses mantuvo la embajada americana en La Habana hacia el régimen de facto. Los autores no dejan de aclarar que los motivos para ello fueron los conocidos vínculos de Batista con los comunistas cubanos, los cuales generaban gran suspicacia en los círculos de poder americanos.

Podemos afirmar esa no vinculación ya no basándonos solo en criterios de autoridad intelectual, sino en el más simple y llano sentido común. Aun mediante operaciones encubiertas, durante los albores de la Guerra Fría, los americanos solo han intervenido allí donde era claro, o en todo caso altamente posible, el avance de los comunistas, o de cualquier fuerza política que por sus características tuviera alguna posibilidad de aliarse con la URSS (esta brecha de tolerancia fue la que permitió el afianzamiento del régimen fidelista un poco después). Este tipo de situación no se daba ni de lejos en la Cuba de finales de los cuarenta y comienzos de los cincuenta.

El partido comunista, el PSP, había visto cómo las masas le retiraban su ya escaso apoyo histórico durante el periodo democrático. Si para las elecciones de 1948 había obtenido 142.972 votos, menos de un 6% del padrón electoral, en las reorganizaciones de partidos de noviembre de 1949 y 1951 bajó respectivamente a 126.524 y 59.000. Esta última cifra lo situaba a solo unos pocos miles del 2% que exigía la Constitución para legalizar a un partido político, y, por tanto, de su desaparición electoral.

Por otra parte, pretender que los norteamericanos promovieron el golpe para detener la segura victoria del partido ortodoxo resulta un completo despropósito. ¿Le temerían los yanquis al partido de Chibás, que estaba por completo en manos del más implacable y popular enemigo del comunismo en Cuba? Por demás, el único de los políticos cubanos de primera fila que se había opuesto al Gobierno izquierdista de Juan José Arévalo en Guatemala o al envío de una comisión parlamentaria para investigar las violaciones a los derechos humanos durante la sublevación de los independentistas puertorriqueños en 1950... o sea, el político cubano de primera fila menos amigo de molestar a Washington.

Pretender que los norteamericanos promovieron el golpe para detener la segura victoria del partido ortodoxo resulta un completo despropósito

No se logra entender muy bien como convenía a la política exterior de EE UU deshacerse de la que era por entonces su vitrina democrática hacia el sur del hemisferio. Se trataba de un aliado que jugaba un papel importantísimo en los mecanismos de defensa hemisférica, en el que se vivía un momento de bienestar popular incomparable en el área latinoamericana, y al cual no se le veían en lo inmediato posibilidades de retroceso marcado.

Sobran contrariamente las pruebas del desagrado americano ante el golpe e incluso resulta muy dudosa la supuesta complacencia del agregado militar en La Habana sugerido por los autores de Batista, el Golpe. El que en un informe posterior al cuartelazo lo calificara como un peligro para los intereses norteamericanos en el continente nos lleva a interpretar de forma distinta a la de aquellos autores sus esfuerzos por convencer a muchos militares de academia y gran capacidad técnica para que permaneciesen en el Ejército Constitucional. El militar americano trataba en realidad no de fortalecer al régimen batistiano, sino de dejar una puerta abierta al regreso a la institucionalidad democrática sin necesidad de una insurrección popular, o sea, gracias a un futuro golpe de los militares civilistas.

En cuanto al reconocimiento de que en un final los americanos le terminarían por dar al Gobierno de facto de Batista, a más de dos semanas de haber usurpado el Palacio presidencial y cuando ya Latinoamérica en pleno lo había hecho antes fue la mejor de las actitudes posibles para la continuidad de la independencia política cubana.

Al analizar con un poco del sosiego que dan los 64 años transcurridos, comprendemos que el Departamento de Estado terminó por adoptar el reconocimiento debido al interés que desde 1933 tenían las administraciones demócratas, muy conocedoras de nuestra susceptibilidad en cuanto al tema, de que no las pudiéramos acusar de interferir con su enorme fuerza de gravedad en nuestros asuntos internos. El no reconocimiento americano es cierto que hubiera sacado a Batista del poder en menos de seis meses, como bien sabían muchos políticos cubanos de la época, pero a su vez hubiese desacreditado de modo profundo nuestra independencia, o por lo menos nuestra capacidad para gestionar nuestra soberanía con un mínimo de responsabilidad.

Es aquí donde se transparenta la inextricable relación que existe entre nuestras dos naciones: haber negado el reconocimiento, haber exigido el inmediato retorno del Gobierno anterior, ante una situación que al cabo de casi tres semanas no parecía saldarse por el cívico rechazo de los ciudadanos cubanos, hubiera convertido de hecho a EE UU en el garante de nuestra democracia y en el soberano real en consecuencia. A partir de ese instante, nuestras autoridades podrían ser electas del modo más libre y democrático, pero a fin de cuentas su permanencia en sus cargos dependería de la voluntad americana de mantenerlos allí frente a nuestras propias fuerzas autoritarias y antidemocráticas. Nos habría conducido en definitiva a una posición cuasi semejante a la de los años del Protectorado, o peor incluso.

No está de más recordar que el supuesto control sobre la sociedad cubana de las instituciones de inteligencia americanas está desmentido por los hechos posteriores al golpe de 1952, ya que no consiguieron descubrir los masivos movimientos conspirativos de Fidel Castro, quien llegó a reunir más de un millar de hombres a los cuales se entrenó por meses en áreas de la Universidad de La Habana.

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José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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