El castrismo, un lobo pardo disfrazado de roja oveja proletaria

Un largo viaje
Castro buscó la alianza con el lejano 'imperio' socialista soviético para hacer frente al cercano 'imperio' estadounidense

Nada en el castrismo es gratuito. Régimen político en extremo estable, ha sido el producto de la historia y la casualidad, pero moldeado a voluntad por la intuición criolla y la enfermiza ansia de poder de Fidel Castro.

Dos son las razones que lo llevaron en su momento a aproximarse ideológicamente al llamado socialismo real. La primera, el hecho de que Cuba, por sus características geopolíticas, no está capacitada para la autarquía económica más que a un nivel muy primitivo de las fuerzas productivas (la sociedad más compleja que ha conseguido desarrollar la vida humana de esa manera sobre la Isla es la taina, agricultora-ceramista), y por tanto, tras romper con su tradicional economía complementaria, la americana, necesitaba de otra que viniera a servirle de sucedáneo. La URSS y el bloque de sus satélites llenaban los requisitos adecuados para ello, además de que en medio de la Guerra Fría aseguraban un respaldo militar y diplomático del que la Cuba de Fidel necesitaba desesperadamente, por su proximidad extrema a los EE UU.

De haber podido elegir Fidel Castro se hubiese decantado seguramente por alguna forma autóctona de fascismo, más si tenemos en cuenta que la poderosa corriente que lo había llevado al poder absoluto en 1959 era claramente fascista. La explosión de entusiasmo político que tuvo lugar en ese año, y que fue identificada por un significativo sector de la nación con su imagen de barbas y perfil heleno, era la consecuencia de una ola de revanchismo nacionalista muy semejante a la que contra los Acuerdos de Versalles había conducido a la nación alemana al nacionalsocialismo.

De haber podido elegir Fidel Castro se hubiese decantado seguramente por alguna forma autóctona de fascismo

Por una serie de coincidencias, a finales de los cincuenta la nación cubana sintió la misma estrechez vital que la Alemania de los treinta. Los cubanos mantenían muy presente la humillación que para sus abuelos significó el colofón de la intervención americana, la enmienda Platt. El hecho no era ahora la persistencia de ese infamante mecanismo de subordinación política, que había sido abolido el 9 de septiembre de 1933, sino que, por un complicado mecanismo de la psicología de masas para los cubanos de entonces, la simple existencia de sus vecinos norteños había terminado significando de manera invariable una constricción a las inconsecuentes y exageradas ideas que de sí mismos, y de su nación, se habían ido formando desde la revolución de 1930. Los cubanos sentían que el imperialismo americano estorbaba a esa clara especie de imperialismo cubano que se había ido cuajando poco a poco en el alma.

¿Pero de dónde nacía ese quijotesco imperialismo? Pues de la propia tradición histórica, de la que por primera vez una generación completa de cubanos comenzó a ser claramente consciente, la de los cincuenta. Cuba, en las postrimerías del siglo XVII y en la primera mitad del XVIII, fue el único fragmento de las Españas que conservó el aliento imperial expansivo. Fue la incontrastable contraofensiva pirática cubana de estos años la que llevó a que todas las naciones occidentales decidieran que esa forma de negocios debía ser erradicada de las aguas de la cara atlántica de las Américas. Ese ímpetu imperial cubano, y por sobre todo habanero, ya no es totalmente el español medieval de nación de cruzada enfrentada al Islam. La modernidad impregnó lo cubano y, al mezclarse con los viejos alientos hispánicos, permitió ese raro y único experimento en que una clase de colonos nativos, sin apoyo de los capitales metropolitanos, o en general extranjeros, construyeran toda una economía de plantación. Solo los cubanos de la generación de 1793, capitaneados por Francisco de Arango y Parreño, crearon en el mundo moderno una economía semejante de esta rara manera que les permitió durante 40 años ser la verdadera metrópolis de España, al menos hasta la muerte de Fernando VII (no en balde los liberales ibéricos nos trataron tan mal a partir de su ascenso al poder en 1835). Para rematar, los cubanos, con una población ínfima, habían conducido a fines del siglo XIX las guerras de independencia más desproporcionadas de toda la historia humana, habiendo tenido que enfrentarse a ejércitos perfectamente armados y cuyo número superaba con mucho a la suma de todos los ejércitos europeos que hubieran cruzado a las Américas de 1492 hasta hoy.

Es esta conciencia de la grandeza de la propia historia, junto a algunos otros rasgos idiosincráticos de los cubanos, como la existencia de una sorda ansia trascendentalista que nunca ha encontrado cauce abierto en la práctica de alguna religión, ciertas circunstancias históricas casuales (quizás la más importante la interrupción del curso democrático en 1952) y los aires de época (los tiempos de la descolonización), los que todos juntos explican este quijotesco imperialismo, en que los cubanos se embarcan entre 1959 y, más o menos, 1968 (año en que en propiedad termina la Revolución Cubana con el discurso de Fidel Castro apoyando la invasión soviética de Checoslovaquia).

Se podía aplicar la vieja política de acercarse al imperio más alejado, para que este le diera la suficiente protección ante el más cercano

No obstante, el ejercicio del poder siempre lleva al realismo, sobre todo si quien lo práctica llega a hacer de ese ejercicio el principal o único propósito de su vida, y si lo anima en el fondo ese no sé qué de la intuición criolla. Como ese nacionalismo exacerbado, o imperialismo quijotesco, carecen de una base realista, Fidel Castro no tardó en comprender la falta de un futuro viable para el fascismo en Cuba. Ni el Madrid de ese camarada tan próximo, "Paco" Franco, aunque lo hubiera querido, podía constituirse en su imprescindible economía complementaria, ni a Latinoamérica, tan distante de Cuba en la desmesura del aliento quijotesco, cabía arrastrarla con la suficiente celeridad al propósito de subvertir el orden hemisférico de modo que Cuba pudiera obtener allí lo necesario para subsistir tras la ruptura con EE UU.

Ante semejante comprensión cabían dos actitudes. O gobernar aplacando poco a poco esa explosión de nacionalismo y volver, tarde o temprano, al redil americano, —lo que a la larga ni le aseguraba a Fidel Castro su ansiada independencia para hacer su soberana soberbia personal, ni tampoco una larga permanencia en el poder—, o una jugada complicada, pero que de dar resultado si le aseguraba ambas cosas. Se podía aplicar la vieja política de acercarse al imperio más alejado, para que este le diera la suficiente protección ante el más cercano, a la vez que le dejaba lo suficientemente libres las manos para mantener bastante independencia de acción. El mundo de la Guerra Fría en el que había llegado al poder se prestaba de manera ideal para ello.

La evolución del castrismo a partir de 1959 se explica en que Fidel Castro había comprendido que la mejor manera de legitimar su Gobierno autocrático, y con pretensiones de vitalicio, se encontraba en la exacerbación de ciertas regiones de los encontrados sentimientos que habían ido creciendo hacia el vecino del norte en casi todas las áreas del pueblo cubano desde 1933, lo que implicaba enfrentarlo y, en consecuencia, la necesidad de encontrar un fuerte respaldo en algún imperio enfrentado a EE UU. Esta cadena de razonamientos explican en parte su adscripción temprana al socialismo real soviético.

Pero hay una segunda razón que lo llevó a dicha aproximación, y es que esta ideología justificaba más que ninguna otra la concentración más completa de los medios de desarrollo de la vida humana en manos de un Estado absoluto. Aún más que en cualquier fascismo, en los que por lo general la propiedad siempre es respetada, aunque puesta bajo algún control estatal.

EL completo control le aseguraba a Castro la imposibilidad del surgimiento de una oposición en Cuba, alimentada desde la propia Isla, al privar a los inconformes de los más elementales medios de vida si no entraban por el aro

Fidel Castro necesitaba tal concentración por dos razones, una esencial a su carácter y otra de utilidad práctica. Su naturaleza psicológica necesitaba por sí misma ese completo control del mundo y sus congéneres, pero, a la vez, ese completo control le aseguraba la imposibilidad del surgimiento de una oposición en Cuba, alimentada desde la propia Isla, al privar a los inconformes de los más elementales medios de vida si no entraban por el aro. Además, al adscribirse a tal ideología podía también apropiarse del discurso legitimador socialista ante las grandes mayorías cubanas, muy necesario para cuando el nacionalismo comenzara en sus almas: el de poner la riqueza en manos del pueblo trabajador, quien supuestamente se convertía en el dueño de los medios de producción, y al que cabía manipular mejor en base a esta ficción.

En esencia, el castrismo no es para nada un sistema colectivista y si profundamente individualista. La total concentración en manos del Estado castrista de las posibilidades de desarrollo de la vida humana, que llegaron a niveles no igualados en el mundo socialista en los setenta y ochenta, cuando salvo algunas pequeñas fincas todas las actividades económicas quedaban bajo su control directo, responden no a un interés social del castrismo, sino a una voluntad inflexible de subsistencia. En todo caso, su increíble capacidad para presentar lo que no tiene más que este fin con tintes altruistas, de usar sus propios mecanismos de dominación total como elemento legitimador ante determinados sectores de la población es quizás el más grande logro de este engendro que la intuición criolla y la voluntad de Fidel Castro, en connivencia con los recovecos de la historia y la suerte, armaron en igual medida.

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José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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