La constante vigilancia para mantenerse demócrata

La presidenta suspendida de Brasil, Dilma Rousseff, en su primera aparición pública desde que fue separada del cargo. (EFE)
La presidenta suspendida de Brasil, Dilma Rousseff, en su primera aparición pública desde que fue separada del cargo. (EFE)

No se es un demócrata solo por enfrentarse de manera frontal a cualquier izquierda. De ser esta condición suficiente, habría que admitir que el señor Pinochet merecía el título.

El principal y obsesivo objetivo de un demócrata no puede reducirse a pretender sacar a la izquierda del poder, sino que debe ser proteger a la democracia incluso de sí misma. Tener en cuenta esta verdad es muy importante en el presente, sobre todo en Latinoamérica, donde son tan evidentes las debilidades de la democracia.

La democracia es por naturaleza frágil. Depende de una mentalidad determinada, de una muy específica cultura y, hoy como ayer, falta en nuestra región. Unos más y otros menos, todos aspiramos a vivir en sistemas perfectos más que perfectibles, a que alguien se ocupe, a que alguien nos asegure con su presencia protectora la conservación de aquel embeleco infantil: la benignidad paradisiaca del mundo en que nos ha tocado respirar, y a la vez y de manera en apariencia inconsecuente, a usar los espacios de diálogo, más que para la consensuada resolución de nuestros problemas comunes, como espacios de lidia, como lugares recreativos en que matar el tiempo engarzados en torneos cuyo único fin resulta el mejor lucimiento de nuestro orgullo intelectual.

Pero la debilidad de nuestra democracia no se halla solo en las maneras histéricas en que el individuo latinoamericano se enfrenta a su sociedad. En un plano un tanto menos esencial, el de sus tradiciones de asociacionismo político, también se notan las corrosivas raíces del mal democrático latinoamericano. En Latinoamérica, los vencedores en las urnas se creen validados a imponer su voluntad en lo que se les dé su real gana, y los perdedores tienden por su parte a comportarse como si hubiesen sido traicionados vilmente en sus elevadísimas buenas intenciones, no tan solo desfavorecidos en el balance de los estados de opinión social.

La debilidad de nuestra democracia no se halla solo en las maneras histéricas en que el individuo latinoamericano se enfrenta a su sociedad

No nos engañemos, no es algo nuevo. Mucho antes de que la Revolución cubana hubiese traído la amenaza del totalitarismo a la región, ya en Latinoamérica los golpes de Estado y el autoritarismo eran el pan nuestro de cada día. Al menos desde las independencias, todo el que se propusiese cambios sociales, no importa de qué cuantía, partía de que no se podía transar en su concreción y que solo podían ser llevados adelante mediante métodos revolucionarios. Por su parte, todo defensor de la tradición llevaba su actitud hasta el límite, como si el permitir innovaciones pusiera al mundo necesariamente a un paso del colapso total. Para unos nada se podía hacer sin imposición, para otros lo novedoso solo acarreaba el caos.

Doscientos años de degollinas constantes dan buena cuenta de esa espantosa realidad.

Su única novedad está en el amargo despertar que estamos teniendo los escasos demócratas que habitamos por estas tierras, tras varias décadas en que nos pareció que todo avanzaba por el buen camino.

Si bien es cierto que en Venezuela ya se justifica la violencia política, ese no es el caso de Brasil. Si en Venezuela el empeño de Maduro y los distintos clanes "revolucionarios y de izquierda" post chavistas por aferrarse como lapas al poder han llevado a la destrucción de la democracia, ese no es ni de lejos el caso brasileño. Este país cuenta con un sistema de gobierno presidencialista donde las únicas razones válidas para someter a juicio político al presidente son la corrupción administrativa o de las esencias del proceso democrático. Si en un lugar la izquierda ha respetado el proceso democrático ha sido en Brasil, como todos reconocían hasta hace pocos meses, incluso los fundamentalistas más acérrimos del mercado. Por otra parte, tampoco se acusa a Dilma Rousseff en esencia de corrupción, sino de un reajuste temporal en las cuentas del Ejecutivo, un crimen que como cualquier otro gobierno real y no del país de la fantasía han practicado todos los gobiernos brasileños anteriores, y que, por otra parte, resulta ridículo en un medio político como el del gigante sudamericano, en que casi todos los acusadores están también bajo acusaciones muchísimo más graves que la de la presidenta.

Los escasos demócratas que habitamos por estas tierras estamos teniendo un amargo despertar, tras varias décadas en que nos pareció que todo avanzaba por el buen camino

Es cierto que el voto popular no es el único medidor de la democracia, pero es el más importante, y otros procedimientos democráticos no pueden pasarle por encima a menos que se esté muy bien justificado el hacerlo.

La erosión de la democracia que acarrea este affaire es ya evidente en muchas de las propuestas que pueden leerse en las pancartas que se han sacado a la calle y que invitan al establecimiento de una dictadura militar que nunca se justifica. Por no hablar del muy mal precedente que crea que en un sistema presidencialista, fuertemente ejecutivo, se abra la posibilidad de cuestionar al presidente por cualquier nimiedad, a la manera de un sistema parlamentario. Tal mezcla tiene el inconveniente de traer la inestabilidad más absoluta a un sistema como el presidencialista, que carece de los mecanismos que sí posee el parlamentario para lidiar con ella. Con este engendro que toma solo lo peor de ambos sistemas, Brasil reventaría muy pronto al intentar asumir junto a su presidencialismo la misma inestabilidad connatural al sistema italiano de postguerra.

Las clases políticas latinoamericanas deben aprender a constreñirse, a respetar el procedimiento. Deben también aprender de gente como Gerald Ford y Al Gore que a veces hay que sacrificarse por el más preciado bien común. Deben entender que solo se sobrevive como político en democracia, ya que en dictadura, en el mejor de los casos, no se pasa de funcionario. Por tanto, antes que por trabajar por la imposición de su ideología o de la respuesta particular que pretenden ser la única e incuestionablemente correcta, deben más bien mantenerse en constante vigilancia de los demás y de sí mismos para evitar que se cierre el espacio de consenso por antonomasia: la democracia.

Repito: no se es un demócrata solo por estar totalmente desesperado por sacar del poder a la izquierda en la región o en el país. Ese desespero y ese anteponer fines a medios descubren que en realidad no es usted un demócrata, sino un enemigo de la democracia, en igual medida que algunos izquierdistas.

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Comentarios 6

José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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