La gesta del 9 de septiembre

Prio y Grau
Prio y Grau

La República de Cuba, proclamada en 1902, nació con una severa restricción a su soberanía. Lo que comenzó como una enmienda de última hora a la ley de gasto militar de Estados Unidos, terminó como un apéndice impuesto a la primera constitución postcolonial. Llevaba el nombre de quien la presentó al Congreso: un oscuro senador de Connecticut, Míster Orville Platt. Mas es bien conocido que fue alguien del entorno del presidente McKinley quien realmente se ocupó de traducir en palabras lo que estaba ya en el pensamiento del sector proimperialista americano de entonces.

Cuba nació, según dicho apéndice, como un protectorado de EE UU. No solo no teníamos derecho a endeudarnos con quien nos diera la gana –la posibilidad de ser irresponsables también es un derecho que da la libertad–, sino que además los americanos se arrogaban funciones de policía en nuestra sociedad. Ellos se asumían supremos garantes de nuestra independencia y de las vidas y propiedades de cuantos vivieran en esta Isla, para lo cual nos impusieron su derecho a intervenir en Cuba, militarmente o de cualquier otra manera, cuando lo estimaran necesario.

Este estado de dependencia política, aunque aminorado con el tiempo, duró poco más de 31 años. Terminó un 9 de septiembre de 1933, cuando a consecuencia de la Revolución del 30, Ramón Grau San Martín asumió la presidencia de la República de Cuba.

Cuba nació como un protectorado de EE UU, nos impusieron su derecho a intervenir, militarmente o de cualquier otra manera, cuando lo estimaran necesario

Producto de una huelga general espontánea del pueblo cubano, que ningún partido o personalidad política planeó, convocó o dirigió, El Animal, el general presidente de entonces, Gerardo Machado, tuvo que irse un 12 de agosto. Lo sustituyó el Gobierno de los incoloros mediacionistas, que no llegó al mes, porque en la madrugada del 4 de septiembre los estudiantes de los Directorios del 30 y del 27 aprovecharon una rebelión de sargentos para hacerse con el poder.

Para entonces, solo ellos se habían negado a participar en la llamada mediación: el intento de solucionar desde la embajada americana, bajo la batuta del brujo Sumner Welles, la grave situación política que había provocado la ambición de poder de Machado en medio de la recesión mundial de 1929. Incluso los ñángaras, los comunistas, haciéndose los bobos como siempre, habían entrado por la puerta de atrás de la embassy para ver qué había pa' ellos.

Después de un breve periodo en que los estudiantes, fieles a su programa de fines de agosto, intentaron instaurar una pentarquía ejecutiva, se decidió nombrar un presidente. El escogido fue el único de los cinco que en medio del caos y con los acorazados americanos a la vista ya casi de nuestras costas, tuvo el valor para quedarse: Grau. Un profesor de fisiología de la Universidad de La Habana que se había opuesto a la expulsión de estudiantes por enfrentarse a la dictadura machadista y que llegó a sufrir prisión por su actitud vertical ante aquella.

Dos son los gestos de Grau que marcaron el final de la Enmienda Platt y el comienzo de la plena soberanía cubana. Uno, efectivo desde el punto de vista jurídico: Grau se negó a jurar sobre la Constitución de 1901 por incluir el infamante apéndice... ¡y junto a su conglomerado de revolucionarios demócratas gobernó durante 127 días frente a la poderosísima Flota Americana del Atlántico!

Cuando el bueno de Manuel Márquez Sterling y el secretario de Estado de EE UU Cordell Hull se reunieron meses después, en mayo de 1934, para supuestamente firmar la abrogación de la Enmienda, lo que en verdad hicieron fue sancionar por escrito lo que ya era de facto cadáver, desde la mañana del 9 de septiembre del año anterior.

"Dígale a Washington que espere, que estoy hablando con mi pueblo", dijo Grau

El otro gesto perturbó de manera radical el imaginario de los cubanos. Si el primero nos hizo jurídicamente libres, este por su parte liberó de manera definitiva nuestras mentes. En medio de su discurso de investidura, que Grau pronunciaba desde la terraza norte del palacio presidencial, un ayudante le avisó de que lo llamaban desde la embajada americana. Ni corto, ni perezoso, con esa chispeante inteligencia suya, Grau respondió casi sin volverse: "Dígale a Washington que espere, que estoy hablando con mi pueblo".

Estas palabras fueron pronunciadas en la década del 30, cuando Cuba solo se tenía a sí misma para defenderse frente a EE UU. No como más tarde, en los cincuenta, a consecuencia de otra revolución que a ratos nos suena más bien a contrarrevolución, en que se pronunciaron muchas bravuconerías carentes de la ingeniosidad y el gracejo del cubano, pero siempre con la seguridad de otro imperio para respaldarlas.

Fueron pronunciadas, además, por unos revolucionarios que nunca terminaron ellos mismos en generales presidentes y que, mal que bien, nos han legado nuestro más grande logro político como pueblo: la Constitución de 1940.

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José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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