Los imperialismos de izquierdas en América Latina

El vicepresidente boliviano Álvaro García Linera. (Wikicommons)
El vicepresidente boliviano Álvaro García Linera. (Wikicommons)

Cierta mañana, acabado de arribar a la fortaleza de la Cabaña en los días de la Feria Internacional del Libro de La Habana 2014, al consultar el programa diario descubrí que en ese preciso instante el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera impartía una videoconferencia en la Sala Lezama Lima. La sala estaba repleta de civiles bolivianos y militares cubanos, quienes, en un estado de excitación no muy habitual en los recintos de una feria del libro, vitoreaban con las venas de sus cuellos al reventar cada vez que Linera mostraba en un mapa el pedazo correspondiente de territorio que, según él, alguno de sus vecinos le había arrebatado a Bolivia. Y aclaró que no acusaba solo a Chile. Según Linera, absolutamente todos los países limítrofes con Bolivia habían participado en ese despojo. De hecho, según su discurso, casi la mitad de Suramérica le pertenecería legalmente a su país, que, más que andino –y eso si lo explicitó–, era amazónico por derecho.

Lo cierto es que, a pesar de todo el supuesto avance integracionista en América Latina, las reclamaciones territoriales o marítimas siguen a la orden del día. Esta persistencia se debe a la tendencia latinoamericana a usar de los diferendos que las reclamaciones generan para desviar la atención pública de las políticas domésticas. No hay gobierno latinoamericano, electo o impuesto a la cañona, de izquierdas o de derechas, que ante un escenario de enorme desaprobación popular no se acuerde de inmediato del pedazo de territorio que, supuesta o realmente, algún vecino le arrebató en cierto momento de su historia.

No hay gobierno latinoamericano que ante un escenario de enorme desaprobación popular no se acuerde del pedazo de territorio que algún vecino le arrebató en cierto momento de su historia

El caso más emblemático es la invasión de las islas Malvinas por una dictadura militar argentina que hacía aguas por la difícil situación económica y social interna. Emblemático porque no solo se pasó más allá de las amenazas y la retórica, sino porque el contrincante era nada menos que una de las naciones con las tradiciones combativas y navales más destacables de la historia humana: el Reino Unido.

El más reciente, y el más patético (por no decir cobarde), es el de la República Bolivariana de Venezuela, con su pretensión de despojar a un país muchísimo más pobre de un pedazo de su territorio rico en petróleo. Un pedazo que, por cierto, representa la mitad de Guyana. De este modo, después de que el chavo-madurismo ha pasado las últimas dos décadas lanzando continuas y diarias diatribas contra el imperialismo, ahora se quita la careta y se comporta como lo que en realidad es: una ideología profundamente imperialista en sí misma.

Así puede verse a la República Bolivariana de Venezuela practicar ahora una diplomacia de chantajes por todo el Caribe, de una manera tan poco sutil como pocas veces ha hecho Washington en toda su historia.

¿Cómo conciliar el discurso integracionista venezolano con este acto tan despreciable y cobarde? No se reclama a la poderosa Gran Bretaña, sino al país pobrísimo que surgió tras la independencia del territorio que aquella potencia colonial le usurpó a Venezuela. Nada cambia que se diga a los cuatro vientos que en manos venezolanas los recursos en disputa también estarán a disposición del pueblo guyanés gracias a la extensa cooperación de aquel "solidario" país. Por el contrario, esa justificación muestra más bien la verdadera naturaleza del "integracionismo" y la solidaridad chavo-madurista. Es la Venezuela de Maduro quien decide y tiene la última palabra. ¿En un final no es nuestro el petróleo? Pues a hacer y pensar como dictamos desde la Caracas del fascismo... perdón, del socialismo del siglo XXI.

Venezuela pretende despojar a Guyana, un país muchísimo más pobre, de un pedazo de su territorio rico en petróleo

Las razones últimas de esta infamia son las mismas que llevaron a Galtieri a asaltar las Malvinas en 1982. Con el barril de petróleo a menos de 38 dólares y con un apoyo cada vez más exiguo, el chavo-madurismo busca distraer la atención de la difícil situación interna y, a la vez, poner a Venezuela en un estado de guerra que le permita tener las manos libres para cerrar los pocos espacios democráticos que aún quedan en el país. Porque algo deben entender los opositores al chavo-madurismo que, no obstante, apoyan esta aventura imperialista: su principal objetivo no es otro que anularlo como opositor a él mismo, al presentar la actitud opositora como de traición a la patria "en unos momentos tan difíciles".

Cabe temer que actitudes como la de la Venezuela chavo-madurista sean repetidas por otros regímenes de izquierdas en estos difíciles tiempos para ellos en la región. No nos asombremos cuando muy pronto el presidente de Ecuador, Rafael Correa, sentado sobre un volcán en erupción, tenga a bien acordarse del medio país que Perú le arrebató a Ecuador hace más de cien años. En cuanto a la tierra del Gran Jefe Indio del Sur, Bolivia, ya hemos mencionado por dónde andan las ideas de Linera, su Gran Cerebro Blanco: un tipo de armas tomar y bombas poner.

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Comentarios 12

José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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