Un poemario no tan atroz, ni tan amargo

El poeta Sergio García Zamora en el 24° Festival Internacional de Poesía de Medellín. (Facebook)
El poeta Sergio García Zamora en el 24° Festival Internacional de Poesía de Medellín. (Facebook)

Sergio García Zamora es un joven aquejado de esa "enfermedad incurable y pegadiza" que es hacerse poeta, al decir de la sobrina de Alonso Quijano, el bueno. Natural de la Esperanza, Villa Clara, y a punto de cumplir los treinta, ha tenido una trayectoria sorprendente desde que en 2011 saliera a la luz su segundo poemario, Poda.

Ya antes habíamos reseñado aquí otro de sus libros, Pabellón de Caza, en la edición bilingüe que la santaclareña Sed de Belleza le publicó hace un par de años. Ahora es la editorial miamense Publicaciones Entre Líneas quien le edita un bien presentado cuaderno de poemas, Toda luna y todo sol.

El epígrafe de Rimbaud con que el autor abre su libro nos pone en la pista de los sentimientos que impulsaron este poemario: "Toda luna es atroz y todo sol amargo". Es por tanto un libro en que el enfant terrible de las letras villaclareñas, aquel que publicó su primer libro a los 17, pretende hablar desde la angustia de quien constata que hay mucho de cruel, de inhumano, de acre, en el destino que nos está reservado a los hombres.

Algo que comenzamos a notar precisamente en el instante en que la infancia y la juventud han quedado definitivamente atrás, cuando ya ese como clamoreo interior, esa luminosidad difusa con que llegamos al mundo comienzan a retroceder para dejarnos ante la realidad monda y lironda de nuestra existencia finita en casi todos los sentidos.

No obstante, si algo parece angustiar a Sergio aquí es más bien la constatación de la indetenible fluencia de la vida y de su circunstancia, que las hace a ambas reacias a dejarse encapsular en esos paquetes, las ideas y los conceptos, con que pretendemos inútilmente apresarlas para siempre jamás. Es esta la razón de los constantes contrastes que a cada momento nos saltan desde las líneas de estos poemas.

No nos parece que en realidad sea este un libro atroz y amargo. Para ser sinceros es una profunda sensación de humanidad y calor

Desde esos casi pequeños divertimentos en que al deseo de los padres de Schumann de que su hijo se hiciera abogado el que escribe estos versos contrapone su preferencia porque su hija termine de "excelente músico", hasta aquellos otros poemas más complejos en que el poeta se descubre atrapado en las contradicciones propias de aquel que piensa no solo hacia afuera, sino también hacia adentro, reflexivamente.

Hay en este poemario reflexiones sobre el propio acto poético, como en Balada para colgarse, en el que Sergio constata la insinceridad de los admiradores y seguidores de Villon, que nunca se atreverán a abandonar la apacible hoja de papel, en la que vierten sin peligro sus iconoclastias descafeinadas pero sin ponerse nunca de verdad la soga al cuello, que fue la real culminación de la obra del poeta medieval admirado.

O como en Monumento al trompetista desconocido en que deja correr una pluma cortante, mientras se cuestiona la legitimidad de esos motivos que los poetas suelen heredarse los unos a los otros, y que a ratos son asumidos cual imprescindibles en el currículo de sus elogios; pero de los que ni él mismo consigue desprenderse.

No nos parece que en realidad sea este un libro atroz y amargo. Para ser sinceros es una profunda sensación de humanidad y calor la que al menos a quien esto escribe, cuarentón reciente, dejan estas líneas. No de otra manera puede sentirse uno después de leer un poema como canto a Walt Whitman o ese otro cuasi divertimento que es niños prodigio.

No quiero cerrar esta breve reseña sin referirme a ese pequeño poema, los imperativos, en que el poeta se atreve a preguntarse en voz alta cuál sería su actitud si alguna vez él y su verdad se encontrarán bajo el ojo de los inquisidores. ¿Tendría el valor necesario para defender su verdad a la manera de Giordano Bruno, hasta las últimas consecuencias, o por el contrario terminaría retractándose a la de Galileo Galilei? Pregunta que a todo intelectual en las especiales circunstancias de este país le resulta muy familiar, y que nos atenaza a cada paso y en cada instante.  

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José Gabriel Barrenechea

Vivo en Santa Clara desde donde leo, observo y escribo

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