Adiós al tutú

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La diplomacia es de esas artes que me dan comezón, de esas danzas que al verlas ejecutar me entran mareos. Por más que pruebo entender a los embajadores, los cancilleres y toda esa estirpe de astutos personajes, sólo logro extraer más confusión de sus acciones. Se abrazan y regalan sonrisas, se intercambian promesas y salen en las fotos cogidos de la mano. Hablan en nombre mío, aunque hace rato que no se suben al ómnibus, no hacen una cola, ni saben del alto precio de un huevo en el mercado negro.

En el último año, el ballet presentado por “nuestra” diplomacia ha tenido mucho de danza de la seducción. Con medias rojas han salido a bailar y sus promesas de aperturas han encandilado a unos cuantos. Sin embargo, desde el tercer balcón, donde estamos sentados los ciudadanos, cada fouetté nos ha parecido encartonado y los nuevos giros -tan predecibles- que generan bostezos.

Aburrida y decepcionada de estas coreografías de la apariencia, me decanto por bailar al son de la diplomacia popular. Con tanto buffet y champán desperdiciados, creo que es mejor saltarse a estos encorbatados representantes. Deben existir formas más cívicas de encontrarse los pueblos, contactar y ayudarse. Dejémosle a las cancillerías la farsa de los protocolos de intención y de los pactos firmados que no se cumplen. Nosotros –mientras tanto- acerquémonos y pongámonos de acuerdo.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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