Comienza el curso

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Mi hijo ha estrenado esta semana su uniforme color “chícharo” en una secundaria de arquitectura Girón a escasos cinco minutos de nuestro edificio modelo yugoslavo. Los últimos días de las vacaciones estuvieron marcados por las carreras para comprar los zapatos, la búsqueda de la nueva mochila y las discusiones de cuánto estrechar los holgados pantalones talla 18.

El matutino del primer día transcurrió entre palabras enardecidas y promesas de un curso perfecto. Después llegó la hora de adaptarnos a la nueva dinámica de la secundaria, tan diferente a los años en que yo cursé la enseñanza media. Por ejemplo, desde hace algún tiempo los muchachos de secundaria no pueden ir a almorzar a sus casas. La medida busca erradicar las diferencias entre los que tienen un buen almuerzo que les espera y los que tienen menos o casi nada. También se trata de evitar que deambulen por las calles y cometan delitos.

Con el nuevo sistema, a mediodía cada estudiante recibe un pan con alguna proteína y un vaso de yogurt. A esa edad, tan reducida porción, sólo hace despertar la fiera del apetito y ponerla a rugir durante los próximos turnos de clases. De manera que desde las 12 y 20 comienzan a acercarse a la reja que circunda la escuela, los padres con “pozuelos”, pomos y cubiertos, para reforzar la alimentación de sus hijos. En algunos centros escolares han prohibido esta práctica de llevarle comida a los alumnos y en otros han anunciado que los jóvenes deben traer –desde por la mañana- lo que van a almorzar.

Cada día, de manera un tanto sigilosa, me aproximo a la secundaria y paso a través de la cerca la “jabita” con el necesario refuerzo. Noto que hay muchos padres afuera que hacen lo mismo, pero también que una buena parte de los niños no reciben la ración adicional. En fin, que tratando de eliminar diferencias se ha creado otra tan evidente, tan visible y dolorosa, que me pregunto si no sería mejor flexibilizar dicha medida y permitir que los jóvenes almuercen en sus casas mientras se garantiza una comida digna para los que se quedan en la escuela.

Todo lo que se impone, lo que es obligatorio y rígido termina siendo burlado, desvirtuado y lo que es peor, rechazado.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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