La otra Habana

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Hay una ciudad que discurre a nuestro lado sin tocarnos. Una Habana que habla de “queso parmesano” de “centímetros de césped” y de “fin de semana en Cancún”. Esta otra urbe apenas se mezcla con la nuestra y en nada se parece al escenario de derrumbes y carencias que forma nuestro entorno.

Ambas “Habanas” cohabitan y a la vez se niegan. Quien vive dentro de una no puede imaginarse –en toda su extensión- la otra ciudad que la completa. Una discurre velozmente sobre ruedas, mientras la nuestra se añeja en las paradas, esperando la guagua. La dulce Habana de la opulencia se desplaza al oeste especialmente hacia la zona de Miramar, Cubanacán, Atabey y Jaimanitas. La mía, la verdadera, crece a saltos hacia San Miguel, Diez de Octubre, El Calvario y Fontanar.

Cuando ambas ciudades coinciden y chocan no pueden comprenderse de tan lejanas realidades que viven. Mientras una se queja de sus viejos muebles de Ikea y de las dificultades para transportar el “container de la mudada desde el puerto”, la otra se mece en los gastados sillones heredados de los abuelos y se sumerge en el mercado negro.

Mi deteriorada Habana compra al menudeo, habla por lo bajo y huele a aguas albañales, mientras que esa ciudad que habitan los ministros, los altos funcionarios y los diplomáticos, se mueve entre “canapés”, recepciones y expande un delicado aroma de cremas hidratantes.

Prefiero, sin embargo, la capital decrépita que desando cada día, pues al menos ella es coherente y transparente con lo que guarda en su interior. La hemos hecho a nuestra imagen y semejanza o, mejor dicho, somos nosotros los que la imitamos en su resignación y su miseria.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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