Huelga de vientres

Yoani Sánchez

19 de septiembre 2008 - 07:55

 

Se iba a llamar Gea y vendría a aliviarle a Teo la carga de ser el único niño de la casa. Con ella hubiera vuelto a preparar purecitos de malanga, hervir pomos en la noche y lavar tandas de pañales. Sólo que al pensarlo mejor, Gea se quedó en el deseo de otro hijo que no tuve. Me proyecté veinte años más adelante, con los mismos problemas habitacionales de hoy y con dos hijos casados que traerían a vivir a sus conyugues a nuestro apartamento. En un principio, los tres matrimonios trataríamos de mantener la armonía, pero las peleas llegarían inevitablemente.

Nuestra casa sería como tantas, donde habitan varias generaciones y una sorda batalla se desarrolla cada día. El refrigerador quedaría dividido en tres zonas y las parejas harían el amor en voz baja, ante la proximidad de las otras camas. Llegarían los nietos a compartir la habitación con los abuelos –en este caso mi marido y yo– y a hacerles sentir que ya les estorban a los más jóvenes. Los niños pasarían una buena parte del tiempo en el pasillo o en la calle, a causa del poco espacio disponible en el hogar. Se harían adolescentes y buscarían pareja, nuevos potenciales inquilinos para esta casa a punto de reventar.

Si antes de los huracanes Gustav e Ike, mi generación y la de Teo debían esperar cuarenta años más para tener una vivienda, ahora el plazo ha traspasado los límites de una vida humana. Junto a las tejas y las ventanas que se llevaron los vientos también salieron volando nuestros sueños de tener un techo propio. Donde no hay recursos para devolverle lo perdido a los damnificados, qué pueden esperar los que ni siquiera tenían algo.

Sin sentimentalismos: Gea se ha esfumado del todo de mi vida, ahora sí que no habrá espacio para ella.

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