Matrimonio sin patrimonio

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Dos de mis amigos se casaron en los años noventa para comprar el cake y las cervezas que asignaba el mercado racionado en caso de bodas. No eran una pareja y jamás habían intercambiado algo más que un abrazo, pero la reventa de la bebida y del azucarado pastel les produjo suficiente dinero para vivir varios meses, cada uno por su lado. Como ellos, un montón de gente firmó el acta matrimonial a la espera de los ansiados productos y de las tres noches de luna de miel en un hotel, cotizadas a muy buen precio en el mercado negro.

Con esas referencias alrededor, me cuesta tomarme en serio la firma de un contrato matrimonial. Vivo desde hace un montón de años bajo una unión consensuada sin rastro de papeles. Así mismo, muchos de mis conocidos cohabitan con una pareja con la que jamás han pisado una notaría o certificado su unión. No se trata sólo de una moda postmoderna e irreverente, sino de la pérdida del sentido de rubricar el matrimonio. Entre los motivos de ese desvanecimiento, está la ausencia de un patrimonio familiar que preservar con la firma de un contrato. Qué diferencia pueda haber en que un hijo tenga padres legalmente unidos o no, si ellos carecen de bienes que heredarle, ni posesiones que necesiten del visto bueno de las leyes.

Los que tenemos hoy menos de cuarenta años, arribamos a las relaciones amorosas portando como propiedad principal aquella contenida en nuestra epidermis. Para cuando llega el final del idilio, las pertenencias caben –frecuentemente– en un maletín. Con el nido del amor ubicado en la casa de los padres y con un salario que no alcanza para adquirir bienes perdurables o transmisibles, poco importa ya el papel firmado y el cuño legal que da fe del matrimonio.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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