Nietos descreídos

joven

Voy con el nieto más pequeño a pasear por las calles de una Habana diferente y a la vez familiar. Ya no tengo un blog y mis setenta años se me notan en cada arruga del rostro y en la larga trenza blanca. Aunque esta podría ser una fantasía futurista de tonos  oscuros, prefiero creer que caminamos por una ciudad renacida y próspera. Vamos a un parque para tomar el sol y trato –como todo anciano- de hablarle de mis tiempos, de aquellos años en que yo tenía la delgadez y la energía que ahora exhibe él.

El español sigue siendo la lengua materna de mi prole, pero el chico me mira como si no entendiera todo lo que le digo. Hace una mueca de duda cuando me refiero al “período especial”, la “libreta de productos racionados” o la “fidelidad ideológica”. Sus problemas son tan diferentes ¿por qué habría de comprender los que una vez yo tuve?  Exhibe sin pudor varias confusiones históricas y llama a un fallecido líder con el apelativo de una cantante de salsa. Es incapaz de diferenciar entre el discurso decretando el carácter socialista de la Revolución y aquel en que se anunció el colapso de la Unión Soviética.

No me manda a callar por respeto, pero en sus ojos leo que toda mi cháchara le aburre. “La abuela está anclada en el tiempo” dirá cuando me vaya, pero frente a mí simula escuchar las desfasadas anécdotas de esa Cuba remota. No sabe este muchacho que la premonición de su existencia me permitió mantener la cordura cuarenta años atrás. Proyectarlo  -con su mohín de descreimiento sentado en un parque de La Habana futura- me evitó tomar el camino del mar, de la simulación o del silencio. He llegado hasta ahí gracias a él y en lugar de decírselo, lo mareo con mis anécdotas de lo que pasó, de lo que nunca volverá a repetirse.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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