Padecimientos

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Mi número telefónico coincide en cinco dígitos con el de la farmacia más cercana. De manera que cada día atiendo varias llamadas equivocadas, en las que me preguntan si ha llegado algún que otro medicamento. Normalmente, les doy a las personas los datos correctos para que encuentren el dispensario, pero otras –siete de la mañana de un domingo– sólo atino a decir: “No señora, en esta casa no vendemos ese fármaco”.

Si me dejo guiar por lo que busca la gente para aliviar sus padecimientos, tendría que concluir que las depresiones están en aumento. El noventa por ciento de los que llaman quiere algún ansiolítico o relajante, algo que ayude a desconectar de la cargante realidad. Las dificultades para transportarse, la doble moneda, las colas y el stress que provoca buscar determinados productos en el mercado negro, pueden llegar a desequilibrar a cualquiera. Especialmente si se ha vivido desde hace décadas bajo esa sensación de inestabilidad nacional, de provisionalidad y crispación.

Por eso, trato de comprender –y no insultar– a quienes me llaman a las horas más increíbles, pensando que se están comunicando con la farmacia. Noto en su voz ese tono de desespero que sólo se alivia cuando se toman alguna píldora que ayude a relajar y a dormir. Son las mismas personas que al otro día volverán al trabajo con los párpados a la mitad, aún bajo el efecto del calmante. Las pastillas los ayudarán a aceptar que el aire acondicionado esté apagado debido a las nuevas medidas de ahorro, que el ómnibus llegue una hora después de lo previsto o que el carnicero les venda un kilogramo de pollo al que le faltan diez gramos. Las ansiadas tabletas no pueden lograr que las cosas funcionen, pero al menos sirven para que deje de importarles.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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