Propina, tip, trinkgeld

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El canadiense puso la propina sobre un pequeño plato, casi el 10% de lo pagado por aquel almuerzo con una joven que recién había conocido. Salió del restaurante acariciándose satisfecho el abdomen, mientras ella se dirigía al baño. La muchacha, sin embargo, se fue hasta la mesa donde habían comido y se llevó en su bolsillo los 2 flamantes pesos convertibles dejados por su acompañante. Desde el bar, los ojos sagaces del barman captaron el momento y le avisó a gritos al camarero. Para cuando éste intentó atraparla, ya ella se había marchado sin despedirse del desconcertado turista que la seguía esperando bajo el sol. Con esa pérdida, el mesero calculó que se había quedado sin la más sustanciosa gratificación de todo el día. Molesto, terminó de secar las copas y organizó los cubiertos.

Durante muchos años, aceptar propinas fue un acto catalogado casi como contrarrevolucionario. Recibir un pequeño estímulo económico de parte de algún cliente podía verse como un rezago pequeñoburgués, como un gesto indigno. Eran los tiempos también en que el dinero no tenía un valor real, o sea, no podía convertirse en bienes y servicios, dado el estricto mercado racionado que enmarcaba toda nuestra vida. Tal vez eso explica el maltrato al que los empleados sometían a los usuarios, conducta que lamentablemente llega hasta el día de hoy. Pero sí puede decirse que con el regreso del turismo, la aparición de la dualidad monetaria y la apertura de las tiendas en dinero fuerte, volvió a tener sentido ese “trinkgeld” deslizado discretamente en unas manos o dejado bajo el pañuelo de cuadros donde se envuelve la factura.

En estos momentos, el aliciente principal para quienes trabajan en cafeterías, restaurantes y hoteles radica en la posibilidad de que un visitante extranjero les deje alguna gratificación material. También algunos cubanos han comenzado a premiar el buen servicio en ciertos sitios, regalando centavos aquí y centavos allá. Pero los más apetecidos parroquianos son aquellos que provienen de países donde está instituido darle un por ciento del consumo total a los camareros. No obstante, todavía en el sector estatal existen medidas administrativas contra esa práctica y en los aeropuertos la empresa ECASA ha intentado eliminarla, sin mucho éxito. No obstante la tacañería de algunos y los prejuicios de otros, el hábito de retribuir una buena atención se abre paso. A veces merecida, en otros casos exigida con insistencia o simplemente incluida en la cuenta, la propina mueve ahora sonrisas, acelera la llegada de las bandejas y hace que el acongojado camarero de esta historia vuelva a sonreír.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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