Salvar hormigas

Mi madre iba con el bulto de ropa hacia el lavadero de cemento, donde el cepillo y el jabón  blanquearían las camisas y desempercudirían los pantalones. La alarma se extendía sobre mi hermana y yo, al ver peligrar a las ingenuas hormigas que transitaban bajo la pila aún cerrada. Comenzaba entonces la carrera para salvar parte del imprudente hormiguero, ajeno al exterminio que mi mamá provocaría con el agua y la espuma. Niñas un tanto locas, dirían los vecinos, al vernos recuperar los minúsculos insectos que ellos ni percibían sobre el cemento gris.

Con el tiempo y miles de hormigas que no he podido salvar de la debacle, comprendí que lo nimio siempre está en peligro de ser barrido. Las revoluciones y las guerras arrasan con lo pequeño; con todo aquello que no aparece en las estadísticas ni en los grandes libros de historia. Las diminutas cosas que dan cuerpo y vida a una sociedad perecen cuando se abre la pila de los cambios violentos y de los conflictos bélicos.

El sabor de una fruta perdida en la memoria, una tarde en el contén del barrio hablando a máscara quitada, un ternero trotando en el campo sin temor a ser sacrificado ilegalmente, una limonada fría que no te ha costado una hora de cola. Todo eso forma parte también del hormiguero, aunque esas “lavanderas” que quieren limpiar y sacudir un país, crean que son antojos de minúsculos bichos.

Sigo siendo aquella niña temerosa de los que quieren cambiarlo todo, con recelo de los que proponen dar cepillo a las estructuras tradicionales. Me fío más de la pequeñez de las hormigas, de su constante caminar y de su lenta posesión de los espacios.  Ellas, que aún son barridas por los chorros de agua, un día cerrarán por sí mismas las pilas.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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