Tijeras

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No sé qué le pasa a los intolerantes con el pelo, que se fijan en él con más saña que en el resto del cuerpo. Tienen una fijación especial con lo que brota de las cabezas ajenas, sean cabellos o ideas.

En los setenta mi padre quería llevar la melena hasta los hombros, pero las tijeras le salían al paso. Las blandían los represores de siempre, aquellos que sostienen que un pelado a lo militar es la señal para detectar a un hombre “correcto”. Eran los mismos tiempos en que los blue jeans de los hippies y sus pelambres eran señalados como exponentes del “diversionismo ideológico”.

No obstante, la abundancia de pelaje no es lo único que descoloca a estos peluqueros de la reprimenda. Recuerdo que agobiada por la falta de champú y por los brotes de piojos –comunes en los oscuros años noventa– decidí pelarme al cero. Estaba en el Instituto Pedagógico y mi cabeza lustrosa por poco me cuesta la expulsión de la universidad. En la calle siempre había alguien para recordarme que “una mujer que se respete” no prescinde de su pelo. Agobiada por tanta intromisión, me deje crecer – ad infinitum– la cabellera.

Hoy, mi hijo quiere llevar un par de mechones encima de las orejas, por la influencia estética de los dibujos animados japoneses. Ahí está la directora de su escuela para hacerle vivir lo mismo que a su abuelo y a mí. Con el uniforme blanco y amarillo de la secundaria no encaja –según esta barbera de turno– un pelado que se aleje del más soldadesco estilo. Al negrísimo pelo de Teo y a sus patillas desmesuradas, se les acercan también las viejas tijeras de la intransigencia. La permanente mano que quiere podar todas las diferencias.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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