Dos años

Se bebió la botella de aguardiente y miró  las auras tiñosas que sobrevolaban –como cada día– la Plaza de la Revolución. Era un martes, y el primero de agosto de  2006 lo encontró asomado al balcón oteando los cambios que vendrían. La noche anterior habían leído en la tele la Proclama en la que el Máximo Líder delegaba –temporalmente– sus poderes. Reunió a los amigos y durante toda la madrugada se la pasaron hablando del futuro, mientras las calles permanecían extrañamente vacías.

Durante las primeras semanas posteriores al anuncio, escuchó con más atención los noticieros y compró algunos enlatados para no tener que ir afuera. Desempolvó su radio chino que –sólo en una esquina del baño– captaba las emisoras de onda corta. Entretanto, evitó cambiar los euros que su mamá le había enviado y se hizo de una buena provisión de velas y baterías.

Al sexto mes ya había dejado de mirar por la ventana, de leer entre líneas el periódico y de grabar en una cinta todo aquello que le parecía un testimonio de “los últimos días”. Convocó otra vez a los amigos, pero esta vez recordaron historias de los años ochenta, la beca y el período especial.

Dos años después de aquel 31 de julio, se ha sentado de espaldas a la ciudad y muestra una postal que su ex novia le mandó desde Jerusalén. Hace semanas que no mira la prensa ni sintoniza las interferidas emisoras. En la alta noche nos ha contado que su madre le pidió que se fuera, a Italia, con ella. Le ha dicho que sí, pues ningún olor de transformaciones ha vuelto a recalar en su terraza.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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