La litera

No habíamos estado juntas en una litera desde hacía más de veinte años. Mi hermana era de las que prefería dormir en la cama de abajo, por miedo a caerse en medio de la noche. Yo, más atrevida, me trepaba a las alturas de aquellos camastros chirriantes de las escuelas al campo. Amparándome en que tenía menos años, saltaba sobre mi maltrecho colchón que con cada sacudida lanzaba una boronilla de bagazo y polvo sobre su sábana recién tendida. Ella se quejaba de que le ensuciaba la almohada con mis zapatos, rebosantes del fango traído de un surco donde lo mismo cultivábamos tabaco que nos tirábamos a dormir. Con su paciencia de primogénita, toleraba también mi cháchara sonámbula durante toda la madrugada.

Dos décadas después, volvimos a estar juntas en una litera. Esta vez no teníamos ni siquiera una colchoneta. Mi hermana y yo, con una camita arriba y otra abajo, a oscuras, en el calabozo de la estación de policía de Infanta y Manglar. Nosotras, eternas movilizadas en la agricultura, detenidas años más tarde por quienes de seguro también pernoctaron en aquellos campamentos de Güira, Alquízar, Los Palacios o Batabanó. Al lado nuestro, una mujer preguntándonos por qué estábamos presas, mientras yo me acostaba sobre la tabla. El fuerte olor del baño llenándolo todo y afuera, en lugar de la campana que llama al trabajo, un uniformado de rostro ceñudo vigilando la puerta.

La memoria nos hace ciertas trampas. Ahora, cuando evoco aquellos albergues llenos de adolescentes se me mezclan con la imagen de una celda en la 4ta Estación durante la tarde del 24 de febrero de 2010. Mi hermana y yo, compartiendo una lata de leche condensada con nuestras amigas de aula y de pronto lanzadas a un pasillo donde los policías nos gritan y nos zarandean. Mi hermana y yo, en una litera perpetua que lo mismo está ubicada en medio de la tierra colorada de Pinar del Río que en un húmedo sótano de El Cerro. Pasamos de niñas albergadas a mujeres arrestadas, de pioneritas recolectando plátanos y naranjas a ciudadanas empujadas por la fuerza a un camión-jaula. Mi hermana y yo, una camita sobre otra. Y ella temblorosa y con la voz rasgada, porque ya no puede cuidarme ni defenderme.

Por estos días, se cumplió un año del arresto arbitrario que fuimos víctima mi hermana y yo cuando íbamos a firmar el libro de condolencias por la muerte de Orlando Zapata Tamayo. Presenté una denuncia a la Fiscalía Militar, a la Fiscalía General de la República, a la Asamblea Nacional y a la Dirección Principal de la Policía Nacional. No he recibido respuesta de ninguna de esas instituciones. Aquí pongo nuevamente la grabación de audio que logré hacer aquel día con mi teléfono móvil.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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