Cuando miro la tele...

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Esta semana hacemos una terapia anti-televisión en nuestra casa. Empezamos gradualmente y estamos ahora en la etapa de encender al “gordito autosuficiente” pero no subirle el volumen. Es interesantísimo lo que se logra. Ante nuestros ojos pasan imágenes, que de tan predecibles la propia imaginación les pone voz y sonido. Si sale un campo sembrado, oigo dentro de mí a un conocido locutor que anuncia un sobrecumplimiento de la producción de papas. Si, en su lugar, lo que vemos son imágenes de personas vestidas con batas blancas, entonces inmediatamente emerge en mi mente el discurso sobre los médicos cubanos que brindan sus servicios en Bolivia o Venezuela.

Lo que nunca ocurre es que al mirar, en mute, una de esos reportajes, surja de mí algo cotidiano y realista que se parezca a lo que oigo cada día en la calle. Nuestra pantalla chica nos muestra “lo que debimos haber sido” o, peor aún, “lo que debemos creer que somos”. Así que el locutor que todos llevamos dentro nunca dice algo como “los precios están por las nubes”; “en mi policlínico sólo quedan 17 médicos, porque todos los demás se han ido de misión”; “si no robo en el trabajo no puedo vivir” o “¿dónde están las malditas papas que no llegan?”.

La tele se parece tan poco a mi vida, que he llegado a pensar que es mi existencia la que no es real; que las caras alargadas que veo en la calle son actores que merecerían un Óscar (o un Coral); que los cientos de problemas que sorteo para alimentarme, transportarme y simplemente existir, son sólo líneas de un guión dramático y que la verdad, de tanto que insisten, debe ser la que me cuenta el Granma, el Noticiero Nacional de Televisión y la Mesa Redonda.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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