El regreso del garrotero

cola Cola a las afueras de un Banco Metropolitano

No tienen un local propio, pero pululan por todos lados. Prestan dinero con intereses, facilitan créditos y cobran lo mismo en efectivo que con bienes o servicios. Son los nuevos garroteros. Después de estigmatizarlos por décadas, estos prohibidos banqueros han regresado sin licencia ni piedad. Ofrecen desde pequeñas sumas hasta miles de pesos convertibles, pero estos últimos sólo a clientes muy confiables. Actúan en zonas que conocen bien, con vecinos de los que saben cuánto salario ganan, si reciben remesas del extranjero o si tienen alguna otra entrada económica. A partir de esa información, distinguen entre quién será “buena paga” y quién no. Aunque siempre pueden llevarse alguna sorpresa. La gran pesadilla de estos “peritos de la usura”, radica en que el empeñado tome una lancha y salga clandestinamente del país sin devolverle lo suyo.

El resto de las situaciones pueden resolverse con presión y amenaza. Cuando el deudor se pone demasiado moroso, el prestamista siente que ya va siendo hora de darle una lección.

Eduardo miraba la televisión el sábado pasado cuanto tocaron a su puerta. Dos hombre fornidos lo empujaron hacia adentro de la casa y uno de ellos le golpeó el rostro con los puños. Tomaron el equipo de música y se fueron, no sin antes advertirle: “Tienes 72 horas para liquidarle al Primo… si no vamos a regresar y ya no nos portaremos tan bien”. La víctima no pudo acudir a la policía, pues desde el principio prefirió aquel crédito ilícito, sin posibles reclamaciones. Los tres días siguientes se dedicó a vender parte de sus equipos electrodomésticos y endeudarse con los amigos para devolver el préstamo. También rezó un poco a ver si en una redada caían el Primo y sus secuaces, por los otros tantos delitos que cometen.

María, sin embargo, obtuvo un crédito de 10 mil pesos cubanos en el Banco Metropolitano. Necesitó rellenar innumerables formularios y presentar constancia de su vínculo laboral. El monto lo utilizará en materiales de construcción para remodelar su vieja vivienda. Se siente satisfecha de haber logrado esa suma por los caminos legales, aunque ahora en cada trámite que hace le aparece la información de que tiene adeudos con el Estado. Otros, que no han podido cumplir los requisitos, deben aceptar las condiciones e intereses del garrotero de su barrio. Más de una cliente ha debido pagar con los favores de su propio cuerpo cuando se le ha pasado la fecha del reembolso; más de una familia ha tenido que entregar un refrigerador o un carro, porque al irresponsable de la casa se le ocurrió pedir un dinero que jamás podrá pagar.

Tan necesario como calumniado, el garrotero es sólo una pieza en la cadena financiera ilegal de nuestra realidad. Cauteloso para dar, implacable para cobrar.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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