El reino de Adidas

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La lengüeta de su tenis Nike le hacen una mueca de superioridad a mis sandalias de piel sintética, mientras calculo que sus gafas italianas le han costado el salario de un mes. De su cartera, comprada en Vía Uno, saca unos cigarros Marlboro y me brinda, aunque sabe que no fumo. Vamos juntas hasta su casa del Cerro –una cuartería en un caserón habitado por siete familias-. Entro a la sala y sus impecables zapatos desafinan con una silla de cabillas sin espaldar, un colchón amorfo cubierto por una sábana gris y unas paredes que no se pintan desde que el abuelo murió. Me brinda café en una taza sin asa, pero sólo atino a ver la sortija de oro en su índice. “¡Yadira, –la increpo- con esa opulencia para vestir y no tienes ni un baño propio!”. Se sonríe y alcanzo a ver un pequeño rubí incrustado en su colmillo izquierdo.

Al salir de su casa reparo en la inaudita combinación de ostentación y miseria que “adorna” nuestras calles. En medio de los deteriorados portales de la avenida Reina veo el ir y venir de los Adidas, los Kelme y los Wilson, y mi nariz capta lo mismo el hedor de una fosa albañal –rota en plena acera- que la esencia inconfundible de Christian Dior. Las colas en las afueras de las boutiques, me hablan de una cantidad de dinero que llega a través de las remesas, las actividades ilegales o el desvío de recursos y que sostiene esas ínfulas de “pavo real”. Nadie quiere quedarse sin su ropa de marca, sea falsificada o auténtica.

Me han dicho que la tienda de Adidas ubicada en la esquina de 1ra y D, en el Vedado, es la filial que más ventas logra -por metro cuadrado- en toda Latinoamérica. Hasta el punto que piensan mudarla a un local más grande para duplicar las ganancias. Algunos de los productos que en ella se venden, serán comprados por personas que no tienen una habitación propia o que hacen malabares para poder comer cada día. Ellos han preferido llevar, lo más “valioso” que tienen, sobre sus propios cuerpos.

Desde los cristales de unas gafas UV, arropada en el algodón de una prenda Point Zero, o con los cabellos olorosos a L´Oreal, Yadira no ve los azulejos caídos de su cocina y los muelles que se le salen al colchón. Para los que la conocen ella es una espléndida joven que viste con ropa de marca, y no la vecina de un pobre solar, donde cada mañana carga el agua hasta el diminuto baño colectivo.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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