“Lo mejor que puedes hacer es sacrificarla…”

Bella, todavía recuperándose del distemper. (Eliécer Ávila)
Bella, todavía recuperándose del distemper. (Eliécer Ávila)

Hace dos años, mi novia y yo nos encontrábamos visitando la casa de unos amigos cuando observamos a una señora discutiendo con unos niños de nueve o diez años. El motivo era que los menores habían encontrado una bolsa en la basura con una perrita adentro y la estaban golpeando con un palo.

La señora logró arrebatarles el paquete y nosotros fuimos a apoyarla. Cuando sacamos a la perrita estaba muerta de miedo, temblaba y se aferraba fuertemente a nosotros. Cualquier gesto, aunque fuera para acariciarla, provocaba un grito de dolor. Estaba traumada y no podía confiar en nadie.

Fue difícil, pero logramos convencer a su salvadora de que éramos personas serias y responsables como para cuidar de la cachorrita. Ella accedió a regañadientes, pues ya tenía cinco canes más varios gatos, y sus bajos ingresos no le permitían uno más. Antes de dejarnos ir, nos tomó el carné y la dirección.

"Prométanme que no la van a abandonar, y si no están seguros, si creen que puede ser un embullo, díganmelo y yo veo qué hacer", nos dijo. "No se preocupe, ella será para nosotros como un miembro más de la familia", le respondimos. Por el camino de regreso a casa la bautizamos Bella.

No creo poder encontrar perro de raza alguna que tuviera la expresión en los ojos que nos regala esta satica

Los primeros meses fueron duros. Descubrimos que tenía pavor a la oscuridad y si se quedaba sola en casa mordía desesperadamente todo a su paso. Muebles, cables, zapatos y otras cosas conservan el recuerdo de sus dientes. Una vez me dijo un amigo que nos visitaba: "Con lo que esa perra se ha comido podrías comprarte un rottweiler".

Puede que fuera cierto, pero no creo poder encontrar perro de raza alguna que tuviera la expresión en los ojos que nos regala esta satica. Ella tiene una mirada para cuando se porta mal, otra para cuando quiere que la cargue para dormirse encima de mí mientras veo la televisión. Otra de loca eufórica cuando quiere jugar. Y una muy sexy cuando viene algún visitante que llama su atención.

El tiempo y la estabilidad del hogar contribuyeron a que desaparecieran todas sus manías y fobias. Quedó solamente una preocupación para nosotros: que se pusiera a darle amor a la pierna de algún desconocido o le saltara encima mientras tomaba su café sentado en nuestra sala. Por suerte, las víctimas de esos excesos de cariño siempre terminaban muertos de risa.

Tiempo después, un camión golpeó frente a nosotros a otra perrita y fue un milagro que sobreviviera. La llevamos también a casa y, mientras la curamos, Bella, que al principio estaba muy celosa, descubrió a una hermana de la que no se pudo separar nunca más. Encontramos la forma perfecta para que gastara toda esa energía interna. Verlas jugar día y noche era un relajante deleite después del estrés del trabajo diario.

Hace dos meses, todo cambió bruscamente. Pasó lo que no debía pasar. Bella se enfermó de moquillo canino

Hace dos meses, todo cambió bruscamente. Pasó lo que no debía pasar. Bella se enfermó de moquillo canino o distemper, como se conoce también, algo que jamás imaginamos posible después de que un veterinario nos cobrara 30 CUC por las dos vacunas hexavalentes que supuestamente anularían cualquier riesgo parecido.

Lo cierto es que la enfermedad avanzó muy rápido y, aún poniendo a disposición de Bella todos nuestros modestos recursos, no pudimos evitar que el virus hiciera de las suyas. Cuatro veterinarios distintos y todo el cuidado del mundo lograron el milagro de que se salvara, pero quedaron secuelas.

Muchas personas que supieron del caso mostraron una falta absoluta de sensibilidad. Nada más de saber que se trataba de esa enfermedad, o al mencionar las posibles secuelas, una reacción automática no se hacía esperar: "Sacrifícala, que eso es por gusto", "no pierdas ni tiempo ni dinero en eso". Incluso alguien se atrevió a aconsejar: "Mira, si me das algo ahí, yo la boto lejos en un saco". A este último lo botamos nosotros de la casa.

Lo asombroso era cómo ante un problema de salud de un animal afectivo, pocos entendían razonable "complicarse" o gastar dinero para intentar que se recuperara. Por nuestra parte estábamos seguros de algo: Bella jamás iría a parar a un saco de basura, aun cuando sucediera lo peor y nos dejara definitivamente.

Una tarde, después de limpiar mucho (pues Bella no podía controlar sus esfínteres), nos sentamos a tomar un café y pensar qué nos faltaba por hacer al respecto. Fue entonces que pegué un salto y dije: ¡Caramba, internet! ¡Ahí tiene que haber mucho material sobre esto!

Corrimos a buscar una tarjeta de dos horas y media para conectarnos a la web, previendo que demoraría encontrar algo concreto. Nada de eso, al primer clic en Google hallamos infinitos artículos, estudios, fundaciones, consejos prácticos, experiencias compartidas, foros y hasta vídeos explicando cómo realizar adecuadamente la rehabilitación para recuperar las funciones motoras perdidas producto de las afectaciones al sistema nervioso que el virus provoca.

Alguien se atrevió a aconsejar: “Mira, si me das algo ahí, yo la boto lejos en un saco”

El primero de los materiales que bajamos tenía un título que nos sacó la sonrisa: No te rindas, se va a recuperar, podemos ayudarte. Estudiamos tanto por esos días que, posiblemente, si fuéramos a las pruebas correspondientes nos darían el título de veterinarios autodidactas. Escribimos a unas amigas muy queridas que viven en Perú y nos enviaron excelentes vitaminas y sueros terapéuticos. Comenzamos los ejercicios y el tratamiento recomendado.

En dos semanas el cambio fue extraordinario. Empezó a comer por sí misma, disminuyeron los temblores, ladró por primera vez en dos meses y reapareció en sus ojos un brillo intenso que nos hizo saber que la Bella explosiva de siempre ya venía de regreso.

Aún no se ha recuperado del todo. Arrastra las patas de atrás, pero ya juega y come normalmente, está subiendo de peso y empezó a dar varios pasos con ayuda, lo cual demuestra que no ha perdido del todo la comunicación neuronal con sus extremidades. El placer que nos provoca ver su recuperación es tan grande que ya hemos olvidado el trabajo que nos costó llegar a este punto.

No se si es por el susto que pasó o porque echábamos de menos sus lengüetazos y mordidas, pero creo que es más cariñosa que antes. Aquí está, mordiéndome los dedos de los pies mientras escribo estas líneas.

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