Todos merecemos libertad

La vida de las aves es maravillosa, especialmente cuando  están en libertad.

Pero en Cuba, eso de ser libres se les está volviendo difícil, gracias a sus depredadores humanos. Por ejemplo, el tomeguín del pinar, un ave endémica, últimamente está sometida a un ritmo de captura tan alto que nos hace temer su futura extinción.

Otro perjudicado en este asunto de cárceles es el sinsonte, que no es endémico pero reside permanentemente en nuestro país. Cuentan que si alguien coge un pichón de sinsonte del nido, lo lleva a su casa y por supuesto lo encierra en una jaula, los padres del capturado, si lo encuentran, se encargan de darle comida venenosa para que muera de inmediato porque prefieren verlo muerto antes que preso de por vida. En esta historia de campo, cierta o no, sí que hay amor por la libertad.

Los humanos se ensañan también con los cateyes, cotorras y negritos, condenados a ser diversión de los seres humanos, como si sus cualidades de canto o plumaje fueran un terrible delito. Y a la gente  no le provoca ningún problema de conciencia. En Camagüey es común ver por la calle, en pleno día, las jaulas colgando con sus prisioneros de por vida.

Parece que a ciertas personas les gusta atropellar la naturaleza. Recuerdo que mi abuelo, a quien le debo todo mi amor por el mundo natural, era un apasionado y celoso cuidador de la flora y la fauna, al punto que nadie en nuestra finca y sus alrededores se atrevía a hacerle daño ni al más mínimo animalito o planta. Si algún niño se le ocurría sacar un tirapiedras delante de él, de inmediato se lo quitaba para echarlo a la candela de la cocina, mientras le daba al muchacho una buena charla de por qué debíamos cuidar la naturaleza.

Y hoy, ¿acaso no hay personas y leyes en Cuba para impedir los atropellos injustificados contra la naturaleza y su libertad, como lo hacía mi abuelo en su finca?

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Pensar la naturaleza, protegerla, aprender a apreciarla; de eso va este espacio hecho por varios cubanos

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