Cremata estrena obra de teatro en internet

El censurado dramaturgo difunde a través de la red este breve monólogo sobre el autoritarismo y la censura

Juan Carlos Cremata con su madre, la directora de televisión Iraida Malberti. (Archivo El Nuevo Herald)
Juan Carlos Cremata con su madre, la directora de televisión Iraida Malberti. (Archivo El Nuevo Herald)

Monólogo de la Presidenta

Por Juan Carlos Cremata

La escena es un salón de reuniones. Sólo un sofá, unas sillas y un butacón grande. La Presidenta entra hablando por un móvil. Es una mujer de años imprecisos, que viste elegante, pero no exagerado, casi al descuido. De ademanes rudos, enérgica, con cierto matiz diplomático, pero siempre muy tensa.

Presidenta: No, no. No te preocupes. Yo te vuelvo a llamar. Déjame salir de esto, que no lo soporto más. Sí, sí, el ministro lo sabe, ¡claro! Él me apoya. ¿Cómo, si no, iba a tomar esta medida? Ese (con cierta ironía) "artista" se ha vuelto demasiado insolente. Y ya es hora de que lo paremos. Espera. (Va hacia la puerta por donde entró y ordena) ¡Raisa, dile a todos los vicepresidentes que los quiero aquí! ¡Ahora mismo! ¡Y a los especialistas de cada departamento también! ¡Que venga Valdés Malo y Liudmila, la asesora! (Va a seguir su conversación por el móvil, pero agrega:) Ah, y trae café para todo el mundo. Pero para mí una taza de té, o de manzanilla. Bien cargada. (Explica al movil) Es que tengo un dolor de cabeza tremendo, desde que vimos ese espectáculo, el sábado pasado, que no se me quita. No, no. No te preocupes. Yo eso lo resuelvo hoy mismo. (Pausa.) Te llamo después. Sí, sí. Cuando termines la emisión del noticiero, te timbro y te cuento. Ya (con la misma ironía) el "desagradable personaje" está viniendo para acá. Te dejo, que debe estar al bajar todo el mundo.

Cuelga y se arregla un poco. Coloca el butacón frente a una silla específica y se sienta cómodamente. Busca en su amplia cartera, una agenda que abre para trazar unas notas. Empiezan entonces a entrar los subalternos. Uno con camisa a cuadros, otro en pullover de rayas y un tercero con guayabera de mangas cortas. Todos portan algo con que escribir y tienen caras de circunspectos. Entra, además, un especialista con espejuelos y pelo teñido de morado. Es un poco afectado en sus modales. De estilo más bien ridículo. Otro más se incorpora tarde. Es un joven en pullover con la cara del Che. Va a sentarse en la silla que ha acomodado la Presidenta frente a ella, cuando lo detiene la advertencia de su jefa.

Presidenta: No, no, no. Esa es para que se siente (con el ya acostumbrado desdén) el "artista". Quiero tenerlo bien de frente para ver la cara que pone. Busca otro sitio. (A todos) Y antes de que aparezca por esa puerta el "susodicho", debo aclararles algo. (Con cierto autoritarismo) No quiero oír más comentarios de pasillo sobre mi posible salida de este puesto, debido a un rumor, que no sé de salió, de que yo me quiero ir a Venezuela porque a mi esposo le van a dar una corresponsalía en Telesur. Que nadie se haga la idea. Porque voy a seguir aquí. Frente a ustedes. Al pie del cañón. Este es el puesto que me asignó el Partido. Si mañana es la Industria Básica, para allá iremos. Pero esto es lo que me toca defender hoy. Y lo voy a estar haciendo hasta que se me sitúe otra misión. ¿Está claro? En segundo lugar: voy encarar todo esto sola. Quiero decir, cuando ese "ser conflictivo" entre por esa puerta, no voy a escuchar comentario alguno. ¡De ninguno de ustedes! Nadie tiene nada que agregar. Y si hay alguna duda, la zanjamos después. ¿Le dijeron a Liudmila que bajara?

De repente, entra el Artista. Puede notársele de un talante bastante diferente al de todos los presentes. Ni mejor, ni peor, sólo que bien distinto, diverso. Como que no encaja en ese ambiente. La Presidenta asume un aire aún más prepotente. Se levanta como para darle la bienvenida.

Presidenta: ¿Qué tal? Pase, pase. Lo estábamos esperando. (Con la misma vuelve a ordenar desde la puerta) ¡Raisa, que no nos molesten! (Se vira y señala con la mano a la silla colocada frente a su butacón) Siéntese, por favor, tenga la amabilidad.

El Artista se sienta al centro. Mira a todos, extrañado. La Presidenta vuelve a ocupar su lugar.

Presidenta: ¿Liudmila no bajó? (Casi sin pausa) Bueno, igual, empezamos sin ella. No hagamos más largo este asunto. (Al Artista) Mire, voy a ir directo al grano. Es importante que usted entienda que respetamos mucho su trabajo. Hace tiempo lo venimos siguiendo. Incluso, desde que estábamos en la Escuela de Cuadros de la Juventud y... (se queda sin palabras por un momento lo que la hace cambiar de actitud) tú has hecho mucho, corazón. Mucho y durante mucho tiempo. Y nosotros te hemos dejado hacer. Pero está bueno ya. Creo que ya llegó el momento de parar. Y ya puedes descansar. Yo me he sentido traicionada, burlada y hasta herida en lo más profundo de mis sentimientos. Porque todos aquí habíamos puesto nuestra total confianza en la obra que tú estabas preparando. Y de repente, hemos visto "eso", que estrenaste el sábado pasado. Y que no tiene nivel de metáfora artística. Con un lenguaje pobre, directo, reaccionario y vulgar. Pero lo peor de todo es que es una franca burla al líder histórico de nuestra Revolución. Una verdadera falta de respeto, con una persona que ha hecho mucho por todos nosotros en este país. Y que ahora está muy enfermo, el pobre. ¡Y eso sí que no lo vamos a permitir! Ni yo, ni ninguno de los que estamos aquí. (Mira a todos) ¿No es así? (Todos asienten bajando la cabeza) Por eso, en nombre de las libertades alcanzadas durante todos estos años por nuestro movimiento teatral, nos vemos en la obligación de censurar tu espectáculo. Si quieres, se lo explicamos a los actores, hacemos una nota pública, no sé. Y no me importa que hayamos gastado mucho dinero en la producción, ni en toda esa publicidad. O que tú hayas tenido tantos meses de ensayo y esfuerzos en la preparación. Así como está, ese montaje no tiene ninguna posibilidad de ser cambiado. Y no puede seguir. ¿Tienes algo que agregar?

El Artista mira a todos sin entender lo que acaba de escuchar. Algunos evaden su mirada. Entonces mira al cielo como buscando respuestas. Alza un poco los brazos casi pidiendo clemencia. Con la misma, se levanta y se va. Todos quedan asombrados.

Presidenta (al del pullover del Che): ¡Tú! Prepárame un artículo con bastante fundamento teórico, que explique todo lo sucedido, nos de la razón y desmonte la propuesta. (Al de modos afectados) Redáctame cuanto antes una nota para hacer pública la prohibición. Bien escueta. Sin dar muchos detalles. Mientras menos explicaciones, mejor. (Al de rayas) Valdés Malo, busca al abogado del ministerio para que empiece a redactar una resolución que disuelva a ese maldito grupo de teatro y cancele la posibilidad de que ese "agente nocivo" siga dirigiendo en este país. Yo le informo al ministro. No pierdan tiempo. Tenemos que actuar rápido. El enemigo acecha y está aquí. Entre nosotros. Por todos lados. Y hay que atacar.

Salen rápido y la dejan sola. Ella se acerca al proscenio con cara de triunfo. Suena una música con tintes heroicos que es detenida, abruptamente, por el insolente timbre de un móvil. Ella responde.

Presidenta: Dime, mi vida (pausa). No, no, todo bien (otra pausa). Ni una palabra. ¿Qué iba a decir? ¡Esta vez acabamos con él! (Cambia el tono, que suena a más desesperado) ¿Tienes alguna noticia de lo de Telesur?

Entonces su rostro se inunda de una profunda frustración. Va hacia la puerta y grita.

Presidenta: Raisa, ¿dónde está el té, por favor? Lo quiero para ayer mismo.

Se deja caer abatida sobre el butacón en lo que cae el telón. Aplausos sin mucha emoción. Son los personajes de siempre. La infinita y constante comedia. Así se hace teatro hoy en Cuba.

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