Escuela de instructores de arte, una trampa para ingenuos

Óscar y Odalis han encontrado en el 'body art' su medio de expresión ideal. (14ymedio)
Óscar y Odalis han encontrado en el 'body art' su medio de expresión ideal. (14ymedio)

A principios de este siglo y como parte de la Batalla de Ideas, surgieron a lo largo de toda la Isla nuevas escuelas para formar instructores de arte. La iniciativa fue impulsada por el propio Fidel Castro y, en un principio, ilusionó a muchos jóvenes con talento para la creación artística, hasta que se dieron cuenta de que habían sido víctimas de una trampa presentada en tonos dorados.

Durante cuatro años, los estudiantes recibieron clases en las especialidades de artes plásticas, música, danza y teatro. Sin embargo, tras salir del recinto docente chocaron con la dura realidad de un salario pobre, un agobiante plan de trabajo, el rechazo del Fondo Cubano de Bienes Culturales a comercializar sus obras y un servicio social de ocho largos años.

Es el caso de Óscar y Odalis, que estudiaron en una de esas escuelas, el actual Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Pedagógicas Nicolás Guillén, en Camagüey. Hoy se dedican a grabar en la piel de sus clientes los más exigentes diseños del tatuaje moderno.

Pregunta. ¿Qué los motivó a entrar a esta escuela de instructores de arte?

Óscar. Pensábamos que estábamos entrando a una escuela de arte, y eso fue lo que nos dijeron, quizás para seducirnos. La prueba de aptitud exigía tener talento artístico, pero no para el magisterio. Éramos muy jóvenes y no sabíamos, porque se nos explicó superficialmente lo que iba a ser eso. Después lo vi como un engaño, al igual que todos mis compañeros de la escuela.

Tras salir del recinto docente chocaron con la dura realidad de un salario pobre, un agobiante plan de trabajo, el rechazo del Fondo Cubano de Bienes Culturales a comercializar sus obras

P. Los costos para habilitar la escuela como una academia artística fueron altos. ¿Estaba lista cuando entró el primer grupo de alumnos a sus aulas?

Óscar. Participamos en la reconstrucción de la escuela y de su habilitación para la enseñanza artística. No teníamos local para las clases y las dábamos en los pasillos o debajo de las árboles, y debíamos hacer trabajos voluntarios para recoger escombros y ayudar en todo. Ahora esa misma escuela se ha convertido en un pedagógico y se está deteriorando sin darle un mejor uso. Realmente es muy triste.

Odalis. Sí, es triste que las construcciones que se le agregaron no se exploten porque podría dárseles un mejor empleo poniéndolas al servicio de la enseñanza artística para las que fueron preparadas. Sobre todo en esta provincia, donde las escuelas de arte no cuentan con esas condiciones.

P. ¿Cuál fue la reacción de los estudiantes cuándo se graduó el primer grupo y comprendieron que no podrían seguir estudios universitarios?

Óscar. Tuvimos confrontaciones con la dirección de la escuela porque nos dijeron que íbamos a salir siendo artistas profesionales y nos mintieron. Nos impusieron un servicio social de ocho años que nos impedía entrar a la universidad en el curso regular diurno. Me habían dicho que podía continuar en periodismo, pero una vez que nos graduamos solo nos dieron derecho a un curso para trabajadores en las carreras de humanidades que se estudian en la universidad de Camagüey, o sea, muy pocas.

Odalis. Nos prohibieron que optáramos por la superación del 12 grado, porque al ser instructores de arte no nos estaba permitido. Ambos programas, el de concluir la enseñanza media superior y hacerse instructor de arte eran parte de la Batalla de Ideas, por lo que si se desertaba de uno no se podía entrar a otro.

Protestamos, pero apenas logramos que nos rebajaran el servicio social a cinco años y solo para las primeras dos graduaciones

Óscar. Protestamos, pero apenas logramos que nos rebajaran el servicio social a cinco años y solo para las primeras dos graduaciones.

P. Sin embargo, han terminado encontrando una profesión que mezcla el talento artístico con la autonomía laboral...

Odalis. No me siento frustrada profesionalmente porque he logrado hacer lo que me gusta. Entre mis amistades de la escuela todos han tenido que cambiar de profesión para ganarse la vida. El promedio de instructores que han desertado debe ser muy alto. Hay joyeros, gente que vende frituras, gastronómicos, custodios... estamos en todas las esferas de trabajo.

Óscar. Más allá de la censura bajo la que estamos quienes practicamos esta técnica del body art, he hallado en este trabajo un medio de expresión. Me ha servido mucho la preparación académica que recibí en la escuela de instructores de arte y la he incorporado a los tatuajes. Así que no fue del todo una pérdida de tiempo.

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