Padura, el hereje

La portada de 'Herejes', de Leonardo Padura. (14ymedio)
La portada de 'Herejes', de Leonardo Padura. (14ymedio)

Mario Conde vuelve a las andadas en la última novela de Leonardo Padura, Herejes. Mas ni es el mismo hombre, ni tampoco la Cuba en que se mueve tiene mucho que ver con la de 1989, año en que se desarrolla la tetralogía policial en la cual este singular detective cubano viera la luz. Si en aquellas novelas la podredumbre de la sociedad cubana había que ir a buscarla bajo la cuidada apariencia de una sociedad modelo, ahora ha explotado en la superficie y cubre al país entero.

Conde ya no es una especie de Doctor Watson, ahora habla en términos crudos de la relación de la policía con los jóvenes: "Nosotros tratamos de no meternos con ninguno de ellos mientras ellos se dediquen a tomar ron, poner música, mearse en la calle, cagarse en los portales de las casas de la zona, templarse unos a los otros en cualquier oscuridad". Todo un giro de 180 grados, constata el expolicía, que recuerda entonces como en su ya remota adolescencia las fuerzas del orden se llevaban preso a cualquiera solo por andar en bermudas.

El cincuentón detective debe enfrentar ahora una Habana muy distinta, poblada de dirigentes retirados que viven de vender las joyas de sus familias y de sacarle hasta el último centavo a las propiedades que se agenciaron cuando se produjo el gran éxodo de las clases altas y medias de la sociedad cubana a principios de los años 70; de funcionarios gubernamentales herederos de viejas malas costumbres republicanas o, incluso, de algunos herederos de sangre del funcionariado republicano. Y están también los "cuadros" que ya no roban solo en una Cuba donde poco va quedando que robar finalmente, sino en cualquier país "hermano" donde la "Revolución" vaya a "brindar su brazo solidario".

Herejes, no obstante, es algo más, o al menos eso pretende. No es otra novela de las tantas dadas a constatar la implosión del sueño utópico del hombre nuevo, a narrar ruinas y desalientos. Padura se atreve a reflexionar sobre la libertad humana.

No es otra novela de las tantas dadas a constatar la implosión del sueño utópico del hombre nuevo, a narrar ruinas y desalientos

La trama se teje alrededor de una tela de Rembrandt, el retrato de un judío joven ,que perteneció desde el siglo XVII a la familia Kaminsky. Se pierde la pista de esta pintura cuando los miembros de dicha familia quedan atrapados en el Saint Louis, el barco cargado de judíos alemanes a los que los gobiernos cubano y americano se negaron a recibir. Los Kaminsky intentan usarla para sobornar a algún funcionario de inmigración cubano que les facilitase el desembarque. La obra reaparece muchos años después en una casa londinense de subastas, proveniente al parecer de la misma Cuba donde pudo haber quedado desde 1939.

Es el enigma que Mario Conde deberá desentrañar, no Padura. Porque, como hemos dicho, él anda detrás de algo más trascendente.

Tres son los personajes que dominan las tres partes en que se divide este libro: Daniel Kaminsky, Elías Montalvo y Judith Torres. Tres maneras diferentes de enfrentarse al eterno dilema entre la libertad o la sumisión. Daniel, el que es capaz de romper o adaptarse a conveniencia porque sus aspiraciones en la vida no son otras que las de hacer una familia y defenderla a capa y espada. Elías, el joven judío que se atreve a ir contra las leyes de su religión, y sobre todo contra los estereotipos de su comunidad, porque persigue el poder creador del verdadero arte. Judith, la joven brillante, que busca desesperadamente escapar no solo de una sociedad sofocante, sino aun de su cuerpo.

Herejes es en sí un canto a la libertad humana. Pero no a la manera romántica. No hay en esta novela el habitual grito de protesta del intelectual quien considera que, por haberse atrevido a ser libre, todos a su alrededor debemos reírle la gracia y a continuación colocarlo en la cúspide de la jerarquía social. Para Padura es evidente que la libertad, además de responsabilidades, implica cargas. Las cuales no todos estamos dispuestos a asumir y mucho menos capacitados para soportar. Y siempre será así, por cierto.

Solo por esta herética reinterpretación de la libertad, al menos en nuestra literatura nacional, Herejes debería tener asegurado un lugar preeminente.

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