¿Libres o esclavos?

Escena de 'Los emigrados', de Slawomir Mrozek, dirigida por Sahily Moreda. (14ymedio)
Escena de 'Los emigrados', de Slawomir Mrozek, dirigida por Sahily Moreda. (14ymedio)

La obra Los Emigrados (1975), del polaco Slawomir Mrozek ha sido llevada a escena por Sahily Moreda y su compañía del Cuartel en la sala El Sótano. Esta historia de desgarramiento, desarraigo y exilio, tendrá las últimas funciones de su reposición durante este fin de semana y acercará al público a la historia de dos personajes atrapados por las circunstancias de la emigración.

Uno de ellos huye por razones políticas, mientras que el otro escapa de la miseria. El primero cree en el valor de poder pensar y hablar libremente, aunque el segundo quiere hacer dinero para regresar con su familia. Dos visiones del mundo coexisten en un sótano, pero del que no se especifica país, ni ciudad.

Empujados por la supervivencia, cada personaje saca su lado más primitivo y en los momentos en que el ambiente se torna más sórdido que lúgubre, la pieza teatral evoca a la obra Dos Perdidos en una Noche Sucia (1966) del brasileño Plínio Marcos.

Puesto que Los Emigrados se presenta en un escenario cubano, para el público la asociación es inmediata: Dos cubanos emigrados en un país del primer mundo. Así terminan fundiéndose dos realidades, debido también a las similitudes históricas que nos unen a Polonia.

La ausencia de diseño escénico, no obstante, debilitó esta visión. Por ejemplo, se utilizaron objetos y muebles criollos que se encuentran en cualquier casa o cocina cubana. Otro aspecto a señalar fueron las bruscas y casi mecánicas transiciones de luz, que quedan en muchos momentos divorciadas del ritmo de la puesta.

Sin embargo, el minimalismo, así como el uso del espacio y de cada uno de los elementos, demuestran que no falta rigor. Moreda, además de caracterizarse por su exhaustiva selección de textos, se defiende de manera inteligente, descansando las carencias materiales en la calidad de sus intérpretes, quienes logran momentos especialmente emotivos.

Para los espectadores no resulta difícil entrar en la atmósfera del sótano donde transcurre la historia que narra la obra. Una coincidencia entre el espacio real y el espacio teatral, donde el olor a humedad y el polvo de la sala esta vez favorecieron a la ficción.

Los personajes son de orígenes distintos y de haber permanecido en su país natal, probablemente sus caminos jamás se habrían cruzado. Este es uno de los conflictos de la obra, que aborda también los procesos sicológicos por los que transita un emigrante y que van desde la relación más distendida entre ellos, hasta las circunstancias más extremas.

El intelectual proclama que vive en el post socialismo, ahora puede decir y expresar lo que siente. Experimenta la libertad, pero ha perdido el conflicto como motor impulsor para la creación y sus verdades deben ser dichas en el lugar donde se engendraron. Por otra parte, el empleado de la construcción, su roommate, es su objeto de análisis y necesita de él para sobrellevar el desarraigo.  

El objeto y el sujeto se vuelven uno. El intelectual lo llama esclavo y lo reta a decir lo que piensa, sin miedo. Confronta al obrero con su verdad: La pérdida del sentido del viaje. Con ella se adentra en una verdad más profunda que lo lleva hasta el cuestionamiento de su propia existencia.

La veracidad en sus personajes, precisión en los movimientos y también una buena dicción, muchas veces ausente en la escena actual cubana, caracterizan las excelentes actuaciones de Daniel Robles. El joven actor despunta de manera descollante junto a Walfrido Serrano, más experimentado y con actuaciones memorables en Teatro El Público. Aunque este último, tiene algunos momentos de excesiva teatralidad en el decir y habría que revisar su risa que en ocasiones empaña su naturalidad.

Los Emigrados, llega al escenario cubano y más allá de la Historia versus individuo, Mrozek socava en el aspecto humano. La obra se erige como una reflexión sobre la libertad y la imposibilidad de pensar por nosotros mismos. Nos lleva a concluir que aceptar nuestra verdad sin distorsionarla, es lo que nos hace vivir realmente el presente e influir de manera positiva en el futuro. Nos deja una pregunta individual, ¿somos libres o somos esclavos?

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