París redescubre al gran artista cubano Wifredo Lam con una retrospectiva

'Le Repos du modèle [Nu]', de Wilfredo Lam, de 1938.
'Le Repos du modèle [Nu]', de Wilfredo Lam, de 1938.

(EFE).- París redescubre a partir de este miércoles una figura esencial del arte moderno, el cubano Wifredo Lam (1902-1982), objeto de una retrospectiva en el Centro Pompidou que viajará al Reina Sofía de Madrid en abril de 2016 y después a Londres.

Alrededor de 400 piezas, entre ellas 60 óleos, dibujos monumentales, cerámicas, fotografías, revistas, libros de arte ilustrados, cartas manuscritas, collages y documentos, reunidos ante el público por primera vez, integran esta exhibición que podrá verse en la sexta planta de la institución hasta el 15 de febrero.

En París, donde el autor de La Jungla vivió momentos claves de su vida, esta es la mayor muestra en su honor desde 1983, cuando el Museo de Arte Moderno de la Villa organizó su primera retrospectiva póstuma, un año después de su muerte y del Homenaje a Wifredo Lam del Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Madrid.

El Pompidou propone ahora un recorrido cronológico y geográfico centrado entre los años 30 y 70 del siglo XX para revelar la rica y extrema complejidad de Lam, más allá de los clichés de pintor afrocubano, mestizo, surrealista o alumno de Picasso, algo "que nunca fue", precisa a Efe la comisaria, Catherine David.

Lam, que conoció al genial malagueño en su primera estancia en París, al término de la Guerra Civil española, tras luchar por la República en las Brigadas Internacionales, "miró su obra", claro, como todos sus contemporáneos, pero "miró más a Matisse, es algo que salta a la vista", subraya David.

Gran amigo también del surrealista André Breton, con quien huyó de la Ocupación alemana en 1941 en el mismo barco con destino a las Américas que decenas de artistas e intelectuales franceses, Lam no cesó de pintar "el malestar de la civilización".

Protagonizada por extrañas figuras "sincretistas" -que "no monstruos", según David-, su obra tiene estilo propio, como corresponde a un creador independiente, pero siempre en contacto con las vanguardias de su tiempo, también literarias, con Aimé Cesaire y Alejo Carpentier entre sus amistades más cercanas.

"Fue un solitario acompañado", resumió David al presentar la muestra, de acuerdo con otro de los mayores expertos en la obra de Lam, su hijo Eskil, dedicado por entero a ella y sus archivos.

En ausencia de piezas procedentes de Cuba que podrán verse en Madrid, donde se enfocará en particular el período español y marsellés, París evoca muy sucintamente las primeras décadas de la vida de Lam, su precoz interés por el dibujo y su estudios en La Habana, a partir de 1918.

Una vitrina acristalada con fotos de esos años muestra en primer lugar tres pequeños retratos: de su padre, Lam-Yam, nacido en Cantón (China), comerciante y escribano público; de Ana Serafina Castilla, su madre hispanocongoleña, y de su abuela y madrina Mantonica Wilson, famosa practicante de la religión lucumi afrocubana.

Un cuadro sobre la Guerra Civil española y la primera ampliación mural de toda una serie de retratos en blanco y negro de Lam que salpicarán la exposición presiden ese primer espacio centrado en la estancia en España del artista, de 1923 a 1938.

Frente al clasicismo de su Autorretrato de 1926, su Campesino o su Campesina castellana, es palpable ya cómo el contacto con los grandes maestros del Prado, de Goya a Velázquez, comienza a liberarle de las lecciones académicas madrileñas y cubanas.

La revelación de su estilo se perfila entre París y Marsella, de 1938 a 1941, reflejo de la influencia del cubismo tardío, pero también del arte africano, cicládico y del Egipto antiguo. Un periodo de intensa actividad en el que conoció a su amigo, admirador y protector Picasso, pero también a Braque, Miró, Domínguez o Léger.

El nazismo le empujó a dejar París y a establecerse en Cuba hasta el golpe de Estado de Batista de 1952, que le llevó a retornar a París en su tercer exilio hasta 1961 y a viajar y exponer a menudo.

Sus viajes por el mundo y sus estancias cada vez más largas y frecuentes en Albissola (Italia), donde ya nunca dejaría de crear cerámicas, tan personales como sus cuadros, conforman la última parte de la exposición: París y Albissola, 1962-1982.

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