Sinfonía en plural

La música de concierto forma parte de la diversidad y riqueza de la cultura cubana más allá de los estereotipos que se exportan 

Fachada del Teatro Auditorum Amadeo Roldán. (14ymedio)
Fachada del Teatro Auditorum Amadeo Roldán. (14ymedio)

Cuba es la isla de la música. Nuestra nación exhibe orgullosa una amalgama de manifestaciones músico-danzarias portadoras y hacedoras de lo cubano. Son, bolero, rumba, timba... eróticos bailes que acompañan al estereotipo turístico que se exporta. La música cubana, sin embargo, es mucho más rica y diversa.

En su pluralidad de expresiones, resalta una esfera creativa que, desde que comenzó a fraguarse nuestra identidad, nos identifica como pueblo: la música de concierto.

Un viaje en la máquina del tiempo sonoro nos remontaría al Santiago de Cuba de finales del siglo XVIII donde las misas y villancicos compuestos por Esteban Salas preludiaban las creaciones decimonónicas. Más tarde, las pequeñas joyas pianísticas de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes abrían una senda de criollismo que el tiempo no ha podido desvanecer. Ya en el siglo XX, los nombres de Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán se alzaron como paradigmas de la escuela cubana de composición.

En cuanto a nuestros intépretes, baste recordar dos grandes nombres. Europa llamó "el Paganini negro" a Claudio José Domingo Brindis de Salas, quien interpretó con depurada técnica y particular sensibilidad autóctona lo más representativo del repertorio universal para violín. Jorge Bolet cautivó los públicos más exigentes con su virtuosismo pianístico y está considerado entre los más célebres del mundo.

Múltiples instituciones abonaron la cultura del pensar y crear, entre ellas las llamadas sociedades: Pro Arte Musical, Amigos del país, Nuestro tiempo. A ello se sumaba una red de conservatorios privados por toda la isla, bandas de concierto y un sistema de enseñanza de la música en las escuelas públicas normalizado por el Ministerio de Educación.

La primera mitad del siglo XX fue un hervidero artístico que arrojó resultados de gran valor. En 1922, Gonzalo Roig funda la Orquesta Sinfónica de La Habana. Dos años más tarde, bajo la dirección del músico español Pedro Sanjuán, nace la Orquesta Filarmónica de La Habana la cual mantuvo una programación estable de conciertos hasta 1958. Durante sus treinta y cuatro años de vida actuaron con la Filarmónica los directores e intérpretes más célebres del mundo.

Durante sus treinta y cuatro años de vida, actuaron con la Filarmónica los directores e intérpretes más célebres del mundo

Heredera de esta tradición, en el año 1959 fue fundada la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba. El 11 de noviembre de 1960 ofreció su primer concierto en el Teatro Auditorium Amadeo Roldán bajo la dirección de Enrique González Mántici. La década del 70 fue prolífica para esta institución. La enseñanza de la música se había sistematizado a través de las escuelas de arte y de sus aulas brotaron excelentes intérpretes.

Sin embargo, la intención gubernamental de crear un "hombre nuevo" exigía también de nuevos derroteros musicales. Los repertorios privilegiaban las músicas de vanguardia para romper con el pasado. Nuestra tradición quedaba asociada de manera reduccionista con la sociedad burguesa y lo que provenía de las clases acaudaladas tenía que ser borrado.

Las llamadas músicas de vanguardia, no obstante, demostraron cierta incapacidad de comunicación con el público. El intrincado lenguaje técnico y las asperezas sonoras limitaban la relevancia social de estas creaciones. Los años sucesivos vieron diversificar los repertorios y las temporadas de concierto con programaciones estables y visitas de intérpretes y directores provenientes del llamado "campo socialista" que consiguieron mayor asiduidad en el público incluso en los terribles años de la década de los noventa.

La situación actual es otra. Si bien en el año 2012 nuestra Orquesta Sinfónica Nacional visitó Rusia y Estados Unidos, circuitos de primer nivel en el ámbito sinfónico, esto fue apenas un vano aliento que no condujo a recuperar el espacio ganado en casi un siglo de buen arte.

Los repertorios privilegiaban las músicas de vanguardia para romper con el pasado

La Orquesta Sinfónica Nacional parece sumida en el letargo. Las temporadas se perdieron, no existen buenas estrategias de programación y promoción, ni una prensa especializada que contribuya a fomentar su desarrollo. Tampoco cuentan con su habitual sede pues el Teatro Auditorium Amadeo Roldán está en peligro de derrumbe.

El arte no solo refleja la realidad, también la construye. Y nuestra realidad evidencia incertidumbre y carencia de asideros. La tarea de construir es casi una utopía. Los músicos no están motivados y, en el pueblo, la espiritualidad ha quedado aplastada por la dura cotidianidad.

Este momento nos invita a reflexionar acerca de nuestra realidad cultural. Se exige a través de los medios "rescatar valores" como la educación formal y la disciplina social. Las políticas culturales, sin embargo, privilegian manifestaciones que incitan a la barbarie y a la negación del intelecto. Pensar y ser espiritual tal vez sea peligroso.

Pero no creo que sea tarde. Revisitar nuestra historia puede ser útil. Volver sobre el pasado para afianzarnos en lo que somos y debemos ser. Esa pluralidad en la sinfonía de lo cubano.

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