Los diseñadores se movilizan contra el mal gusto

El Submarino Amarillo. (Silvia Corbelle)
El Submarino Amarillo. (Silvia Corbelle)

La propuesta de algunos expertos cubanos del diseño de crear "una política nacional" del sector ha abierto un amplio debate en el gremio. La iniciativa, según los participantes del Congreso Internacional de Diseño de La Habana FORMA 2015, concluido la pasada semana, apunta a lograr una mayor calidad estética en los productos y los espacios públicos. Sin embargo, hay quien cree que este objetivo no puede alcanzarse a través de una medida coercitiva.

Para Glenda, una costurera que quiso estudiar diseño de vestuario pero no logró alcanzar la carrera, "la aplicación de esa normativa contradice el derecho de cada cual a tener eso que los especialistas llaman mal gusto". Un exprofesor del Instituto de Diseño Industrial (ISDI), que pidió el anonimato, también critica cualquier molde rígido en cuanto a formas, pero por razones diferentes, pues cree que "cualquier ley coercitiva está mal porque la prohibición no llega nunca a buen puerto". Y agrega: "Eso lo sabemos por amargas experiencias".

El antiguo docente, que actualmente tiene su propio grupo independiente de diseño, piensa que la solución a los graves problemas estéticos que recorren la sociedad cubana pasaría por "promover la cultura del buen diseño a través de programas de televisión, con sentido de orientación, y que se cree así una referencia". Según el especialista, ya se ven algunas propuestas de este tipo. "Creo que es una buena manera de acercar el buen gusto a la gente", destaca.

El intrusismo profesional es uno de los temas que provoca más discusión. Hace algunos años, un joven ganador de varios concursos nacionales de diseño se quejaba ante colegas y amigos de que "cualquiera en Cuba toma un bolígrafo y un papel para hacer un cartel y colocarlo en un área pública". De frustración en frustración, el talentoso profesional terminó emigrando a Europa.

Con ese criterio coincide el exprofesor del ISDI, institución que acaba de cumplir 30 años y en la que se han graduado 1.800 profesionales. El antiguo docente reafirma que el primer promotor del mal gusto es el Estado. "Uno va a buscar objetos con un buen diseño y lo que abunda es el dorado y la bisutería", refiere el diseñador, para quien hace mucho tiempo "las cosas más interesantes se están sucediendo en el sector no estatal, incluyendo las empresas mixtas en el ámbito hotelero".

Según un antiguo docente, el primer promotor del mal gusto es el Estado

La masificación, que intentó acabar con la individualidad y las diferencias sociales entre los años sesenta y hasta finales de los ochenta, llegó también a la decoración de muchos lugares públicos. Todos acabaron luciendo el mismo tipo de mesas, idénticos cubiertos y un mural del sindicato colgado en pleno salón donde se sentaban los comensales. Los sitios bien ambientados, engalanados o con atmósfera propia, fueron vistos como expresión de una debilidad pequeño burguesa. Los restaurantes comenzaron a parecerse unos a otros, no solo en la manera de preparar los alimentos, sino también en la ornamentación de sus espacios interiores.

A la par, los propios clientes se vestían casi todos iguales, debido a que el mercado racionado de productos industriales no dejaba mucho espacio a la diferenciación. Fueron años difíciles para los diseñadores, pero a mediados de los noventa, con la autorización a ejercer el trabajo privado, algo empezó a renacer.

"Ahora hay una abundante inclinación a los motivos que aluden a la nostalgia y las cosas viejas", explica El Chino, un decorador especializado en restaurantes privados. "Ese es el caso, en La Habana, de El Madrigal o el Café Fortuna, pero no veo algo así como una línea que me deje identificar un denominador común en lo que quieren lograr estéticamente los propietarios de estos lugares", explica.

"Algunas ambientaciones se centran en entornos modernos donde abundan las luces led, aunque desde el punto de vista de identidad hay temáticas bastante diferentes. Ahora mismo sí hay lugares bien diseñados, proyectados y pensados con buen gusto, con una intención estética", detalla El Chino mientras muestra en la pantalla de su laptop un restaurante para el que está desarrollando una propuesta estética.

El joven asegura que "hoy en día hay mucho interés en la ambientación con motivos marineros" que usa "tonos azules y blancos, con nudos y sogas, como el restaurante Río Mar de Miramar". Agrega que otra tendencia que se ve bastante es el acrílico con neones tipo discoteca, como en Las chucherías o el 3D café, en el Vedado.

Todavía no está permitida legalmente la formación de grupos de diseñadores que trabajen de manera independiente al Estado. Los que se atreven a hacerlo deben apelar a varios trucos para cobrar por su trabajo. No obstante, soplan buenos aires para el negocio. El Chino considera que hay más trabajo, "aunque no todo lo que uno quisiera, pero es mejor que antes porque los clientes se dejan guiar, son personas que han viajado y tienen una referencia".

El diseñador El Chino considera que hay más trabajo, “aunque no todo lo que uno quisiera"

Algunos lugares estatales también han logrado salir del marasmo estético, como El Submarino Amarillo o el Barbaram Pepito's Bar, donde un equipo de jóvenes diseñadores se encargó de marcar la diferencia. El primero está ambientado con imágenes relacionadas con The Beatles y el segundo se inspira en la estética del filme cubano de animación Vampiros en La Habana.

Pero aún son pocos ejemplos en un mar de infortunios visuales. Las emblemáticas puertas del cine Yara, de grueso y vistoso cristal, han sido reemplazadas por otras de fría marquetería de aluminio, como en cualquier oficina. Mientras el emblemático restaurante El Mandarín, que una vez transportaba a sus clientes a China con una ambientación de luz tenue, abanicos y el rojo de sus cortinas, hoy no pasa de ser una impersonal cafetería con las ventanas abiertas, a falta de aire acondicionado.

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