La literatura como refugio ante el dolor y las palabras muertas

La obra de Lidia Chukóvskaya no pudo escapar a la incertidumbre de no saber qué fue de su marido, arrestado durante las purgas estalinistas

Chukóvskaya de pequeña junto a su padre, Kornéi Chukovski. (CC)
Chukóvskaya de pequeña junto a su padre, Kornéi Chukovski. (CC)

La vida de la escritora soviética Lidia Chukóvskaya giró en torno a una pregunta a partir de 1937: ¿cuál fue el destino de su marido, un reputado físico, tras haber sido arrestado ese año en el momento más cruel de las purgas estalinistas? Fruto del dolor que le causó ese interrogante y que tardó mucho tiempo en resolver escribió dos novelas, Sofia Petrovna, Una Ciudadana Ejemplar e Inmersión, un sendero en la nieve.

En ambas obras, publicadas por primera vez en español en 2014 y 2017 por Errata Naturae, es fácil adivinar el carácter marcadamente autobiográfico de las historias contadas por Chukóvskaya. Al igual que ella, las protagonistas de ambas novelas jamás volvieron a ver a quienes más amaban tras las detenciones masivas que entre 1936 y 1938 tuvieron lugar en la Unión Soviética, y que, según expone el historiador James Harris en su reciente ensayo El gran miedo, supusieron la ejecución de unas 750.000 personas por motivos políticos.

La protagonista de Inmersión -escrita entre 1949 y 1957- es Nina Sergeievna, una traductora y escritora que supuestamente está gozando de un privilegiado descanso en una dacha a las afueras de Moscú junto a otros colegas. Pero en lugar de disfrutar de unas vacaciones promocionadas por la Unión de Escritores (el organismo encargado de controlar ideológicamente la creación literaria de los autores), Nina pasa esos días de febrero de 1949 trabajando en sus traducciones y buscando en la soledad de los bosques nevados posibles respuestas a la desaparición de su marido.

Al igual que ella, las protagonistas de ambas novelas jamás volvieron a ver a quienes más amaban tras las detenciones masivas que entre 1936 y 1938 tuvieron lugar en la Unión Soviética

"¿Cómo fue su último instante? ¿Cómo lo hicieron pasar de la vida a la muerte? Ya ni siquiera me pregunto por qué. Solo pregunto: ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?", reflexiona la protagonista en una de esas inmersiones en sus recuerdos. Pese a que su marido había sido condenado a "diez años en un campo penitenciario sin derecho a correspondencia y confiscación de bienes" ella ya hacía tiempo que lo daba por muerto.

Tal vez por eso, cuando Nina descubre la verdad sobre el destino de su esposo, no hay lugar para un dolor desatado, sino una aceptación estoica. Bilibin, un escritor que aprovecha su descanso para escribir una novela por encargo que sea fiel a los valores soviéticos, se convertirá en la persona más importante para la protagonista durante esos días en las afueras, porque para ella, ante todo, él es uno de los escasos mensajeros venidos "de allí", de los campos de trabajo.

Bilibin había dejado en el gulag la tumba de su mejor amigo, y a consecuencia de los trabajos forzados se trajo un corazón gravemente enfermo y un profundo conocimiento del sistema penitenciario. Nunca oyó hablar de campos donde estuvieran recluidos los condenados "sin derecho a correspondencia". Era solo un eufemismo que se decía a los familiares de los presos que habían sido ejecutados poco después de su arresto.

"¿No llora?", le pregunta Bilibin a Nina tras haber aventurado la muerte de su marido. "No. Si usted... y otras personas... pudieron soportarlo, sería inoportuno por mi parte echarme a llorar", responde ella, ante lo que es el ejemplo más claro del estilo narrativo de Chukóvskaya, en el que las emociones más profundas no se desbordan en un torrente sino que quedan encapsuladas por las palabras más contenidas.

En sus trabajos, la escritora rusa no supo o quiso desprenderse de la pátina realista que imperó en la creación artística durante buena parte del periodo soviético. Aunque, paradójicamente, Chukóvskaya se acercó más a la realidad al hablar de un tema que el resto de la literatura soviética, claramente propagandística, jamás tocó.

"¿No llora?", le pregunta Bilibin a Nina tras haber aventurado la muerte de su marido. "No. Si usted... y otras personas... pudieron soportarlo, sería inoportuno por mi parte echarme a llorar"

Pero en Inmersión el apego a la realidad que la autora refleja en la historia se contrapone con un deseo de trascender la literalidad y elevar el espíritu a través de la poesía. Cansada de vivir en una sociedad de palabras huecas y vacías, el trabajo del poeta se convierte, para Nina, en uno de sus mayores refugios de libertad.

"Como siempre, la lectura de los periódicos no me aportó nada útil. Era curioso, me esforzaba en leerlos sin sacar nada de provecho. Podía hojearlos, eso sí, pero enterarme de algo, nunca. Las letras se combinaban en palabras, las palabras en renglones, los renglones en párrafos, los párrafos en artículos; pero nada se transformaba en ideas en sentimientos, en imágenes", piensa una hastiada Nina de la prensa oficial.

Chukóvskaya, que en su infancia era arropada en largos paseos por el bosque con versos y cuentos que le recitaba su padre -el escritor de literatura infantil Kornéi Chukovski-, quiso que en Nina también viviese la poesía de autores tan importantes para las letras rusas como Pushkin, Nekrásov o Aleksandr Blok.

"Nada como la impotencia de la traducción revela mejor que los versos no solo se construyen con palabras, ideas, pies métricos e imágenes, sino también con el tiempo que hace, el estado de ánimo, el silencio, la separación...", reflexiona la protagonista de Inmersión al traducir los versos de un compañero de vacaciones, un anciano poeta judío que vive con el miedo del antisemitismo que desataban las purgas.

La abnegada madre acabará perdiendo la cabeza al no ver la diferencia entre la propaganda estatal en la que cree y la injusticia del arresto y asesinato de su hijo

Inmersión es una novela de temática muy similar a Sofía Petrovna, escrita poco después de la desaparición y asesinato del marido de Chukóvskaya como un primer ejercicio para exorcirzar el dolor y alzar su voz aunque no hubiese nadie para escucharla. Pero es más interesante observar las diferencias entre los personajes en su manera de abordar la vida.

En Sofía Petrovna no es una esposa rebelde y consciente de las mentiras de Estado quien pierde a su marido en las purgas, sino una madre contenta y satisfecha con el modelo soviético quien ve cómo es arrestado su hijo, un ingeniero con una prometedora carrera por delante. La abnegada madre, que hace colas eternas para preguntar por él en todas las cárceles y escribe cuantas solicitudes hagan falta, acabará perdiendo la cabeza al no ver la diferencia entre la propaganda estatal en la que cree y la injusticia del arresto y asesinato de su hijo inocente.

"Si Sofía Petrovna simboliza el fracaso de la imaginación y de la resistencia individual, Nina Sergeievna, la protagonista de Inmersión, un personaje mucho más próximo a la autora que el primero, sí es capaz, en cambio, de comprender el uso genuino de las palabras y confía en la escritura como trinchera defensiva ante el uso depravado del lenguaje", escriben Marta Rebón (la traductora) y Ferrán Mateo en el postfacio.

Durante toda su vida, Chukóvskaya fue consciente de que la manera en que hablaba y escribía condicionaba su manera de ver la realidad y el lenguaje poético fue su mejor escudo contra la retórica que impregnaba la vida política y social en la URSS.

Durante toda su vida, Chukóvskaya fue consciente de que la manera en que hablaba y escribía condicionaba su manera de ver la realidad y el lenguaje poético fue su mejor escudo contra la retórica que impregnaba la vida política y social en la URSS

Al igual que Nina ella también fue una persona profundamente empática que finalmente no pudo mantenerse callada de la misma manera que su literatura había sido silenciada. Acabó siendo expulsada de la Unión de Escritores en 1974 por su defensa pública de autores como Andréi Sájarov, Aleksandr Solzhenitsin y Borís Pasternak.

Hoy, al leer la obra de Chukóvskaya, también se despierta en el lector la necesidad de defenderse de las palabras muertas mediante su propio universo literario. Pero las palabras sin vida propia a las que se refería la escritora han pasado al olvido en todos aquellos países donde los regímenes comunistas fueron sustituidos por otras formas de gobierno. Son los lectores lúcidos quienes ahora deben discernir cuál es el lenguaje inerte de su tiempo y del lugar en el que les ha tocado vivir.

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