Betania publica 'El ojo de la gaviota', del cubano Félix Anesio

Portada de El ojo de la gaviota
Portada de 'El ojo de la gaviota'

La editorial Betania acaba de publicar El ojo de la gaviota, del poeta Félix Anesio, nacido en Guantánamo (1950) y residente en Miami. "Poeta con intríngulis", en palabras de Lina de Feria (poeta y ensayista residente en Cuba), autora del prólogo, Anesio dedica este título a la memoria de su padre, del que habla en el conmovedor poema Destellos.

De Feria compara a Anesio con Gustavo Adolfo Bécquer: “A la manera sevillana esa vocación de callejuelas en círculos lo lleva a un diseño inesperado por los que sus cierres en los poemas nos resultan asombrosos”, y lo retrata de esta manera: “Permeado de lecturas sólidas e infinitas, Anesio corresponde al tipo de creador que no deja su literatura en la literatura sino que asimilado todo se coloca en las filas individuales de una ficción particular”.  

14ymedio presenta una selección de este poemario, cuya edición digital es gratuita.  



La cosecha           
                 Gaudeamus igitur...
¿Por qué no regocijarnos y cantar las mieses
de la cosecha que hemos sido inexorablemente?

¿Por qué no sentir orgullo, quién lo impide?
¿Por qué víctimas y no hacedores
de nuestras propias vidas soberanas?

Porque a pesar de los pesares —en la Isla—
nos hicimos más fuertes, estoicos, entremuros
sobrevivientes hermosos de una gesta impropia.

No hay generación que no lamente
de algún modo, no haber hecho más
de lo que pudo.

Habiendo, pues, lanzado al fuego la cizaña:
¿Por qué no celebrar la cosecha desde el canto?

*Gaudeamus igitur (Alegrémonos pues), himno universitario

Otoño en Tennessee

“Two roads diverge
in a yellow wood”
R. Frost

Imágenes de Oro y Fuego
en mi memoria.

Y el vibrante recuerdo del aroma del viento.
De un camino sinuoso en la montaña.

Del sabor a vida de la leche más pura.
De este afán de ser indio para siempre.

De contemplarlo todo
como un niño.

Y el canto del arroyuelo bajando
apresurado
entre las piedras
hacia este día de hoy
     donde solo anidan
  las ausencias.

Yace en mi mano la hoja de arce
Oro y Fuego
antiguo atesorado en las páginas
de un álbum que evoca
   estas memorias.

Sin advertir que para mí
ya no habrá
el otro otoño.

Destellos

He vuelto a ver los ojos de mi padre.
He visto una gaviota suspendida en el viento
etérea, ingrávida, como un sortilegio alado
sobre el mar donde jugamos, mi niño y yo
como nobles hijos de la espuma y el salitre.

He vuelto a ver los ojos de mi padre.

La gaviota gira en círculos concéntricos
en derredor nuestro, como si fuéramos el sol
como si fuéramos la felicidad

Mi padre me ha visto con sus ojos de tiempo
en ese efímero instante dorado de la playa
instante de salitre y espuma, ola tras ola,
inmaculado.

La gaviota me mira fijamente y piensa
    (si es que acaso las gaviotas piensan):

El hombre es feliz en la leve eternidad del instante.

He visto un destello de emoción en su pupila gualda.
Y antes que se marche hacia otro sitio me pregunto:

¿Por qué me miras
      animal
              gaviota
con los ojos tristes de mi padre?

A Dylan Thomas, mi nieto menor.

Life (1961)

Ernesto sonriente bebiendo un daiquirí.
Ernesto vestido de niña en una foto antigua.
Ernesto, cazador de espléndidos antílopes
al pie de las nieves perpetuas del Kilimanjaro.

Ernesto, el de la fiesta brava ensangrentada.
El guerrillero enamorado en la Sierra de Guadarrama.
El que cultivara, en París, una mítica rosa judía.
El viejo pescador invencible del Gulf Stream.

Ernesto, barbado y de titánica apariencia
admirador apasionado de toreros y estrellas
de tantas exóticas criaturas que hoy adornan
las paredes de su casa cubana, La Vigía.

¿Pudo La Academia percibir su peculiar naturaleza
imaginar su tiempo como el de un gigantesco iceberg:
      a la deriva siempre/        
           hacia otros mares siempre/
               rumbo a la nada siempre?

Su corazón atravesado por la espada de un pez
     (esa imagen no está en página alguna)
palpita grave en mis oídos, cada vez que doblan
las campanas de la Iglesia Mayor de mi ciudad
mientras hojeo una revista, en mi terraza, a solas.


Farewell

Si he de partir
Dejando en unos la impresión de estar loco.
Si he de partir
Dejando en otros la impresión de estar cuerdo.
Y esperar como un eterno adolescente
La justificación a este acto de mi vida
Dejando atrás ingentes memorias y recuerdos.

Y mientras tanto, Dios se ausenta y quedo sumido
En el lacerante horror del desamparo.
Qué más da, si mi destino no es otro que partir.

    Guantánamo, septiembre 2000.



Siempre el mar

      ¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
La isla en peso. Virgilio Piñera, 1942

Dejar atrás los libros de toda una vida,
las fotos y poemas en el cajón apolillado,
los recuerdos más gratos, los más duros;
el beso último y desconsolado de la madre,
la lágrima de un padre que aún desconocía el llanto.

Todas las cosas lo abandonaban de golpe:
las amables puertas del vecindario que tantas veces
 /abriera,
como si fueran propias, con la feliz insolencia de los
  /niños;
las esquinas del amor, el canto del pájaro enjaulado,
los maestros que nunca más volvería a escuchar,
la sopa de la abuela en las tardes más frías.

Habiéndose forjado un mítico universo,
hoy renunciaba a todo en busca de otra tierra
donde inventarse sueños;
y el mar, siempre el mar,
sería el único camino nunca antes transitado.

* Poema publicado en la antología Balseros, 2015.

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