Chicago lleva medias cubanas

Alexei Ramírez
Alexei Ramírez

Empiezan los fuegos artificiales, la pantalla muestra los rostros de cada jugador y sus estadísticas de esta temporada. El juego se inicia. Yo estoy sentada en una butaca, empequeñecida. No podría distinguir una bola de un  strike, pero sé que en ese terreno hay ahora mismo tres cubanos jugando el mejor béisbol que he visto en mi vida.

Son cuatro los jugadores de la Isla incluidos en esta temporada de los Medias Blancas de Chicago. En el partido contra los  Kansas City Royals, José Abreu está en primera base, a pocos metros de mi y me gustaría decirle que en Cuba es un hombre sumamente admirado. Pero mis gritos no llegan hasta él, en medio de la algarabía que provoca en el público cada jugada.

Alexei Ramírez, Dayan Viciedo, Adrián Nieto y José Abreu, son los rostros cubanos en los “patiblancos”. El único antecedente de cuatro cubanos comenzando juntos una temporada, se remonta a 1969 con los Indios de Cleveland. Los Medias Blancas son la casa de acogida de la mayor parte de jugadores cubanos que han abandonado la Isla. Nada más y nada menos que veinte jugadores del patio han hecho su  debut aquí, en las últimas cinco temporadas.

La huella de Minnie Miñoso, 88 años, los ayuda. Este habanero se convirtió a partir de 1951 en el jugador cubano insigne en los Medias Blancas. El “abuelo”, ve ahora como su simiente ha dado frutos en cuatro de sus compatriotas que se ubican en importantes posiciones del equipo. Miñoso asegura que no se pierde uno sólo de los partidos del  club.

El torpedero Alexei Ramírez ya me ha dado un abrazo. Antes de que el juego comenzara hablamos un poco de su familia, de Cuba y el futuro. Sonrió todo el tiempo, parece un hombre realizado aunque alrededor hay una temperatura que de seguro nunca conoció en nuestro país. El aire corta. Poco a poco vamos entrando en calor.   

No es el mejor día. La audiencia grita porque en el primer  inning ya hay cinco carreras de la alineación antagónica. No importa. Cuando uno ha viajado desde tan lejos para ver a personas admirables, qué afecta una mala racha. Siempre queda la esperanza de “convertir el revés en victoria”, como nos enseñaron en la adoctrinada escuela cubana.

No he podido hablar con el cañonero Abreu, porque ha tenido una lesión en el tobillo y necesitar pasar por el fisioterapeuta antes de comenzar el juego. El cienfueguero se encuentra ahora mismo a la cabeza de todos los novatos de Grandes Ligas con 19 cuadrangulares, 50 carreras producidas y 34 carreras anotadas. Sus compañeros de equipo lo consideran un hombre humilde, concentrado en su trabajo y que no provoca ningún tipo de escándalo.

Sin embargo, no es sólo la calidad profesional de estos hombres lo que impresiona. El propio estadio está, para mi, lleno de nuevas sensaciones. ¿Qué hay de diferente con el Latinoamericano de La Habana? Tantas cosas y tan pocas. La pasión similar, pero la infraestructura y la libertad a mil años de distancia. La tarde está dedicada a la música  rock and roll, así que muchos fanáticos llevan pelucas, ropa de los años setenta y hacen con las manos como si tocaran una guitarra eléctrica.

Se respira un aire de espontaneidad. No hay policías uniformados alrededor del terreno y la gran pantalla muestra cada detalle acompañado de imágenes, repeticiones de algunas jugadas y entrevistas al público. A mi lado, un hombre bebe una cerveza de un solo trago y varios niños corretean, con sus guantes de béisbol en las manos.

Me siento en casa. La noche termina en derrota, pero me noto afortunada. He visto lo que podrían llegar a ser y a disfrutar los peloteros de mi país si los absurdos burocráticos y los límites políticos no se los impidieran. Me regalan una pelota antes de marcharme del estadio. Está usada, manchada de tierra y tengo la impresión de que Abreu, Viciedo, Nieto o Ramírez la han tocado.

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