De la utopía amateur a la realidad profesional

Los hermanos cubanos Liván y Orlando 'El Duque' Hernández, quienes escaparon de la Isla y han jugado en las Grandes Ligas estadounidenses. (EFE)
Los hermanos cubanos Liván y Orlando 'El Duque' Hernández, quienes escaparon de la Isla y han jugado en las Grandes Ligas estadounidenses. (EFE)

El 55 aniversario del Instituto Nacional de Deporte y Recreación (Inder) que estos días recuerda la prensa oficial parece la ocasión perfecta para repetir la manida consigna de que "el deporte es derecho del pueblo". Esa máxima, en vez de destacar el acceso al entrenamiento atlético para cualquier individuo ha supuesto la creación y consolidación de una élite deportiva controlada por el Gobierno.

En aras de desmontar las estructuras sobre las que se había desarrollado el deporte cubano antes de 1959, el Gobierno revolucionario creó incontables escuelas y centros deportivos para producir campeones al por mayor. El béisbol no escapó de esas pretensiones y, durante décadas, los peloteros cubanos que salían de esas academias arrasaron en eventos internacionales, presentándose como amateurs cuando se prohibía la participación de profesionales.

Aquellos eran deportistas a tiempo completo, formados en unas instituciones de enseñanza técnica donde cada disciplina alcanzaba un alto nivel, aunque la instrucción general pobre. Tenían todo a su disposición para dedicarse a pulir una técnica, robustecer un músculo o mejorar un lanzamiento. De sus brazos y sus piernas dependía el prestigio de la Revolución cubana, según les hizo saber en varias ocasiones, el propio Fidel Castro.

En el imaginario del oficialismo, la pequeña Isla debía ser no solo una potencia científica, militar, cultural, sino también deportiva

En el imaginario del oficialismo, la pequeña Isla debía ser no solo una potencia científica, militar, cultural, sino también deportiva. La producción en serie de ejemplares del "hombre nuevo" debía incluir la creación de un superhumano invencible, atlético y capaz de arrasar en cualquier competencia física. Durante décadas, todo apuntaba a que esa alucinación política se había convertido en realidad.

Desde los años sesenta se comenzaron a practicar deportes que ni siquiera se conocían antes de enero de 1959 y surgieron grandes atletas en nuevas disciplinas. Se trataba de un fenómeno que ocurría a la par en otros países, incluso aquellos que el discurso oficial llamaba subdesarrollados, naciones donde no se "empleaban ingentes recursos" para mantener una industria de campeones y sin embargo surgían.

Hoy en día Cuba cuenta con una mayor cantidad de peloteros que hace medio siglo en una población que también ha crecido, pero muchos se cuestionan si realmente tienen más calidad que los de antes. La eliminación de la pelota profesional y la disolución de la Liga Cubana para instaurar las series nacionales de carácter amateur han traído diversos problemas que, en los últimos años, han quedado al desnudo.

Las carencias materiales y la depauperación moral también se han hecho sentir entre los atletas. La emigración masiva, que se extienda por toda la sociedad se refleja también sobre el terreno de los hits y los lanzamientos. Si en muchos otros ámbitos de la realidad las personas quieren huir del control gubernamental, en ningún de ellos ha sido tan visible, tan simbólico y tan elocuente como en el béisbol. La reciente escapada de los hermanos Gourriel ha sido el último capítulo de ese deseo de independencia, pero las cifras de peloteros fugados hablan por sí solas.

Al menos un centenar de jugadores de béisbol cubanos han firmado en la pelota élite del mundo, según afirma un reciente artículo de Jorge Ebro en El Nuevo Herald. Para el experto Yordano Carmona esa afluencia de nacionales en las ligas profesionales es una "verdadera prueba del talento de los cubanos, sin que importen los fracasos colectivos del equipo nacional".

Los actuales datos dejan atrás lo ocurrido en 1967 cuando Cuba, "como principal fuente de personal fuera de Estados Unidos hacia las Mayores, tuvo su mayor cantidad de representantes" y "30 peloteros jugaron al más alto nivel". Hoy, alrededor de 300 peloteros del patio esperan convertirse en agentes libres para escalar hacia las ligas mayores.

Muchos han cambiado el placer de ver ganar a los suyos vistiendo el uniforme nacional, para alegrarse al saber que escapan hacia el deporte rentado

En estos momentos, a pesar de que la Isla es el único país que "no cuenta con un acuerdo establecido con las Mayores para la contratación de talento", se ubica como "el tercer mercado emisor de peloteros, pues 18 vistieron uniformes en el Día Inaugural de la temporada pasada y al final la cifra creció a 27", detalla el artículo.

Esta situación muestra el doble talento de los cubanos, ya que ningún pelotero de otro país tiene que enfrentar tantas dificultades para alcanzar el sueño de jugar en alguno de los 30 clubes del mejor béisbol universal. Los deportistas isleños se arriesgan a escapar en azarosas aventuras marítimas o eventos y posteriormente tienen que radicarse en un tercer país y comenzar un fatigoso proceso para lograr sus anhelos.

En el artículo de Ebro se dice que, según varias fuentes, "el número de peloteros que han salido de la Isla en los últimos años estaría cercano a los 500, en medio de una estampida que no parece acabar nunca". Muchos suponen que, de seguir mejorando las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, la presencia de cubanos puede acabar con la hegemonía de República Dominicana y Venezuela en las Grandes Ligas.

Sin embargo, el efecto se percibe también en la fanaticada cubana es que muchos han cambiado el placer de ver ganar a los suyos vistiendo el uniforme nacional, para alegrarse al saber que escapan hacia el deporte rentado. Si antes se aplaudían los jonrones, ahora se llora de felicidad por las fugas y se empina el trago de ron cuando un cubano firma por un montón de millones con algún equipo del que hasta hace poco era el mayor contrincante político y beisbolero.

Al final, el deporte ha terminado siendo un "derecho del pueblo", pero de manera distinta a la que proyectaba el oficialismo. Los cubanos se sienten dueños de su preferencias deportivas y no quieren que la ideología meta las manos en sus aficiones en el terreno, ni controle el salto en su corazón cuando un pelotero de la Isla brilla en cualquier lugar, sea en un estadio nacional o a miles de kilómetros de distancia.

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