“En Cuba la izquierda se irá haciendo más plural”

El historiador y activista defiende "un socialismo democrático que no sacrifique los derechos por los bienes o los servicios"

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El historiador y activista Armando Chaguaceda en Miami. (14ymedio)

Historiador y activista, Armando Chaguaceda se define a sí mismo como defensor de "un socialismo democrático que no sacrifique los derechos por los bienes o los servicios". En Cuba, se vinculó con grupos de izquierda autónoma y en la actualidad reside en México, desde donde viajó la pasada semana a Miami para un encuentro de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana (ASCE, por sus siglas en inglés).

El "Chagua", como le dicen sus amigos, habló con 14ymedio sobre las reformas en la Isla, el proceso de negociación con Estados Unidos y el futuro de la ideología que ha defendido toda su vida.

Pregunta. ¿Hacia dónde va la izquierda en Cuba?

Respuesta. La izquierda suele definirse por privilegiar la igualdad por sobre la libertad. Sin embargo, esta es una definición muy esquemática. Para mí es necesario sostener la igualdad política y los derechos frente a todos los poderes, incluido el mercado.

En Cuba, la izquierda se irá haciendo más plural. En la actualidad hay varias izquierdas en la Isla: una más comunista y totalitaria; una anarquista, que no reconoce al Estado, lo cual es bueno en cierto sentido porque lo desmitifica, lo cuestiona. La mía es la socialdemocracia, o socialismo democrático, que no sacrifica los derechos por los bienes o los servicios; es un socialismo más humano e inclusivo.

En Cuba se rompió el pacto social de la revolución; disminuyó el gasto social en áreas importantes –como la salud o la educación– que en definitiva nunca fueron derechos, puesto que no eran reivindicables.

La oposición cubana se ha centrado mucho en el tema de los derechos humanos, que son deficitarios pero que a la gente no le importan mucho. La agenda de la izquierda, en cambio, reivindica los derechos sociales. Al menos un sector de la izquierda va en ese camino, como son los casos –por ejemplo– del Observatorio Crítico, que defiende las conquistas sociales y los derechos de los trabajadores; o Pedro Campos, que propone un socialismo democrático y participativo.

En lo personal, a mí me ayudó mucho el anarquismo en la crítica al Estado y en cuanto a entender otro tipo de militancia, porque yo vengo desde el comunismo. En mis años de anarquismo viví y sentí el rescate de la solidaridad y del afecto "desde abajo". De esa experiencia con los anarquistas y de los años que pasé como profesor de la Universidad de La Habana guardo mis mejores recuerdos

P. Los cambios que ha realizado Raúl Castro en Cuba, ¿los consideras una "traición", o por el contrario, una mejoría del "modelo socialista"?

R. No es una traición. Es una actualización, una reforma. Se construye un nuevo modelo que tiene continuidades y cambios respecto al anterior. Continúan el control político del Estado sobre la sociedad y la falta de pluralidad política; a la vez que se operan cambios en la sociedad, que es ahora más diversa, menos dependiente del Estado; pero también más desigual y pobre, mientras en la economía, el mercado asigna bienes y servicios a quienes pueden pagar.

"La oposición cubana se ha centrado mucho en el tema de los derechos humanos, que son deficitarios pero que a la gente no le importan mucho"

P. ¿Se puede ser liberal, de derechas, anexionista o burgués y tener a la vez buenas relaciones con Chaguaceda?

R. Sí. Tengo amigos y familiares de diferentes tendencias políticas, pero compartimos valores y afectos como seres humanos. Entender y defender eso en un país tan polarizado y politizado por décadas es importante.

P. ¿Reformar o derrocar?

R. ¿Si defiendo una vía violenta? En principio, no. La violencia se impone siempre desde los poderes cuando se niegan las otras vías y los derechos a las gentes. Y la mayor parte de las veces esa violencia se cobra la vida de los más pobres y carentes de poder. Otras veces, cuando la violencia triunfa como movimiento revolucionario, acaba encumbrando a los antes subversivos y establece una nueva dominación.

Pero además, por razones éticas no puedo pedir a los otros algo que yo mismo nunca hice. En mis años de vida política en Cuba, en las organizaciones oficiales, en el activismo emergente y en mis escritos como intelectual público siempre aposté por usar "el lugar, el momento y la forma correcta" (risas), de manera pacífica y apelando a las leyes y a los derechos para impulsar las causas en las que creía.

P: ¿Cómo evalúas el proceso de negociaciones entre Cuba y Estados Unidos?

R. Como algo inevitable y entendible, dado el fracaso de la agenda aislacionista y desde los legítimos intereses del gobierno de los Estados Unidos para con sus empresarios y ciudadanos. Eso no significa que el acompañamiento internacional por la democratización y el respeto a los derechos humanos en Cuba deba subordinarse a intereses geopolíticos. Creo que debe ser, ante todo, una causa ciudadana de activistas, organizaciones, movimientos y, en el caso de Cuba, debería contar con la participación de los Gobiernos de América Latina.

P: La experiencia mexicana, ¿cuánto te ha enriquecido y cambiado?

R. La experiencia mexicana me ha impactado en diversos modos. Primero, he conocido un país, una cultura y un pueblo de una riqueza inconmensurables, donde he podido desarrollar ocho años de carrera y formación académicas. Pero también me ha servido para entender que sobre la desigualdad y la violencia rampantes y cotidianas, todo andamiaje legal y constitucional de la democracia se vacía de sentido para la gente común, de abajo.

En México, además, he conocido nivel teórico y práctico la lucha de los movimientos por los derechos humanos que no capté en su debida magnitud en mis años en Cuba. Y cuando veo los casos de violaciones flagrantes de los derechos humanos desde el testimonio de las víctimas, me percato de que no hay "violaciones preferibles a otras", sino –a lo sumo– condiciones y garantías diferentes para ejercer tus derechos.

"Cuando la violencia triunfa como movimiento revolucionario, acaba encumbrando a los antes subversivos y establece una nueva dominación"

Puede haber, en algunos lugares, asesinatos físicos; y en otros, asesinatos cívicos. Pero desde la experiencia de los reprimidos, toda violación de derechos, sea cual sea el principio legitimador que se invoque para cometerla (la lucha contra el terrorismo o contra "los mercenarios del Imperio", por ejemplo), es condenable.

P. En tu ponencia hiciste un balance del estado de las ciencias políticas en Cuba. ¿Podrías hacer un resumen de lo que planteas en ella?

R. Primero, en comparación con otras ciencias sociales, persiste un mayor retraso en el desarrollo de las ciencias políticas, tanto en lo organizativo y en lo teórico-metodológico como en la difusión de los resultados de las investigaciones. Persisten dogmas estalinistas y un abuso de las visiones normativas, carentes de sustento empírico. Como resultado, se hace algo más parecido a la filosofía política que a la sociología política, y eso marca los estilos de todos los que nos formamos tempranamente en Cuba.

Sin embargo, en espacios académicos y en foros alternativos se van abriendo temas antes excluidos, se gana rigor en el uso de técnicas de investigación, en la obtención y procesamiento de datos y va reconociéndose un trabajo legible, sin códigos crípticos, por parte de la academia latinoamericana. Tenemos retos, como el de leernos y citarnos más "los de adentro" y "los de afuera"; superar el recelo solipsista que habita en algunos de los primeros y el realismo pedante de quienes, desde fuera del país, creen que en esas condiciones internas no hay una obra digna de reconocerse y valorarse.

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