Rubén Cortés: "Ser cubano es una actitud política ante la vida"

Rubén Cortés, delante del cuadro 'Nostalgia sin lágrimas', del pintor Esteban Machado. (Cortesía)
Rubén Cortés, delante del cuadro 'Nostalgia sin lágrimas', del pintor Esteban Machado. (Cortesía)

A Rubén Cortés (Pinar del Río, 1964), director del periódico mexicano La Razón, lo fichó en primero de primaria una comisión del Gobierno y pasó 12 años de su vida en una de las escuelas de corte soviético dedicadas a fabricar deportistas de élite. Iba para tenista profesional, pero a los 19 se desvió por el camino del periodismo. En 1995, dejó la Isla para ser corresponsal de Prensa Latina en México, un país que lo cautivó enseguida. Quería, escribe, convertirse "en otra persona". "Consideré que, a los treinta años, si me esforzaba y conseguía amar a otra tierra, podía limpiarme de la viscosidad utópica y dejar de ser un mono con una bisagra en la nuca para asentir, y dos platillos en las manos para aplaudir", dice en Un bolero para Arnaldo, su último libro (Ediciones Cal y Arena). Fue esta publicación la excusa para conversar con 14ymedio sobre la Cuba pasada, presente y futura.

Pregunta. Siempre se tiende a identificar un país con su capital, y los que no son de esa capital reivindican el papel de la provincia. Este es un libro escrito desde la "identidad guajira". ¿Qué carácter imprime haber nacido en provincia en Cuba?

Respuesta. En Cuba es diferente, porque casi todo el mundo niega ser guajiro. De hecho, los escritores cubanos, sean o no de La Habana, escriben de la capital. Cabrera Infante era de Gibara, Pedro Juan Gutiérrez es de Matanzas, criado en Pinar del Río, Padura es de Mantilla, Abilio Estévez, Lichi (Eliseo Alberto)... Todos escriben de La Habana. Es un agravio ser guajiro. Porque Pinar del Río es la provincia más pobre de Cuba, siempre lo ha sido. Allí los españoles no decidieron sembrar caña, que se sembró de La Habana para Oriente, y fue una provincia, digamos, salvaje, por lo menos hasta que los canarios se instalaron y empezaron a cultivar el tabaco. Los pinareños en Cuba son como los gallegos para el resto del mundo latinoamericano: somos los isleños, los brutos, los de los chistes. A todo el mundo le da vergüenza decir que es del campo. Y este libro reivindica lo guajiro.

Los pinareños en Cuba son como los gallegos para el resto del mundo latinoamericano: somos los isleños, los brutos, los de los chistes

En los años setenta, Pinar del Río era un lugar sin riqueza pero tampoco pobre. Fue una época muy bonita porque no necesitabas nada más de lo que tenías. Cuando empieza a venir la prosperidad de la Revolución es que Pinar del Río se jode: fábricas construidas a troche y moche, a la orilla del río, escuelas adonde llegaban muchachos de todos los lugares, durmiendo meses ahí juntos, que destruían todos los campos aledaños y acababan con todas las gallinas... Son detalles muy pequeños que te dan el contexto de todo un país. Mi estilo para escribir es que el detalle predomine sobre el conjunto, porque el detalle es lo que te da la medida.

P. También es un libro sobre la generación anterior a la suya –el Arnaldo del título es su padre–, la que nació en los años treinta, que vivió los dos sistemas. Llama la atención que su padre no se pronunciara políticamente. Usted escribe: "Su amor por Cuba tenía un defecto: era ciego, por eso nunca le importó quién diera órdenes". ¿Cómo definiría usted a la generación de sus padres?

R. Una generación con miedo, con mucho miedo. La Revolución triunfa cuando mi padre tiene 20 años, y vienen los fusilamientos, la época en que te metían preso 25 años por tener carne de res o por tener un dólar en tu casa. Es la generación que ni siquiera hablaba del tiempo de Batista. Cuando se referían a la Cuba precastrista, decían "antes". Fue la generación que se echó a los hombros la Revolución cubana, que fue a las milicias, a Playa Girón, a la "lucha contra bandidos", y si no, ibas preso. ¡Ibas preso por todo! No había abogados, nadie que te defendiera. Fue una generación temerosa.

En 2014, regreso a Cuba con una visita oficial del presidente mexicano y fui tan maltratado que ni acreditación de prensa me dieron

P. Que ni siquiera en familia se pronunciaba, porque tu mismo hijo podía ser denunciante, como le pasó a Lichi con su padre, el poeta Eliseo Diego, como cuenta en Informe contra mí mismo.

R. Claro. En mi casa, como en todas las casas cubanas, tenías que decir que sí a todo.

P. Y que luego vio irse a sus hijos, que en aquel tiempo era perderlos.

R. Perderlos para siempre porque no te dejaban entrar.

P. Usted diferencia cuando sale como "emigrado" en 1995 y cuando sale como "exiliado" en 2014. ¿Por qué?

R. Cuando salgo en 1995, salgo con el mismo miedo de mis padres. Salgo aterrorizado de Cuba, porque yo quería volver a ver a mi familia, como toda persona que vive fuera. Yo fui muy moderado hasta que muere mi padre. Mi libro ¡Cuba, Cuba! es crítico, pero en él me cuido mucho todavía. En 2014, regreso a Cuba con una visita oficial del presidente mexicano y fui tan maltratado que ni acreditación de prensa me dieron. Pero ya no vivía mi familia en Cuba. Ya no tengo miedo. No pienso ir y mi familia ya no está allí. Ya no soy rehén del castrismo, por eso hablo.

Antes, para ir a Cuba con mi hijo, desde que nació, en 2002, teníamos que ir a la embajada y había que pedir un permiso para que él pudiera dormir en la casa. ¿Le dices que no al funcionario? Le dices que sí.

En Cuba tienes que ser un intelectual comprometido al estilo de Émile Zola en 'Yo acuso'. Padura no lo hace, por qué: porque tiene miedo. Porque vive en Cuba

Leonardo Padura, que es un escritor que podría decir misa porque ya es premio Princesa de Asturias, lo primero que dijo al llegar a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara fue: "Señores, por favor, no voy a contestar preguntas sobre política cubana, pregúntenme de literatura". A lo mejor un escritor hindú o un haitiano puede permitirse ese lujo, pero ser cubano es una actitud política ante la vida. Tú vives en un sistema donde hace 57 años no hay libertad de expresión, la libertad de creación está limitada, no hay libertad de empresa; un país diferente en el contexto mundial. Tú vives ahí y tienes que hablar de política. En Cuba tienes que ser un intelectual comprometido al estilo de Émile Zola en Yo acuso. Padura no lo hace, por qué: porque tiene miedo. Porque vive en Cuba.

P. ¿Qué contesta usted a quienes dicen "bueno, habla de Cuba, pero vive en México, que no es una verdadera democracia: violencia, narcotráfico, corrupción"?

R. Ah, no, México es una democracia y además es una democracia cada vez más moderna. Cada vez hay más mecanismos de transparencia, más mecanismos contra la corrupción. Lo que les pasa a los mexicanos es que no valoras la libertad si no has sido un hombre esclavo, no sabes valorar la libertad cuando la tienes.

P. Volviendo a Cuba, es usted pesimista con la situación actual.

R. En Cuba no va a pasar nada. Lo que están haciendo es ganar tiempo. Los dirigentes cubanos, nonagenarios, en 57 años han visto todas las transiciones que han propiciado los dictadores. Cómo terminó Pinochet. Ellos no quieren terminar así. Quieren morir en la cama y tranquilos. Y Estados Unidos está aplicando la doctrina de Adams de finales del siglo XIX, que dijo que Cuba es una fruta madura: en algún momento caerá del lado de Estados Unidos. Las relaciones Cuba-Estados Unidos siempre han sido así. El embajador Philip Bonsal, cuando la Revolución, vivía tratando de negociar con los cubanos, y los cubanos le decían sí mientras había una retórica antiestadounidense tremenda. Cuando Estados Unidos estaba en el coqueteo de mejorar las relaciones o no, de pronto se desayuna con que Cuba había comprado petróleo soviético y lo iba a refinar en las refinerías americanas. Y más tarde, con misiles soviéticos a 90 millas de su costa. En el 96, estaban las relaciones muy encaminadas, y de pronto Cuba tumba las avionetas de Hermanos al Rescate, y el presidente Bill Clinton no tuvo más remedio que firmar la Ley Helms-Burton, que convertía el embargo en ley. Era cierto que las avionetas violaron el espacio aéreo cubano, pero eran civiles; Cuba las tiró para provocar la ruptura con Estados Unidos.

Tengo una nostalgia sin lágrimas de Cuba, no tengo rencores, porque me siento muy feliz en México. Me gusta más el carácter del mexicano, ceremonioso, que del cubano

P. A partir de estos dos casos, su predicción se vuelve terrible, entonces. Si siempre provocan la ruptura, ahora está dispuesto el escenario para que ocurra algo parecido.

R. A Cuba lo único que le queda por jugar es la carta migratoria y la está jugando. Hay miles de cubanos varados en Costa Rica y las costas cubanas están listas para abrirse en cualquier momento. Cuba siempre ha provocado a Estados Unidos y sabe que Estados Unidos nunca va a hacer nada. No es que sea pesimista, sino realista: la historia no miente. No va a pasar absolutamente nada en Cuba. Y vuelvo a los detalles: los extranjeros están locos por invertir en Cuba, cuando solo invierten los que a Cuba le da la gana. Es un capitalismo autoritario.

P. ¿Nunca volverá a Cuba?

R. Uno no debe decir que es la última vez, pero no tengo ganas. Tengo una nostalgia sin lágrimas de Cuba, no tengo rencores, porque me siento muy feliz en México. Me gusta más el carácter del mexicano, ceremonioso, que del cubano. Sobre esto tengo una anécdota de cuando era corresponsal de Prensa Latina. Cuando murió Eliseo Diego, aquí en el DF, yo tenía el teléfono de García Márquez, de Carlos Fuentes, de Octavio Paz. Llamé a García Márquez: "oye, Gabriel", y él, que se enteraba de la muerte de su amigo por mí, me dio una declaración. Y llamé a Octavio Paz, y le dije, igual: "¡Octavio!". Y él, indignado: "¿Cómo? ¿Usted me conoce? Entonces no me diga Octavio; yo soy el señor Paz para usted". Ábrete tierra y trágame. Todavía la vergüenza no se me quita.

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