Guardia Rojo: "El Gobierno debe permitir hablar más de la Revolución Cultural"

Habla el número dos de la organización que aterrorizó a las escuelas de Pekín desde 1966

Guardias rojos de la revolución cultural china leen 'El libro rojo' de Mao
Guardias rojos de la revolución cultural china leen 'El libro rojo' de Mao

(EFE).- Medio siglo después del inicio de la Revolución Cultural, uno de los episodios históricos más ominosos de China, Liu Long Jiang, "número dos" de la facción de "guardias rojos" que atemorizaron las escuelas de Pekín, admite que "fue un desastre: el Gobierno debería permitir que se hable más de ello".

"Si la gente supiera lo que pasó, se podría evitar que se repitiera", reflexiona hoy Liu a sus 69 años, en una entrevista a Efe en Pekín, donde estudiaba cuando, el 16 de mayo de 1966, una circular del Partido Comunista encabezado por Mao Zedong -a quien "adoraba"- que alertaba de la amenaza capitalista lanzó una década de caos y persecuciones políticas.

El joven Liu estudiaba entonces el último curso de secundaria en la Escuela Número 2 de Pekín, sólo para chicos y una de las más prestigiosas de la ciudad. Hijo de un militar del Ejército Popular, reconoce que era "problemático" y que consideraba la educación demasiado exigente, por lo que llevaba un tiempo insatisfecho.

Se llegaba a acosar a mujeres únicamente porque llevaban pelo largo o tacones altos. Escribíamos consignas en la calle a favor del 'terror rojo'", rememora Liu

"Cuando empezó la Revolución me sentí muy feliz... No había clases ni exámenes, me parecía algo bueno. Pensé que iría a la universidad después", dice un Liu ya casi anciano, menudo y canoso, pero en cuyo discurso firme y enérgico -que enarbola sin apenas permitir interrupciones- se vislumbra al joven inquieto y dominante.

En parte movido por aparcar los libros y animado por su devoción por Mao, quien vio en el hastío estudiantil el germen idóneo para cultivar la revolución y aplastar así al ala más liberal del Partido Comunista -entre otros Deng Xiaoping-, con más poder tras el desastre y las atrocidades del "Gran Salto Adelante" (1958-61), Liu abrazó enseguida la causa y se erigió en uno de los líderes de su escuela.

Durante al menos seis meses a partir de mayo, acudió día tras día a las aulas, controladas por los estudiantes, a pegar carteles para denunciar a profesores -"les considerábamos representantes de la clase capitalista, porque Mao dijo que el sistema educativo era burgués"- y también a otros alumnos.

"Les interrogábamos. Les apaleábamos. Se llegaba a acosar a mujeres únicamente porque llevaban pelo largo o tacones altos. Escribíamos consignas en la calle a favor del 'terror rojo'", rememora Liu, quien reconoce que sólo entre mayo y septiembre de 1966, cerca de 2.000 personas fueron asesinadas solo en Pekín .

Sin aclarar hasta qué punto se involucró en esas muertes, Liu dice que su grupo -"más ideológico que sanguinario"- acabó controlando las escuelas de la capital, en detrimento de facciones dominadas por hijos de gerifaltes comunistas.

Poco a poco, Liu se fue dando cuenta de que su idea de la Revolución Cultural no se correspondía con la realidad y aprovechó su nombramiento como jefe de un buró que velaba por el cumplimiento de los preceptos maoístas para no ir a los "campos de reeducación" ("laogai", en mandarín) que marcarían a su generación.

"Debí haber sido un ejemplo e ir, pero no lo hice", reconoce, y señala que, a cambio, empezó a trabajar como obrero en 1968, cuando aumentaba su descreimiento sobre el verdadero sentido de la Revolución Cultural.

Así, tras años de duro trabajo físico, decidió participar en las protestas de Tiananmen en 1976 a favor de Deng y contra la "Banda de los Cuatro" -encabezada por la cuarta esposa de Mao, Jiang Qing-, supuestos valedores de la lucha anticapitalista, por lo que fue enviado dos años a prisión por "antirrevolucionario".

Liu se fue dando cuenta de que su idea de la Revolución Cultural no se correspondía con la realidad y aprovechó su nombramiento como jefe de un buró para no ir a los "campos de reeducación"

Una vez salió de la cárcel, y ya restaurado cierto orden años tras la muerte de Mao y la purga de "los Cuatro" en 1976, Liu encontró trabajo primero en una factoría agraria, y al final el otrora joven defensor del comunismo acabó, paradójicamente, creando una exitosa empresa al calor de la apertura económica que China vivió en los 80.

"El fin de la Revolución Cultural -afirma- era acabar con el capitalismo, pero es algo de lo que no se puede escapar".

Pese a todo, y a que acepta haberse equivocado "sobre mi idea original de que la revolución cambiaría el antiguo sistema educativo", Liu, quien lejos de lo que creía en 1966 ya nunca fue a la universidad, asegura apreciar sus experiencias durante todo el proceso.

Unas experiencias que ahora quiere compartir, convencido de que contarlas ayudará a que no se repita la tragedia, cuando todavía "muchos jóvenes piensan que la Revolución Cultural fue algo correcto, porque el Gobierno no quiere que hablemos de ello".

Pero Liu, quien ahora disfruta de una acomodada vida de jubilado gracias a su carrera como próspero empresario, desobedece y habla, movido de nuevo por ese espíritu de joven "problemático".

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