Miles de venezolanos huyen a Colombia para escapar del hambre

La supervivencia en Cúcuta, epicentro de la crisis humanitaria, depende en muchos casos de la prostitución, el contrabando o las limosnas

Cientos de venezolanos se ganan la vida en las calles de Cúcuta transportando maletas de sus coterráneos que abandonan Venezuela. (14ymedio)
Cientos de venezolanos se ganan la vida en las calles de Cúcuta transportando maletas de sus compatriotas que abandonan Venezuela. (14ymedio)

Decenas de miles de venezolanos cruzan cada día la frontera con Colombia en busca de alimentos y trabajo. Venden caramelos, pan, chicles, gasolina de contrabando, se prostituyen o simplemente piden limosna en las esquinas. Son los nuevos rostros de la migración venezolana en la ciudad colombiana de Cúcuta, epicentro de una crisis humanitaria desatada por el hambre en el país vecino.

"Los niños llegaron solitos. No querían hablar ni decir nada. Son muy cerrados con su historia familiar", cuenta Whitney Duarte, una trabajadora social de 24 años que atiende a dos huérfanos, Henry y Steven, en un centro social al que van vienen a almorzar cada día.

Duarte es voluntaria desde hace dos meses en la Casa de Paso Divina Providencia, un local de la Iglesia Católica cucuteña que reparte más de 1.000 comidas diarias a los niños, mujeres y ancianos venezolanos que deambulan por las calles de la ciudad.

El mayor de los huérfanos tiene 15 años pero la constitución física de un niño de ocho. Para sostener a sus dos hermanitos, de unos cinco años, trabaja como carretillero

El mayor de los huérfanos tiene 15 años pero la constitución física de un niño de ocho. Para sostener a sus dos hermanitos, de unos cinco años, trabaja como carretillero llevando y trayendo maletas de quienes cruzan la frontera.

"Sabemos que son huérfanos. Vienen de San Cristóbal, en Venezuela. Se pasan el día jugando en las calles de Cúcuta y, por supuesto, no van a la escuela", relata Duarte. Los niños se alimentan gracias a la caridad de los colombianos. Steven cuenta que escaparon de Venezuela escondidos en una buseta.

"No quieren hablar de su historia familiar porque temen ser separados o devueltos a su país", explica Duarte, que cree que, como el resto de los emigrantes, están "muy dañados emocionalmente".

Henry es delgado y de piel trigueña. Nunca sonríe. Dice que cobra apenas 2.000 pesos (70 céntimos de dólar) por trasladar las maletas desde Venezuela y que se siente responsable de sus hermanitos. Steven tiene seis hermanos pero solo tres cruzaron la frontera. Le gusta jugar al fútbol pero guarda silencio sobre sus aspiraciones al crecer.

"La tragedia de los padres que ven cómo sus hijos tienen que dormir en el suelo y apenas tienen dinero para llevarles un bocado de comida es terrible. Hay mucha frustración y enojo entre los venezolanos", dice la trabajadora social. El Gobierno colombiano brinda protección a 23.314 niños y adolescentes del país vecino.

La Casa de Paso Divina Providencia reparte más de 1.000 comidas diarias a venezolanos, en especial a migrantes que van de paso, ancianos, mujeres y niños. (14ymedio)
La Casa de Paso Divina Providencia reparte más de 1.000 comidas diarias a venezolanos, en especial a migrantes que van de paso, ancianos, mujeres y niños. (14ymedio)

La Casa de Paso no es más que un patio trasero alquilado por la Iglesia católica local donde se construyeron algunas barracas para proporcionar alimentos a más de 500 migrantes cada día. Un grupo de voluntarios cocina los alimentos (pastas y sopa) con leña en un costado del lugar mientras que otros reparten la comida y limpian los utensilios.

"Padre, padre, venga que se desmayó", grita una mujer. En el suelo de tierra yace un hombre de 30 años que no puede siquiera sostenerse. A su alrededor decenas de personas comentan que "le bajó el azúcar" a consecuencia de la falta de alimentos.

Jesús Alonso Rodríguez, diácono de la iglesia local que comparte el almuerzo con los venezolanos explica a 14ymedio que situaciones como esta son comunes en Cúcuta: "Encontrar a hermanos venezolanos durmiendo en las calles, debajo de los puentes, al pie de los árboles, tal vez con un cartón o con algo para taparse, es cosa de todos los días".

Alonso considera que el desborde de venezolanos en las zonas fronterizas se le está "saliendo de las manos" a las autoridades locales, que esperan la llegada este jueves del presidente, Juan Manuel Santos, para ayudarles a manejar una situación cada día más difícil.

"El año pasado la Iglesia cucuteña distribuyó más de 300.000 platos de comida en ocho lugares de la ciudad para atender el hambre de los venezolanos", comenta. La Casa de Paso Divina Providencia se sostiene gracias a las ayudas que recibe la Iglesia de los fieles locales.

La relación con la población local ha sido por momentos muy tensa. "Nos acusan de llenar de mugre el lugar y que por culpa nuestra merodean cientos de personas buscando comida"

La relación con la población local ha sido por momentos muy tensa. Paola Villamizar, una joven colombiana de 24 años que trabaja como voluntaria en la Casa de Paso, dice que los vecinos han tratado de cerrar el centro. "Nos acusan de llenar de mugre el lugar y que por culpa nuestra merodean cientos de personas buscando comida. Nosotros solo intentamos hacer el bien", lamenta.

En un informe presentado el pasado mes en Bogotá, el director general de Migración Colombia, Christian Krüger, estimaba que en el país habían más de 550.000 venezolanos, un 62% más que el año anterior.

Más del 50% de los venezolanos que emigran hacia Colombia o utilizan este país como vía de tránsito hacia terceros países lo hace por el puente internacional Simón Bolívar, en el departamento del Norte de Santander y también más de la mitad están indocumentados. Unos 58.000 venezolanos viven en las calles de Cúcuta. El diácono Alonso cree que las cifras oficiales se quedan cortas.

Un anciano venezolano en la Casa de Paso Divina Providencia, en Cúcuta, Colombia. (14ymedio)
Un anciano venezolano en la Casa de Paso Divina Providencia, en Cúcuta, Colombia. (14ymedio)

"En Cúcuta hay entre 80.000 y 100.000 venezolanos. Es una situación sin precedentes en el país", explica.

Muchos empresarios locales aprovechan las difíciles condiciones en las que se encuentran los migrantes para contratarlos por la mitad del sueldo mínimo. Esta situación ha agitado los fantasmas y miedos contra la inmigración entre algunos trabajadores de la localidad."En Cúcuta no hay ni siquiera trabajo para los locales, mucho menos para los venezolanos. En los últimos meses se ha incrementado la delincuencia y hay muchos venezolanos que ocupan zonas de la ciudad para vivir", dice Francisco, un taxista local.

Cúcuta terminó el año 2017 con una tasa de desempleo del 14,3%, la más alta del país, y un índice de trabajadores ilegales en torno al 70% de la fuerza laboral

Según las estadísticas oficiales, Cúcuta terminó el año 2017 con una tasa de desempleo del 14,3%, la más alta del país, y un índice de trabajadores ilegales en torno al 70% de la fuerza laboral.

A lo largo de la carretera que enlaza a la capital regional con el poblado de La Parada, aledaño al Puente Internacional Simón Bolívar que comunica a ambos países, decenas de personas blanden un tubo de plástico con forma de bomba de gasolina para indicar que allí se puede comprar combustible venezolano de contrabando.

"La gasolina cuesta entre 4.000 y 5.000 pesos el galón (un dólar y medio). En Venezuela es más barato comprar gasolina que agua. La pasan a Colombia a través de las trochas, [pasos clandestinos en los más de 2.000 km de frontera terrestre que comparten ambos países]", explica Francisco.

Carolina Sánchez es es vendedora ambulante, tiene 33 años y la piel quemada por el sol tropical. En sus manos sostiene seis bolsas con pan horneado en Venezuela que agita cada vez que ve pasar un auto.

"Me toca salir a luchar por mis hijos...", dice entre lágrimas. Con lo que vende en Colombia compra comida para tres muchachos que dependen de ella en Rubio, al otro lado de la frontera. "Nos toca fuerte pero Dios tiene que tener piedad de nosotros", cuenta mientras recupera la compostura. La policía colombiana ya la ha expulsado más de una vez de la carretera pero ella lo vuelve a intentar. "No nos dejan vender porque no tenemos permiso."

El éxodo de venezolanos ha sido aprovechado por algunas compañías de buses que trasladaron sus sucursales directamente a las inmediaciones del puente internacional Simón Bolívar. Los destinos son variados: Bogotá, Quito, Lima, Santiago de Chile o Buenos Aires. Todo depende de la cantidad de dinero que el venezolano esté dispuesto a pagar, siempre en dólares o en pesos colombianos.

Gabriela y Alexander comparten el alquiler de su habitación con otras 20 personas. Es un matrimonio joven con esperanzas de progresar que dejó Venezuela hace menos de un mes. (14ymedio)
Gabriela y Alexander comparten el alquiler de su habitación con otras 20 personas. Es un matrimonio joven con esperanzas de progresar que dejó Venezuela hace menos de un mes. (14ymedio)

"Un viaje a Buenos Aires cuesta 490 dólares. Si quieres ir a Bogotá son 125 dólares, y si te vas a Perú 230 dólares", comenta una de las vendedoras de pasajes que espera por clientes venezolanos del lado colombiano del puente.

Tras 24 horas de espera cerca del puente, varios venezolanos comienzan a protestar porque la línea de buses les pide paciencia y que duerman en el suelo bajo una lona. "Tuve que comprar cada dólar a 270.000 bolívares antes de salir de Venezuela", relata Neyla Graterol.

"El modelo económico de Venezuela fracasó. Estamos peor que hace 30 años. Los políticos son los únicos que viven bien mientras el pueblo se muere de hambre. Solo nos queda huir", lamenta esta ingeniera mientras espera el transporte que la llevará con su familia a Chile, lejos del infierno en el que se ha convertido su país.

Los bajos precios del petróleo venezolano, que han contribuido a empeorar la crisis del Gobierno de Nicolás Maduro, han afectado a quienes dependían de él directamente. Este es el caso de Renzo Morales, de 33 años y que "huye del país" con destino a Perú.

Morales espera para poder viajar junto a otros cinco empresarios venezolanos que, como él, suministraban martillos neumáticos a Pdvsa, pero los impagos por parte de la empresa petrolera estatal golpearon con dureza sus negocios.

"Nos fuimos a la quiebra porque éramos contratistas de Pdvsa y el Gobierno tarda hasta tres años en pagarnos y lo hace en una moneda que día tras día se devalúa", explica Morales.

"Nos fuimos a la quiebra porque éramos contratistas de Pdvsa y el Gobierno tarda hasta tres años en pagarnos y lo hace en una moneda que día tras día se devalúa"

El migrante aspira a ganar dinero para enviarlo a su familia y que pueda salir del país. "En Venezuela dejo el corazón. Los viejos y Maduro son los únicos que van a quedar allí", dice apurando las palabras y con la convicción de que el fin del chavismo está cerca. "Ese Gobierno va a caer. Estamos viendo el final. Lo triste es que necesitaremos muchos años para reconstruir lo que ellos han deshecho", dice.

Los negocios más variados tienen cabida en Cúcuta. "¡Compro cabello, compro cabello!", grita Javier Yoandy, de 16 años, hacia el flujo de personas que cruzan el puente procedentes de Táchira.

"Mi trabajo es llevar a las venezolanas que quieran vender su cabello a las peluquerías que se las compran", explica este intermediario que cobra comisión por sus servicios. "El precio por un buen cabello ronda entre los 25.000 y los 60.000 pesos [de 9 a 25 dólares]".

El adolescente es portador de una tarjeta de movilidad fronteriza otorgada por el Estado colombiano para regular la situación de los venezolanos que cruzan la frontera todos los días por trabajo.

Un migrante venezolano se hidrata tras pasar horas haciendo fila para entrar legalmente a Colombia en Cúcuta. (14ymedio)
Un migrante venezolano se hidrata tras pasar horas haciendo fila para entrar legalmente a Colombia en Cúcuta. (14ymedio)

Veronica Arrocera, de 23 años, tiene el pelo oscuro, la piel maltratada por el sol y unas profundas ojeras que le hacen parecer mayor. Dice que la situación en su país la arrastró hace seis meses a ejercer la prostitución para conseguir algunos pesos y ayudar a su familia en Venezuela, como a tantas otras compatriotas.

"Yo estudié administración de empresas. Aquí somos muchas putas estudiadas: enfermeras, empresarias, maestras, de todo", dice. No quiere que su rostro sea grabado porque le avergüenza su situación. Verónica cobra 10.000 pesos colombianos, menos de tres dólares y entre 10 y 100 veces menos que una mujer colombiana por lo mismo.

Para Arrocera, las autoridades colombianas actúan de manera xenófoba con ellos: "Nos pegan con las pistolas fogueo, se las tiran de agresivos. Nos han pegado hasta tubazos y eso solo lo hacen con los venezolanos", denuncia.

A pocos metros de la esquina donde trabaja Arrocera un camión cerrado de la policía se lleva a media docena de venezolanos. "Ahí vienen de nuevo. Todos los días es la misma vaina, jugamos al gato y al ratón hasta que me agarren, me deporten y regrese", protesta.

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